La forma y el contenido de la democracia

La forma y el contenido de la democracia
"Pero si la democracia como forma ha fracasado, es, más que nada, porque no nos ha sabido proporcionar una vida verdaderamente democrática en su contenido.No caigamos en las exageraciones extremas, que traducen su odio por la superstición sufragista, en desprecio hacia todo lo democrático. La aspiración a una vida democrática, libre y apacible será siempre el punto de mira de la ciencia política, por encima de toda moda.No prevalecerán los intentos de negar derechos individuales, ganados con siglos de sacrificio. Lo que ocurre es que la ciencia tendrá que buscar, mediante construcciones de "contenido", el resultado democrático que una "forma" no ha sabido depararle. Ya sabemos que no hay que ir por el camino equivocado;busquemos, pues, otro camino"
José Antonio Primo de Rivera 16 de enero de 1931

domingo, 17 de abril de 2016

Falange Española y Nacionalsindicalismo: La Participación del Pueblo en las Funciones del Estado



Intervención del pueblo en las Funciones del Estado. 

 


La posición de F.E.D. en este tema ha quedado reiteradamente explicada en varias entradas anteriores así como en el blog original de Democracia Orgánica Digital gestado en el año 2012. Sin embargo habrá quien considere, con razón, que la existencia de asociaciones políticas y elecciones directas, aunque éstas se realicen en listas abiertas y mediante sufragio orgánico, implicaría la existencia de una Cámara Política que ocuparía en escaños cerca de un tercio de las Cortes. Cámara Política y Cámara Corporativa (La Cámara Corporativa contiene la Representación Sindical y Municipal. Ésta última posee implícitas connotacionas Regionales. No llegarían en ningún caso a un tercio matemático por la necesidad de incluir diputados corporativos electos en representación de la Familia, Padres de Alumnos, Academia de la Lengua y otros). Y que esto unido a un futurible sistema de referendums mediante un Senado Popular, aunque se lleve a cabo mediante sufragio orgánico, es algo ajeno al falangismo.

Puede que adaptarse a las necesidades de la sociedad actual, con su desvertebración y sus nuevas tecnologías, pueda parecer diferente al falangismo del año 1933. Sin embargo es el mismo espíritu ya que, por la heterogeneidad de sus componentes, el nacional-sindicalismo evolucionó entre los años 1933-1936 en dirección Joseantoniana y posteriormente, durante el Estado Nacional, surgieron originales propuestas con la intención de articular e institucionalizar el Movimiento Nacional como un sistema de representación política basado en partidos políticos constitucionales, como esta de Arrese, con muchas ideas interesantes lo que no significa que las asumamos.

La propuesta de F.E.D. es una síntesis Joseantoniana y por lo tanto de raíz Cristiana, bastante definitiva y actualizada, cuya práxis debe ser previamente teorizada con el fin de avanzar con paso firme y seguro. Para ello hay que tener en cuenta una serie de circunstancias positivas y negativas.

Positivas:

- Proponemos un sistema político completamente transparente y participativo, sin trampa ni cartón, en el que tienen cabida todos los españoles de cualquier ideología sin excluir a casi nadie. Salvo, quizás quienes voluntariamente se situén al margen de la Cultura de la Vida a pesar de disponer de todas las soluciones para sus problemas vitales dentro del sistema Nacionalsindicalista.

- Una transición legal sin traumas, sin presos y sin sangre de ningún tipo. Ya está bien de la hipócrita e interesada identificación de Falange con la dichosa Guerra Civil. Máxime cuando esta fue consecuencia del PSOE y del golpe del Frente Popular a la propia República, cuyo triste recuerdo más se asemeja a una pesadilla a lo Freddie Krueger.

- La hipocresía de la partitocracia actual quedará al descubierto con la participación de los trabajadores en el destino de sus empresas.

- Los avances, solo teóricamente conseguidos por la humanidad, en materia de Libertad se harán praxis, es decir, realidad.

- Los partidos políticos no son necesarios para la representación de las ideas. Pero sí pueden serlo las asociacione políticas financiadas mediante las cuotas de sus propios afiliados.

- El senado popular orgánico y las nuevas libertades de legislación y recusación. Implicarán directamente a toda la sociedad si es que voluntariamente quiere hacerlo

- El fin de las injusticias sociales y la pérdida de poder de las asociaciones políticas imposibilitará el arraigo del mensaje subversivo contra las Leyes Fundamentales del Sistema.

- Por primera vez existirá la independencia del poder judicial. Dentro de un sistema legal completamente distinto y equipado con más medios para la búsqueda de la verdad. Que será su objetivo. Y con una legislación más elaborada que limitará el poder absoluto de los jueces.

- Se instaurará un sistema educativo no dogmático en ideologías concretas pero que proporcione el fundamental conocimiento de la Patria, como un bien heredado que hay que transmitir mejorado, y evite la pérdida de las raíces y la autoestima.

- Supondrá el final de la pérdida de la moralidad, la corrupción generalizada, el precio del dinero y la presión fiscal excesiva que obliga a los emprendedores a salirse de la legalidad para salvar a sus empresas etc... Aunque sabemos que no hay nada perfecto en este mundo.

- La vulnerabilidad de la Democracia Orgánica del pasado, al igual que la versión posibilista del Nacionalsindicalismo, radicó en que solo fue Democracia Orgánica y Nacionalsindicalismo muy parcialmente. En consecuencia contenía un componente de engaño que alejó al pueblo de sus instituciones. Dejando a un lado el tema, cierto, de que no se han dado cuenta aún de lo que perdieron a cambio del "abono" del actual sistema.

- Es un sistema que puede funcionar igual con una monarquía refrendada que con una república. Lo importante ya no será tanto el Jefe del Estado sino las Leyes Fundamentales, que establecerán el nuevo tablero de juego, junto con la voluntad popular.


Negativas:

- Si todo fuera susceptible de votación, como por ejemplo el exterminio de una raza, de una creencia, del patrimonio artístico construido en épocas anteriores, de aquellas ideologías que por ser superiores podrían arrinconar al constitucionalismo actual en el baúl del olvido, de los jóvenes que solo tienen meses, de la historia que los derrotó, de los viejos que solo ocasionan gastos a una administración corrompida etc... Entonces caeríamos en el peligro de una Democracia Digital Inorgánica.

- Como siempre ocurre cuando se instala un sistema contrario a los intereses de las internacionales económico-ideológicas y de las multinacionales, éstas harán lo posible por desestabilizarlo mediante una injerencia externa e interna. Conocemos cómo se hizo la transición a base de sobornos financiados por bancos y multinacionales e incluso sobres con dinero que se repartía entre los alborotadores universitarios. Esto es difícil de controlar aún con una legislación adecuada que limite el gasto de las asociaciones políticas a lo recaudado con las cuotas de sus afiliados.

Sin embargo piense el lector si esta injerencia no está sucediendo ya en el sistema político actual. ¡Pero si hasta tenemos que luchar en sus guerras!

La acción desestabilizadora interna de procedencia externa, en el peor de los casos, podría neutralizarse mediante la creación del Movimiento Nacional  a partir de las mínimas características comunes a todas las asociaciones políticas que respeten las Leyes Fundamentales o Nueva Constitución. La teoría del Movimiento Nacional trata de realizar un reduccionismo ideológico al límite en los programas de las asociaciones políticas favorables al sistema nacional-sindicalista de forma que puedan ser voluntariamente aceptadas por una mayoría y así consigan el apoyo de la casi totalidad del pueblo para dichas asociaciones individuales y sus candidatos, presentados en listas abiertas dentro de este nuevo Movimiento Nacional constituido a partir de grupos sociales y políticos preexistentes. Esto es algo que me parece no deseable, que recuerda a la política actual y pasada, que divide a los españoles al discriminar a grupos políticos que supuestamente han adquirido alguna notoriedad, que pervierte el concepto original, pero que sirve para apuntalar la civilización cristiana frente a la supuesta agresión capitalista o comunista y está profetizado en el pensamiento de falangistas como Arrese y no resulta opresor de la voluntad popular.

La idea del Movimiento Nacional como cauce de representación política surge, por tanto, de la necesidad de defender al Estado Sindical y sus Leyes Fundamentales o Constitución pero no es asumida por F.E.D., salvo quizás como último recurso, puesto que se diga lo que se quiera recuerda parcialmente al partido único y a los recursos defensivos de la constitución que existen en los llamados países "democráticos", y por lo tanto, a una dictadura suave o "dictablanda" que podría a ser rechazada por una parte del pueblo. Aún así no debemos ser ingenuos ni a favor ni en contra de esta propuesta.

Nuevamente cabe pensar si no vivimos actualmente en una dictadura disimulada, con casi todos los medios de comunicación en manos de los partidos-grupos empresariales actuales machacándonos con las 4 mismas ideas ramplonas de siempre diseñadas para masas culturalmente taradas. Con los jueces divididos en grupos políticos administrando una justicia parcial que aplica la "ley del embudo" según le conviene o según por donde sople el viento más fuerte y etc, etc... por no extenderme más.

- Nuestra misión actual no es la instauración, imposible en las circunstancias políticas actuales, de un sistema que ponga el mundo patas-arriba, por ser demasiado avanzado para su tiempo, sino la creción de una corriente de opinión mediante la divulgación de las ideas a todos los niveles.

Hay que volver a recordar que estas ideas se iniciaron hace ya muchos años, antes de que fuera conocido el grupo de extrema izquierda Podemos, en el blog Democracia Orgánica Digital.


La Cámara Administrativa



José Luis de Arrese
Siendo el contenido de este capítulo y del siguiente el análisis de las consecuencias fundamentales que se pretenden deducir del concepto que al poder del Estado se ha dado en el capítulo sobre la Teoría del Poder y Separación de Funciones, procede recordar las afirmaciones principales que en dicho capítulo se establecieron.

Tales afirmaciones son:

Primera. El poder del Estado pertenece exclusivamente al pueblo; pero al ser incapaz de accionado por sí, es ejercido por la persona o personas que encarnan la institución a la cual el pueblo confiere autoridad; y como esta institución o movimiento descansa en un conjunto humano jerarquizado, el titular del poder, o Jefe del Estado, viene a ser el Jefe Nacional del Movimiento, siéndolo precisamente por ser tal Jefe de ese Movimiento o institución, y no por otro concepto.

Segunda. En el ejercicio del poder del Estado han de ser claramente diferenciadas dos funciones direcciones distintas: función administrativa y función política. La primera se dirige a dar "lo que es suyo" a cada uno de los hombres, que integran el Estado, en cuanto no son considerados como formando entidad histórica; es decir, es aquella que se dirige al servicio del pueblo considerando a éste en su aspecto numérico o de colectividad. La segunda, en cambio, es aquella en la cual el poder del Estado se dirige al servicio del pueblo considerado como entidad social determinada por la Historia.

Se trata, pues, de funciones que, para definirlas en pocas palabras, aun a sabiendas de lo impreciso que resulta la frase comprimida, pudiéramos decir de ellas que la una refleja al "Estado haciendo justicia" o "administrando" y la otra al "Estado haciendo política".

Tercera. En el ejercicio de estas funciones el titular de la institución que goza de mando, es decir, el Jefe Nacional del Movimiento, ha de llamar a todo el pueblo a colaborar con él en cada una de ellas y en la forma que vamos a ver.

I) La colaboración del pueblo con el poder del Estado en el ejercicio de la función administrativa: ha de ser total, racional y permanente


Se trata ahora, por lo tanto, de establecer esa forma, o lo quees Io mismo, se trata de encontrar el modo de llevar a cabo esta colaboración; y como reservamos para el capítulo siguiente lo que se refiere a la intervención del pueblo en la función política del Estado, vamos a ver en éste únicamente lo relativo a su participación en la función administrativa.

Para ello empecemos por señalar las condiciones generales que debe reunir toda organización dirigida a realizar adecuadamente este servido. Después, hagamos una crítica razonada de los procedimientos establecidos por los sistemas liberal y marxista, observando cómo estas condiciones no se dan en los partidos múltiples y en los partidos únicos de uno y otro. Y, por último, busquemos el modo mejor para que esto se verifique dentro de la teoría que venimos desarrollando.

Lo primero es, por lo tanto, afirmar las condiciones inexcusables a toda organización que intente servir para que, a través de ella, se realice la colaboración del pueblo con el poder
del Estado en el ejercicio de la función administrativa. Pues bien; estas condiciones son tres : totalidad, racionalidad y permanencia.

Decimos que ha de ser total, para significar que deben tomar parte en ella todos los individuos que integran la colectividad, o al menos, los que así lo deseen. Decimos que ha de ser racional, en el sentido de que la participación en la función administrativa del Estado ha de hacerse de manera que no suponga para el individuo que interviene un desplazamiento antinatural de su situación real en la vida y en la sociedad; y, por último, afirmamos que ha de ser permanente, ya que permanentes son también los intereses del hombre que se atienden a través de esta función.

Antes de pasar a ver si los cauces inventados por aquellos sistemas reúnen estas tres condiciones, recordemos otra de las cosas que dijimos en el capítulo X. Allí vimos que, prácticamente, ni el sistema comunista ni el liberal se preocupan lo más mínimo de realizar profundamente, seriamente, la función administrativa. El primero, porque dice con claridad que sólo le interesa la política. El segundo, porque llega al mismo resultado por el camino opuesto.

El individualismo ha vivido hasta ahora montado sobre la contradicción de desconocer el rango que en el Estado tiene la función política y de montar, en cambio, para realizar la otra función un procedimiento, como el de los partidos, eminentemente político. Esto le ha llevado, como era natural, a establecer una pugna entre la realidad y la apariencia de su intención; y como el hombre de la calle no suele estar obligado a saber filosofía ha acabado por tomar el rábano por las hojas, y ha terminado creyendo que lo importante en unas elecciones no es elegir al que mejor defienda sus derechos humanos, sino al que represente mejor su pensamiento político.

Así es cómo el liberalismo, por la puerta de atrás, ha terminado también por abandonar la función de administrar justicia.

Esto nos podría liberar, en gran parte, de lo que vamos a escribir; nos podría liberar, por ejemplo, de demostrar que los procedimientos ideados por esos sistemas no sirven para realizar la función encomendada, porque no cumplen las condiciones expuestas más arriba; pero como ello podría conducimos a creer que el defecto está en la confusión de funciones mantenida por ambos sistemas, y no en la mezquina concepción de los procedimientos elegidos, vamos a entrar en el terna para demostrar también que aunque el perfil del Estado volviera a su real fisonomía, ni los partidos políticos ni el partido único servirían para llevar a cabo la misión de hacer la función administrativa del Estado.

 

2) Los sistemas de participación ideados por el liberalismo y el comunismo no abarcan a la totalidad de los ciudadanos


Sabemos cómo resuelven este problema los dos sistemas que nos sirven de contraste. El liberalismo, organizando la colectividad en partidas múltiples; el comunismo, recurriendo. al partido único del proletariado. Uno y otro dejan a un lado porciones enormes de masa popular, que quedan excluidas de la colaboración con el poder.

Los partidos políticos dejan fuera esas enormes masas de población gracias, precisamente, a la fundamental contradicción que acabamos de ver entre sus puntos teóricos de partida. En
efecto, todo lo que sea hablar de una función política del Estado es mirado por los libera:1es como totalitarismo y heterodoxia.

Pues bien; agrupar a las gentes en partidos políticos para intervenir en la función administrativa del Estado es, cabalmente, obligar a hacer política a quien no quiere hacerla. Esta función es la encargada de llevar a cabo el derecho privado, y, por consiguiente, el sentido de la colaboración de los hombres en ella no es otro que el de intervenir, en interés propio, para hacer que el Estado les ampare en todo momento en tales derechos. Como se ve, esto no tiene sentido político alguno; se trata de una presencia pública que se otorga a las gentes, sencillamente, para defender sus intereses, o mejor, para velar por que el Estado les defienda.

Como es sabido, tal presencia se logra merced a unos organismos (Parlamentos, etc~) a los que acuden ciertas personas, en representación de las demás que componen el pueblo, y designadas por éstas, para velar por los intereses de derecho privado de quienes les envían.

Pues bien; gracias al sistema liberal se ha llegado a una situación en la cual esto de enviar gentes a un organismo para que le representen y le defiendan a uno es algo que tiene necesariamente que hacerse a través de los partidos políticos. Y como éstos no son, ni muchísimo menos, gestorías administrativas ni agencias de representantes, sino agrupaciones animadas y orientadas exclusivamente por el propósito de configurar políticamente el Estado de cierta manera, o sea, por el propósito de hacer politica, resulta que el señor que no pretende otra cosa que defender sus intereses se ve obligado, quieras o no, a hacer política.  Y como esto de hacer política es algo que no a todo el mundo interesa, resulta que hay una enorme cantidad de gente que, desinteresada de la política y no teniendo otro medio para hacer valer sus derechos que acudir a ella, renuncia a todo y se queda voluntariamente al margen de la vida colectiva.

Si de los partidos políticos pasamos al partido comunista, vemos que no se elimina este defecto de lo incompleto. El grupo proletario, aunque desde este punto de vista numérico resulta más representativo que el otro (puesto que la clase es infinitamente más numerosa que el partido político), tiene, en cambio, un sistema de eliminación más absurdo, por estar basado en el hecho circunstancial y transitorio de la situación económica de cada individuo.

Claro está que, llevando a cabo una previa implantación del colectivismo, para que, ciertamente, todo individuo no tenga más remedio que sentirse proletario, no existe, al menos en teoría, eliminación alguna ; pero para esto, para sustancializar a la totalidad de la masa humana con la clase proletaria, sería preciso pro1etarizar a la masa, es decir, colectivizar la propiedad y prohibir a los hombres cualquier forma particular de ella, lo cual es inaceptable dentro del pensamiento cristiano.

Luego queda sentado que ni el liberalismo ni el comunismo logran el objetivo de que su organización agrade a la oolectividad entera. EI uno, porque deja fuera a quien no tiene vocación política; el otro, porque exige una previa implantación del colectivismo para hacer que todos sean proletarios y exige una permanente presión del Estado para que el hombre no pueda realizar jamás su natural instinto de poseer.

3) Estos sistemas tampoco son fórmulas racionales y permanentes de organización.


La segunda condición que debe reunir la organización buscada es la de ser racional. Tampoco en esto resultan beneficiadas las organizaciones del liberalismo y del comunismo. En cuanto al primero, el partido político es una: organización artificiosa que el ciudadano se construye al margen de su propia vida y con el propósito sólo de utílizarla como medio de expresión en tales o cuales días de su existencia.

Nadie nace dentro de un partido político, ni siquiera se encuentra casualmente con él en el transcurso normal de su vida. Para ingresar en un partido político hay que ir ex profeso a su encuentro, y, además, como sucede que no hay tantos partidos corno gentes, hay que ir, recortadamente para conformarse con el que resulte más aproximado al pensamiento de cada cual.

También en este aspecto lleva ventaja el comunismo sobre la idea liberal. El proletariado, por estar basado en una auténtica situación del hombre (aunque sea tan movediza como la situación económica), es mucho más natural que el partido politico, el cual es una necesidad tan externa a su propia vida como lo puede ser una sociedad destinada, por ejemplo, a defender los colores del equipo favorito. Ahora bien; el partido económico del proletariado tampoco es una organización natural en el hombre. Los vínculos que a éste lo unen más fuertemente con sus semejantes no son, dígase lo que se quiera, los económicos. El hecho de que la aristocracia, por ejemplo, sienta tan constante desprecio hacia las apetencias nobiliarias del nuevo rico demuestra que incluso el lazo heráldico es más fuerte que el económico.

Pero, además, ¿cómo es posible pretender que el hombre viva socialmente asentado en su condición de proletario tornando esta como centro de su actividad política, cuando, precisamente, la condición de proletario es algo así corno una catástrofe de la que todo el mundo se afana por escapar lo antes posible? No hay proletario que no quiera dejar de serio; ¿cómo entonces puede quererse que los hombres actúen en política a través de algo tan opuesto a sus sentimientos más espontáneos?

La tercera condición necesaria para; que sea eficaz la organización que lleve al pueblo a participar en el ejercicio de la función administrativa del Estado es la permanencia de tal organización. Poco hay que esforzarse para ver que el partido político es lo más inquieto y lo menos permanente que se conoce, y como nuestro deseo es no gastar palabras en vano, no vamos a perder el tiempo en demostrar lo evidente. Baste recordar que el nacimiento y la pervivencia de los partidos políticos dependen siempre de circunstancias ocasionales, y aun de la voluntad, la ambición o, simplemente, la manía de algún personaje.

En cuanto a la organización política del comunismo, aun cuando también respecto a la permanencia lleva enorme ventaja a la organización liberal, tampoco reúne esta condición de un modo satisfactorio. En primer lugar, nada, antinatural puede ser permanente; pero, además, basta con observar el proceder marxista, que acabamos de apuntar, para convencemos.

Hemos dicho que, conociendo el marxismo que el proletariado no es un motivo asociativo duradero, porque nada hay más inestable que la situación económica de cada uno, acude, para mantener a los hombres en la situación de proletarios, a la coacción, e implanta,el colectivismo, con lo cual se obliga a todos a permanecer alejados de la propiedad privada, única manera de hacer que todos sean permanentemente pobres, es decir, permanentemente proIetaríos; pero como ya hemos visto que esta situación colectivista no es natural en el hombre, porque lo natural, lo que viene a éste dado en naturaleza, es su tendencia a poseer, la permanencia del sistema comunista será tanto mayor cuanto mayor sea la permanencia de la coacción. Si falla ésta,  falla el sistema.

4) Las organizaciones humanas que mejor reúnen estas condiciones son la familia, el municipio y el sindicato.


En resumen; ni la organización política del liberalismo ni la del comunismo (con ser ésta infinitamente más eficaz) cumplen las condiciones precisas para poderse llamar una buena organización. Vamos, pues, a tratar por nuestra cuenta de encontrar, dentro del pensamiento seguido, una fórmula que reúna tales condiciones.

Hay que buscar, en primer lugar, una organización que sea común a todos los hombres y que los hombres la hayan inventado para realizar a través de ella sus instintos racionales y permanentes; después, tenemos que ver si esta clase de asociación sirve para utilizarla también como cauce por el cual se pueda verificar la participación del hombre en las tareas del Estado, y si resulta que aquella organización, amplia, natural y duradera, admite cargar con esta nueva responsabilidad habremos encontrado lo que buscamos y podremos servimos de ella como de vela al viento, sin pretender inventar otra que, según nos enseña la experiencia liberal y comunista, resulta bastante difícil encontrarla.

Observemos la vida del hombre: El hombre, todo hombre, nace con una serie de instintos naturales y permanentes: instinto de perpetuación de la especie, instinto de sociabilidad, instinto de conservación de la vida; para cada uno de ellos tiene su medio adecuado: el matrimonio, la: ciudad y el trabajo; y cada una de estas cosas le lleva. a construirse sus asociaciones características: unas, como la familia, de derecho natural; otras, corno el municipio y el sindicato, de índole inferior, aunque sin dejar por ello de tener espontaneidad y lozanía.

Así, podemos decir que el hombre nace dentro de una familia vive dentro de un
municipio y trabaja dentro de un sindicato, y que todo esto, no solamente es seguido por todos, sino que, además, lo hacen de una manera espontánea y permanente; lo cual ya es una ventaja importante sobre los sistemas anteriores, porque ninguno de ellos puede decir tal cosa de un partido político o proletario.

5) Consideraciones acerca de la familia


Pero acabamos de decir que no basta encontrar unas organizaciones poseedoras de las mejores condiciones; se precisa, además, que puedan ser utilizadas en el fin que nos proponemos, y para ello es necesario que su realidad vital esté tan enérgicamente acusada, que trascienda al orden social y ocupe en él un rango de aceptación indiscutida ; porque si, de uno u otro modo, han venido a parar en algo inconsistente, sucederá con ello lo que sucede a las decoraciones del teatro, que sirven para todo menos para utilizarlas en serio.

Me estoy refiriendo con esto a ia familia. Nada hay tan triste como el espectáculo de frivolidad que el liberalismo ha sabido montar sobre esta Divina institución de la familia; ello, para desgracia del género humano, ha hecho que la familia, aunque sea todavía una. organización que mantiene en la intimidad un cierto vigor, el vigor que cada cual le quiera prestar, en la vida social, en cambio, no tenga ninguna trascendencia y si un matrimonio como Dios manda no puede presentarse en sociedad sin parecer a las gentes una visión de estampa antigua; si el tono elegante que hoy priva en la sociedad exige que el matrimonio adopte un estúpido aire de desenfado para no caer en el comentario burlón y picante, ¿puede la familia suponer una
organización capaz de influir positivamente en la vida social de los pueblos?

Desgraciadamente, no, la defensa de la aptitud del municipio para esta función se hará afirmando que conserva su buena calidad de otros tiempos para estos efectos; la del sindicato va a hacerse demostrando que ha adquirido modernamente esta calidad. Por lamentable que ello sea, hay que afirmar que la familia no constituye hoy un instrumento apropiado para: la colaboración del pueblo con el Estado, por cuanto la familia no tiene actualmente significación política.

Porque esto es lo fundamental: la significación política de los municipios, que hace posible un cambio de régimen a consecuencia de unas elecciones municipales, y la significación política de los sindicatos, que hace de una huelga o de la simple amenaza el hecho politicó más trascendental en cualquier Estado contemporáneo, faltan, en absoluto y totalmente, a la familia actual.

Podemos decirlo con descaro, porque no somos nosotros, ciertamente, los responsables de ello. La familia, entendida cristianamente, es una institución, y como tal institución ha logrado vigor histórico y ha gozado de una auténtica significación política. Mas el individualismo acabó con el carácter de institución que se reconocía a la familia al convertir al matrimonio en un asunto privado.

Hoy, salvo dichosas excepciones, la familia está radical y absolutamente descristianizada, y mientras esto sea asi, mientras las jovencitas de diecisiete años lleven en su bolsillo la llave de su casa, es tonto cerrar los ojos a la evidencia de que su significación política es nula.

La Asociación de Padres de Familia no tiene más alcance político que el que se deriva de la amistad de sus directivos con el gobernador civil. En Roma, donde la familia tenía un firme fundamento religioso e institucional , el Estado no era otra cosa que una auténtica Asociación de Padres de Familia, los cuales, ciertamente, gozaban de alguna mayor autoridad, algún mayor prestigio y algún mayor poder que esos buenos señores que se esfuerzan en ser tenidos por columnas del Estado y no alcanzan siquiera a hacerse respetar entre sus hijos adolescentes.

Por eso no tenemos más remedio que reconocer que, en tanto la familia no recupere su eterna y sustancial virtualidad cristiana, no ha de servir para encontrar en ella un modo de proyectar al hombre sobre el quehacer colectivo de su pueblo. Será la que mejor reúna los requisitos exigidos de totalidad, racionalidad y permanencia; pero le falta la aptitud política.  ¡He aquí otra de las más jugosas ilusiones marchitada por el aire crapuloso del liberalismo!

6) Eficiencia del municipio para realizar esta misión.


Pasamos ahora a indagar cómo se dan en el municipio estos tres requisitos, y cómo sigue conservando eficiencia para influir en la vida pública. Limitándonos a lo primero, es evidente quen en él se dan de modo ejemplar las notas de totalidad y racionalidad. Todos pertenecemos a un municipio, y no sólo pertenecemos, sino que somos de él de modo más intenso y más enérgico que con respecto a casi la, totalidad de las asociaciones humanas en las que el hombre vive encajado.

No se trata del hecho, diferentemente importante en cada caso, de lo que haya en el municipio de cuna, sino de lo que en él hay de domicilio, es decir, de puntal sobre el que asentamos nuestro vivir social.

El municipio es, en efecto, el lugar donde el hombre vive realmente, donde desarrolla sus actividades, ejerce su profesión, lleva adelante sus negocios y no sólo es el municipio el lugar donde el hombre vive, sino que, además, es (y esto resulta irnportantisimo) el lugar donde vive de modo más consciente, inmediato y enérgico, una vida pública.
El municipio es el seminario del vivir publico del hombre. Hasta llegar al municipio, todas las formas de vida colectiva en que el hombre se inserta, si bien no hay duda que constituyen verdadero vivir social, son, por decirlo así, proyección o ensanche del vivir individual de cada uno, y, por tanto, y en cierto modo, vida privada. El matrimonio, el círculo de amigos, la sociedad cultural, o recreativa, o de negocios, son mi familia, o mi círculo, o mi sociedad, y este "mi" tiñe de individualidad especifica a los grupos sociales sobre que recae.

Claro es que, además de míos, esta familia, y este circulo, y esta sociedad, son de mi mujer, y de mis amigos, y de mis socios; pero estas gentes, con las cuales tengo que compartir la propiedad de tales grupos, no son gentes extrañas a mí, sino que, al revés, yo las he buscado o me he unido a ellas voluntariamente, prefiriéndolas y elígiéndolas entre el resto de las gentes que me rodea. Con el municipio pasa algo muy diferente.

Es, ciertamente, mi municipio, y, a la vez, el de otros muchos señores; pero, a diferencia de lo que ocurría en los otros casos, a estos señores no les he buscado yo. Ni ellos ni yo hemos hecho nada para llegar a esta copropiedad del municipio. Nos encontramos, sin más, instalados en ella, queramos o no, y no tenemos más remedio que admitirlo como un hecho. Ahora bien; esto es lo que caracteriza la vida pública; el encontrarse el hombre viviendo entre otros cuya compañía, que no ha sido buscada por él, se le impone con carácter necesario.

No se crea que esto se dice sin más ni más. La experiencia de los partidos políticos debiera aleccionarnos acerca de esto. A lo que más se parece el partido politico (por lo menos, en el ánimo con que la mayoría de las gentes acuden a él es a la pandilla de amigos. Se ingresa en ellos, casi siempre, por obra y gracia de los amigos; se procede con el correligionario como con uno de ellos.

Cuando el partido político se vuelve químicamente puro, que es el caso del partido único, en el cual se dan ejemplarmente todas las virtudes y todos los vicios del partido político, el correligionario se convierte, desde luego, en el camarada. ¿Cómo no ha de ocurrir que las gentes se olviden de que el vivir político es, ante todo y por encima de todo, vida pública? Es ésta una de las causas más indudables de esa calamidad que viene progresando sobre el suelo del mundo occidental desde el siglo pasado, para revestir ahora sus aspectos más feroces, y que consiste en el absoluto desprecio que las gentes de un partido sienten por las del otro.

Los problemas, los puntos de vista de los unos son olimpicamente ignorados, y desdeñados por los otros. Ahora bien esto es la negación de la vida pública, la cual tiene como primera exigencia la de que cada uno cuente con los demás, se dé cuenta que existen lós demás, que es lo contrario de lo que hace la pandilla de amigotes que vuelven dando gritos a casa borrachos, en la madrugada.

Un Estado en el cual la colaboración del pueblo con el poder en la tarea. de velar por los intereses de los particulares y por la buena marcha de la: administración se realiza a través de los municipios, será un Estado en el cual se hallará siempre presente y actuante la conciencia de lo público. No es un azar el hecho de que las primeras manifestaciones del vivir político de la Humanidad, los primeros Estados, fueran ciudades, "polís", ni que el vivir "político", rectamente dirigido y practicado, sea apellidado por el lenguaje corriente como "vida civil", es decir, vida en la ciudad.

No es un azar nada de esto; y prueba de ello es que el hombre de la calle sabe muy bien distinguir, por ejemplo, entre un régimen civil y una dictadura militar; y si viene algúnnfilósofo a preguntarle cómo lo ha distinguido, no responderá que atendiendo a los uniformes, sino viendo que aquél tiene un vivir político y ésta no.

Y si ahora pasamos a la tercera de las notas apuntadas, es evidente que el municipio, nacido hace unos mil años, en su carácter actual sigue manteniendo intacto su valor político. Retengamos estas dos afirmaciones: que el municipio nació hace mil años y que conserva su valor político. Una ojeada hacia la primera de ellas nos salvará de caer en la tentación de ver en esta defensa que hacemos del municipio un expediente para combatir el sistema de los partidos políticos.

Nosotros no hemos inventado esta aptitud del municipio. Al revés. Lo primero que éste hace en cuanto nace es, precisamente, ponerse a servir de instrumento para la participación del pueblo en la función administrativa del Estado, Y esto, no en éste ni en el otro país, sino en todos, en España antes que en ninguno. No otra cosa son las Cortes, los Parlamentos. Tendrán que pasar bastantes siglos paran que algo tan sencillo, tan natural, sea vuelto del revés por un grupo de filósofos y de políticos. "

No iban éstos, sin embargo, tan descaminados. Acertaron lo fundamental, pero se equivocaron en el modo de llevar a la realidad su idea. Pensaron, igual que nosotros, que el poder había de corresponder al pueblo, al cual llamaban "el tercer Estado"; pero erraron en lo referente al modo como ese pueblo había de transmitir ese poder, a quien lo ejerciera de hecho y en lo referente a la participación del pueblo en el ejercicio del poder. En cuanto a lo primero, se olvidaron, conforme a lo que se dice en el capítulo X, que el pueblo no transmite nunca su poder de otro modo que autorizando con su obediciencía libre, y no consagrando con sus votos, al que de hecho manda; y en cuanto a lo segundo, que es lo que ahora nos importa, se empeñaron, con la Iamentable obstinación del hombre que tiene una teoría, en
desconocer el valor y la significación política del municipio.

Lo que ellos pensaban, en efecto, es que la presencia de los hombres en el Estado había de delatarse y cristalizar en una volun- tad que recibia el nombre de"voluntad general", la característica de la cual era el no ser la voluntad conjunta de éste y de éste, sino la voluntad unitaria del pueblo, írreductible a las voluntades particulares de quienes lo componen. Por eso Rousseau se preocupa de diferenciar bien la "volante generale" de la "volonte de tous".

Como es natural, esta actitud conduce necesariamente a oponerse al municipio como cauce de expresión de voluntades. Si el pueblo acude, por ejemplo, a las Cortes a través de sus municipios, resultará que las voluntades que allí se expresen serán las de este y las de aquel municipio, es decir, "la volante del tous", no la voluntad general. Por eso, los doctrinarios de la Revolución Francesa se dedicaron a desconocer la significación política del municipio.

7) Eficiencia del sindicato.


Pasando ahora al sindicato, no hay que esforzarse en demostrar que la primera de las notas que venimos utilizando está cumplida en él plenamente. Al sindicato pertenece naturalmente todo el mundo. Todos tenemos una profesión, todos nos afanamos en, algún menester, y un enorme tanto por ciento de nuestros intereses en la sociedad están configurados por el denominador de la profesión.

Al que su profesión no le interesa, una de dos: o es tonto, o la ejerce como mero pasatiempo, como aficionado. Dejando a un lado a los tontos, un Estado realmente cristiano debe esforzarse por conseguir que todo el mundo desempeñe alguna misión en la vida. José Antonio Primo de Rivera, siguiendo a los mejores pensadores cristianos, insistió mucho en la enorme diversidad de las tareas a realizar por los hombres.

El que todos hayan de trabajar no quiere decir, en efecto, que todos hayan de trabajar en lo mismo ni del mismo modo; pero la obligatoriedad del trabajo es, no sólo una exigencia del espíritu cristiano y de la, verdadera: dignidad del hombre, sino, además. como último argumento, una exigencia ineludible de la realidad histórica actual. Creemos que esto está tan en la conciencia de todos, que no precisa insistir en ello.

Su utilidad para la participación del hombre en las funciones del Estado es racional, porque en el sindicato, como en el municipio, nos encontramos instalados naturalmente, sin violentar las cosas y sin esforzamos en ello. Conviene ahora, subrayar lo siguiente: Si el municipio ha sido ponderado antes como el medio más enérgico de llevar la conciencia de lo público a los hombres que componen el pueblo, hay que afirmar ahora que el sindicato constituye, complementariamente, el modo más directo y más real de llevar a la vida pública lo más sustantivo, lo más apremiante y lo más verdadero del vivir privado y personal de los hombres.

Estos están en el sindicato de un modo eminentemente real, dramáticamente real. Cuando hacemos de escritores, de políticos, de hombres de mundo, somos nosotros mismos en una medida bastante reducida, siempre que estas cosas no constituyan para nosotros, como ocurre a veces, nuestra última y esencial profesión en la vida; pero cuando somos trabajadores, somos nosotros mismos en absoluto. Cuando queremos, indagar la profesión de alguien no preguntamos "¿qué hace?", sino "¿qué es?".

Por eso, el sindicato es esencial para un Estado que quiera hacer política realmente humana y verdadera. La gran conquista de los tiempos modernos consiste, dicho sea sin demagogia alguna, en el hecho de que hayan acudido a los Parlamentos, para sentarse en ellos, gentes vestidas con sus uniformes de trabajadores, ofreciendo saludable contraste con los políticos de pro fesión que hasta hace poco acudían a estos sitios vestidos con el traje "de sociedad", es decir, con el traje que nos ponemos cuando queremos renunciar a nuestra individual personalidad durante unas horas y diluimos en un conjunto convencional y pasajero.

Siempre que la política se ha encargado exclusivamente a diputados a políticos profesionales, gentes que habían perdido contacto directo con una profesión cualquiera determinada, todo se ha disuelto en una contradanza de ideas, cada vez más divorciadas de las realidades auténticas, y ha sido preciso que los trabajadores acudan a hacer acto de presencia. Y cuando algún Jefe de Estado quiere dar una nota simpática a la publicidad, y lo que quiere, quizás sin darse cuenta, es demostrar precisamente los cimientos auténticamente reales y humanos en que apoya su gobierno, lo primero que hace es retratarse conversando con algún pastor o con algún minero, o simplemente en mangas de camisa.

Por último, no se diga que si el sindicato constituyera de veras un factor político tan destacado hubiera existido siempre, siendo así que su aparición histórica es reciente. El sindicato ha existido siempre y lo único que es reciente es su forma actual. En una forma u otra, es más antiguo, incluso, que el municipio. En realidad, es de siempre. Las formas políticas incipientes que la Historia nos muestra, (pueblos de pastores, de cazadores, etc.) no son otra cosa que la aparición de la política bajo la especie de lo sindical.

8) Estructura general del pueblo para llevar a cabo la Función Administrativa. Cámara Administrativa.


Con esto dejamos señalado que el sindicato y el municipio son las dos canalizaciones ideales para que el pueblo intervenga en la función administrativa del poder del Estado, y dejamos dicho, además que las dos se complementan, porque una viene a proyectar sobre la vida pública lo que a través del municipio ha llegado a saborear el hombre con más deleite, la vida en sociedad ; y otra, la sindical, irrumpe en ella con lo más sustancioso y personal del ser humano, el trabajo.

Ahora bien; ¿cómo se monta el tinglado necesario para que se verifique esta intervención de manera que recoja a todos los ciudadanos y alcance las más elevadas esferas del poder? Aquí hay dos preguntas: primera, ¿cómo se manifiesta la voluntad del pueblo?; segunda, ¿cómo se construye la mecánica de la colaboración? Para la primera, tenemos que recordar lo que dijimos del sufragio universal; allí afirmábamos que, una vez rechazada la desolada nota de que todo sea opinable, nada había que oponer al hecho de que todos pudieran opinar; por lo tanto, y como ya a lo largo de estas páginas me hago la ilusión de haber dejado clara nuestra postura sobre el contorno de la función administrativa, sólo cabe declarar aqui que aceptamos en toda su línea el sistema de votación para hacer que el pueblo intervenga en esta empresa del Estado.

Podríamos extendernos ahora sobre el modo de valorar estas elecciones; si habían de ser directas o indirectas; si el voto convenía que fuera personal o familiar; si la capacidad de votar debe alcanzar a tal edad o a tal sexo. Por nosotros, y una vez ordenadas las ideas rectamente, cuanta más libertad haya para la votación y mayor amplitud se dé a la fórmula, mejor; sin embargo, no es cosa de marcar la pauta entre otras razones, porque -cada pueblo debe elegir el prooedimiento que más le agrade.

Ahora andan los pueblos vencedores empeñados en imponer a los demás, con, gran regocijo y provecho del comunismo, una misma fórmula democrática, sin importarles un bledo la situación de cada pueblo, su psicología, su manera de ser y de reaccionar; en una palabra, sin tener en cuenta los gustos ni los deseos interesados; peor para ellos, porque esto, sobre empezar siendo la negación máxima de la democracia, es, además, el explosivo más conveniente al porvenir comunista.

Nosotros, por nuestra parte, no vamos a caer en sus mismos defectos y no vamos a encerrar la variedad humana en los estrechos moldes de una definición.

La segunda pregunta se refiere al modo de construir la estructura de la participación. Huyendo también del casuismo diremos sólo que tal estructura debe culminar en una Cámara Administrativa que agrupará a los representantes de los municipios y de los sindicatos. ¿Cómo se eligen éstos? Como lo desee cada pueblo. Una fórmula, una de tantas, puede ser la siguiente:

Todos los votantes de una localidad eligen su municipio, ayuntamiento o Cámara municipal; entre los representantes de todos los municipios de una provincia o comarca se elige la Cámara Provincial de Municipios o Diputación Provincial, presidida por el representante del Poder central o Gobernador Civil y entre los representantes de todas estas Cámaras se eligen los que hayan de llegar a la Cámara Administrativa.

Otra fórmula más amplia puede ser que la elección se verifique, no entre los representantes de las Cámaras inferiores, sino libremente entre otros nuevos candidatos; allá cada pueblo con su preferencia.

Análogo procedimiento se puede seguir para la selección de los representantes sindicales en la Cámara Administrativa sin más que enquistar en la división geográfica de ayuntamientos y provincias la de ramas de producción.

Así, la Cámara Local de Sindicatos no estará formada por los representantes de los distintos barrios, pongamos por ejemplo, sino de los representantes de las diferentes ramas de la producción, y como este procedimiento se puede llevar a la Cámara provincial y a la Administrativa, resulta que ellas están formadas por los delegados de los diferentes sindicatos provinciales o nacionales.

No es cosa de seguir puntualizando el procedimiento; pudiera hacerse previamente con todos los sindicatos nacionales de industria una, Cámara Nacional de Industrias, que unida a la Cámara Nacional de Comercio y a la Cámara Nacional Agrícola, fueran las que llegaran a constituir la Cámara Nacional de Sindicatos ; pero todo esto es detalle que debe quedar a los gustos y a los tiempos, y no ha de haber sobre ellos norma escrita.

Sólo una cosa quede bien clara de todo lo que venimos escribiendo: que la participación del pueblo en la función administrativa del poder del Estado está encomendada a todos y cada uno de los componentes de ese pueblo, como ahora veremos que también lo está, la, participación del pueblo en la función política.


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Cámara Política.


Llegamos ahora a la posibilidad de descubrir el modo más adecuado para que el pueblo, dentro del sistema expuesto, participe en la función política del Estado.

No se nos oculta que lo que hemos de decir parecerá seguramente a muchos una recaída en puntos de vista difícilmente mantenibles en la actualidad, y a otros, una actitud de retroceso hacia posiciones que por sí solas se pusieron en trance de muerte desde hace tiempo. Debo advertir una vez más a los primeros, es decir, a los que vean en este capítulo el intento de salvar lo que sea posible de una concepción totalitaria del Estado, que ni yo ni la mejor ortodoxia del Movimiento en que he militado siempre, hemos tenido nunca, ni ahora ni cuando las cosas tenían otro aspecto, el menor deseo de postular aptitudes políticas totalitarias, siquiera no hayan faltado en ningún momento al lado nuestro, gentes con alma de paleto dispuestas siempre a hacer de comparsa.

A los segundos, es decir, a los que piensan que de lo que se trata es de volver por caminos nuevos a la democracia vieja, les haré ver que precisamente el objeto quizás más destacado que me ha llevado a escribir este libro ha sido el deseo de contribuir a conjurar, en la medida que sea posible, ese indudable peligro en que se halla el mundo civilizado de, por horror hacia el comunismo y hacia los Estados totalitarios, volver los ojos, como hacia una revolución salvadora, hacia una democracia que dió ya al mundo todo lo que podía dar (y casi todo lo que pudo dar fueron desastres) y a lo único que puede aspirar hoy es a morir con cierto decoro, en vez de dedicarse a tonterías como la de declarar a España peligro en potencia para la paz del mundo.

No se trata, por tanto, de acercamos a nadie, ni menos aun de atacar únicamente al sistema liberal democrático; si el lector observa en estas páginas un parecido mayor con la organización comunista, será porque ésta se preocupa antes que nada de proyectar sobre el aparato general del Estado ruso una vigilancia política que culmina en el polit-buró; pero se verá fácilmente que nuestro propósito es bien distinto. El comunismo monta ese aparato con la pretensión de implantar una idea politica concreta sobre el Estado; nosotros lo hacemos para servir a éste en algo que solamente la inconsciencia individualista ha podido dejar inatendido. No se trata, de imponer una orientación determinada a la estructura del Estado, sino de completar su definición y estructurarlo en consecuencia. Pero dejando esta diferencia para más adelante, en que trataremos de establecer la que separa nuestra postura, del partido único totalitario, empecemos a desarrollar el tema que nos ocupa.


1) Misión característica de la Función Política.


Conforme a lo dicho en los capítulos anteriores, el Estado es una organización para la administración de la justicia en el seno de un pueblo. De aquí se sigue que no basta que el Estado se organice a sí mismo y haga justicia (función-administrativa), sino que es necesario que tales organización y administración no sean algo abstracto, sino, concreta y precisamente, organización de un pueblo y administración de un pueblo. Esta dimensión popular o social del Estado constituye la última nota que lo caracteriza.

Del mismo modo que no hay ningún hombre que sea nada más que animal racional, sino que todos son, necesariamente, este o aquel hombre, no existe el Estado en abstracto, sino siempre este y aquel Estado; dicho de otro modo: No existen Estados abstractos, sino Estados vivos. Y como la vida de los Estados se llama historia, dicho queda que ésta, la historia, es una dimensión esencial del Estado. Pues bien; este reconocimiento y actuación constante y permanente en el Estado de lo que en él hay de historia es lo que llamamos función política.

Pudiera llamarse igualmente, conforme hacemos en el capítulo X, función de unificación nacional, toda vez que a través de ella se actúa de modo consciente el acontecer histórico, en virtud del cual una pluralidad de hombres ha quedado convertida en entidad social, nación o pueblo determinados.

Veamos ahora, con algún mayor detenimiento que en el capítulo Citado, cuál sea el alcance de la función política. Lo propio de ésta, decíamos allí, es la afirmación del pueblo. Ahora bien; ¿de qué modos se afirma el pueblo? De los siguientes:

Primero. Como valor moral
ante la conciencia de quienes lo integran. Tomamos aquí al pueblo en el sentido en que lo tomaba José Antonio Primo de Rivera cuando lo definía como "una comunidad de destino, de esfuerzo, de sacrificio y de lucha".

A este modo de afirmación del pueblo es al que nos referíamos especialmente en el capítulo X, cuando hacíamos ver que el liberalismo desatendía totalmente esta necesidad del Estado, encomendándola al acaso o a la improvisación de los que quizás se aprovechaban de ella como ocasión de lucimiento.

El pueblo, conjunto de valores morales, tiene que ser afirmado de modo consciente, permanente y destacado ante la conciencia de quienes lo componen, y esto (no sobrará repetirlo una vez más), no por capricho, no porque sea ahora la hora de los nacionalismos, sino por estricta y absoluta necesidad política y de justicia.

Piensen con calma y se verá que lo que se postula aquí es todo lo contrario del nacionalismo romántico sobre el que se han apoyado los Estados totalitarios. Estos empiezan par afirmar al pueblo como un organismo, como una especie de ser superior, cuya realidad se le impone necesariamente al hombre aislado, mientras que lo que nosotros afirmamos es que ese hombre aislado, o, mejor, distinto de los demás, se encuentra naturalmente asociado a éstos por acción de la Historia y exigencia de la justicia; pero, bien entendido, no sólo es capaz de ignorar la realidad de esta asociación, sino que, casi siempre, propende a olvidarla, a sentirse desligado de los demás y proceder como un ser egoísta.

Por eso queremos, por decirlo así, imponerle el pueblo, imponerle el prójimo, como se le impone una obligación moral. La exaltación del valor moral del pueblo es para los totalitarios una especie de forma de adoración; para nosotros, una admonición y un recordatorio.

Segundo. Como unidad de cultura
en el concierto de los pueblos. El Estado necesita afirmar en lo universal el pueblo sobre el cual se asienta. No se vea tampoco en esto la defensa de nada excesivo; no se rasguen las vestiduras los pacifistas. Lo único que afirmamos aquí es que el Estado tiene que hacer vida de sociedad internacional, tiene que decir su palabra, la suya, la de su pueblo, en el diálogo de las naciones. En el próIógo dije cómo se me acusó de belicista cuando afirmé la misión de España. Es,con perdón, bastante necia esa costumbre de ver en actitudes así una especie de belicismo declarado.

Pero, por otra parte, ¿cómo es posible que alguien sea, sin más, belicista o pacifista? Tan sin sentido es afirmar, en abstracto, que el Estado tiene que hacer guerra como que tiene que hacer paz.

El Estado tiene, simplemente, que vivir, y esto es lo único que es realmente cuerdo y necesario. La paz o la guerra le vendrán en su vida como resoluciones a aceptar en cada caso, y sólo ante el caso concreto, guiándose por un acertado juicio político y por una recta moral (también los no pacifistas oficialmente somos cuidadosos en esto de afirmar para la guerra la necesidad de su moralidad) se podrán decidir los Estados por la paz o por la guerra. Eso de tenerle a uno por belicista por el solo hecho de afirmar la.necesidad de que el Estado tenga una presencia en lo internacional, es sólo una actitud de cobarde inhibicionisrno del que, gracias a Dios, van saliendo los pueblos.

Tercero. Como elemento unitario y permanente
en el proceso de la vida de los Estados. El Estado actúa, según se ha dicho ya varias veces, organizándose y administrando justicia.

Su vida se desarrolla a través de una serie de actos encaminados a esos objetivos. Ahora bien; para que esos actos constituyan algo más que una mera pluralidad de decisiones, para que sean actos de un Estado determinado, es esencial un principio unificador. Gracias a éste (que, desde luego, no estamos inventando aqui, sino que existe de hecho en todas las organizaciones políticas), las exteriorizaciones del poder normador de los Estados no constituyen un conjunto disperso de leyes, sino una legislación, es decir, una unidad. El derecho romano es tal en virtud de un algo que reduce a unidad todas las disposiciones que los romanos dictaron. Una ley no es nunca una decisión concreta de un problema concreto, sino que es, además, la ley de un pueblo.

No se interprete esto con muchas pretensiones. Lo único que estamos afirmando es el dicho popular de que lo que en unos pueblos va bien, en otros va mal. A lo mejor, a los ingleses les resulta excelente una ley agraria que en España sería desastrosa. Es preciso, por tanto, una actividad del Estado para hacer que este destino de ir dirigidas a un pueblo determinado que las leyes tienen, no sea nunca ignorado ni desconocido. Se trata, por consiguiente, de una auténtica afirmación del pueblo en el proceso legislativo, y, por ende, absolutamente separada y distinta de la función jurídica. Si se deseara un, nombre, podría llamarse a esta parte de la función política "función de control sobre la elaboración de los principios generales de la legislación".

Cuarto. Como valor jurídico. En capítulos anteriores se ha demostrado que el pueblo es una sociedad natural, y que las sociedades naturales no son organismos, ni realidades personales, sino creaciones del derecho, Un conjunto de hombres se encuentran ligados entre sí por vínculos deducidos de la justicia, y a esa vinculación es a lo que llamamos pueblo. Esto supone que el pueblo no es pueblo porque quiere, ni, al revés, es pueblo de hecho, con toda la fatalidad con que una roca es una roca, sino que, por un lado, tiene que ser pueblo, pero, por otro, puede dejar de serlo, es decir, puede comportarse como si no lo fuera.

De ahí se sigue que un Estado que quiera vivir confornre a la justicia tiene que esforzarse en afirmarse constantemente a sí mismo como pueblo; esto es, tiene que tener a la vista, para que informe todos sus actos, la idea del derecho como valor absoluto, permanente e inmutable que le constituye como tal pueblo.

De todo lo dicho se puede hacer el resumen de que la función politica del Estado se descompone en cuatro funciones:

Primera, afirmación del valor moral del pueblo.

Segunda, vida internacional.

Tercera, control de la legislación y elaboración de sus principios generales.

Cuarta, mantenimiento y defensa de los principios del derecho entendido éste como valor permanente, absoluto e inmutable.


2) Para colaborar con el poder del Estado en la función política el pueblo debe constituirse en Movimiento Nacional. 


Igual que respecto de la función administrativa, el pueblo debe colaborar con el poder del Estado en el ejercicio de la función política. Ya vimos cuáles eran los órganos adecuados para la colaboración en aquélla. Veamos ahora lo referente a ésta.

Repitamos lo dicho en el capítulo X: La colaboración del pueblo en la función política no debe ser, ni una ficción, ni algo que el pueblo realiza sin darse cuenta de lo que hace. La primera exigencia es, por tanto, que todos y cada uno de los individuos que "Componen el pueblo tengan plena y absoluta conciencia, al intervenir en esta función, de lo que hacen y de por qué lo hacen. Quiere decirse que el que toma parte en la función política debe tener absoluta y plena conciencia de que hace política.

Ahora bien; ¿existe algún organismo cuyo fin sea exclusivamente el que los hombres puedan hacer política. a su través? Indudable que no. El municipio y el sindicato son entidades excelentes para actuar y para defender intereses particulares, sociales o profesionales; pero no para hacer política. Para esto es necesario un organismo cuya finalidad sea exclusivamente política.

Este organismo no puede ser nada nacido espontáneamente en la sociedad, corno el municipio o el sindicato, porque la voluntad de hacer política en el sentido que aqui venimos dando a esta palabra (como actividad de implantación del derecho en una comunidad) es algo que sólo sobreviene a los pueblos cuando éstos han alcanzado un cierto nivel de cultura, de moralidad y de conciencia histórica. Se trata por tanto, de algo de creación artificial. A este organismo, artificialmente creado para lograr por su medio la colaboración del pueblo en el ejercicio de la función política del Estado, es a lo que llamamos Movimiento Nacional.


3) El Movimiento Nacional no es un partido político ni un conjunto de partidos.



Para penetrar en lo que queremos significar al hablar del Movimiento Nacional piénsese, por de pronto (y aquí es donde van a comenzar a alarmarse más gravemente muchos de mis lectores, a los cuales ruego que contengan su impaciencia hasta el final), piénsese digo, en los partidos políticos.

El partido no es algo que se produce espontáneamente en la sociedad, como la familia o el municipio, sino es una cosa que los hombres crean artificialmente para ponerse a hacer política. Este carácter de los partidos lo tiene plenamente el Movimiento Nacional que nosotros propugnamos aqui.

Ahora bien; mientras el partido Político tiene que englobar, fatalmente, a sólo una parte del pueblo, el Movimiento Nacional abarca, en principio, a todo él.

Nosotros queremos un Movimiento Nacional en el que quepan todos absolutamente todos los que componen el pueblo, con la excepción, como es natural, de quienes, o se desinteresan por el vivir del pueblo, o le niegan carácter de tal de cualquier modo.

En el partido sólo pueden ingresar aquellos que están de acuerdo con los puntos de vista" parcial" que allí se mantienen acera de lo que el Estado tiene que hacer.

Piénsese en la evidencia de esto; el partidario del régimen de partidos y militante en uno de ellos tiene que pensar una de estas dos cosas: o que los que militan en otro partido tienen perfecto derecho a ello, o que no lo tienen. 
Si piensa lo primero, tendrá que reconocer que el partido es naturalmente parcial, que lo que defiende es una opinión, más o menos acertada, pero no más justa ni más defendible que la que defienden los demás, y, por tanto, no podrá pretender que su partido sea el único. Si piensa lo contrario. abogará por la desaparición de los demás partidos. Este es el caso de los partidos únicos. Pero los partidos únicos son absolutamente indefendibles.

Para defender el partido único, en efecto, hay que partir de uno de estos dos supuestos:

- o que todas y cada una de las afirmaciones que en los programas de estos partidos se contienen son verdades absolutas, sustraídas a la libre discusión de los hombres,

- o que éstos no son libres para discurrir por su cuenta y proponer para el Estado lo que les parezca bien, debiendo limitarse a adherirse a lo que propongan una serie de superdotados.

No es necesario insistir sobre lo anticristiano y antinatural de la segunda de estas afirmaciones, y en cuanto a lo primero, es bien sabido que los programas de los partidos únicos no ostentan, a veces, verdades absolutas de ninguna clase, y sí, en cambio, puntos de vista personalisimos de quienes los redactaron.

El Movimiento Nacional, por tanto, precisa tener la amplitud y la flexibilidad necesarias para que quepan en él todos los hombres que crean, simplemente, estas tres cosas:

Primera,
que existen, y son perfectamente discernibles y realizables por el hombre, principios y exigencias del derecho a los cuales se han de acomodar las leyes de los pueblos.

Segunda, que el Estado tiene que realizar una función destinada a imponer sobre su vivir diario la presencia y el carácter del pueblo sobre el que está constituido.

Tercera, que en esta función del Estado, debe colaborar él y los demás hombres que con él forman el pueblo.

Ahora bien; todo partido politico supone más y menos que estas afirmaciones.

Supone más porque los partidos no se limitan nunca a afirmar esto, sino que su sentido fundamental está formado por una serie de afirmaciones que, según hemos dicho, son perfectamente particulares, contingentes y discutibles.

Pero es que, además, ¿todos los partidos políticos afirman estas tres cosas que afirmamos nosotros? Desde luego que no, y por eso decimos que los partidos son también menos que lo que nosotros queremos que sea el Movimiento Nacional, Veamos esto despacio, porque aquí está la clave de todo.

La esencia del Movimiento Nacional consiste en exigir de quien pretenda actuar en el reconocimiento de unos principios de justicia que pesan sobre el Estado, la necesidad de una función política en el Estado y de la libre capacidad de cada cual para aportar a ella lo que le parezca mejor. Pues bien; no hay hoy en el mundo (puede afirmarse así, rotundamente) un partido político que acepte estas tres prermisas, o acaso ninguna de ellas.

La mitad de los partidos hacen hoy bandera de la afirmación de que no existen verdades superiores impuestas a los pueblos, ni, por tanto, cumple al Estado realizar función política alguna, 
y la otra mitad parte del supuesto de que solamente los que comulguen con determinadas ideas, o con determinadas manías, o con determinadas monstruosidades de ciertos cabecillas tienen derecho a dejar oír su voz en público.

Siendo esto asi, ¿no resulta un poco tonto el proceder de esas gentes que, por hacer algo, se dedican a predicar la vuelta a la norrnaiidad civil a base de lograr una "colaboración de los partidos"? ¿O el de esas otras que quieren convertir un Movimiento Nacional en un partido único?

Respecto a lo primero no nos hagamos ilusiones. Los partidos políticos, tal como están rnontados actualmente, no pueden colaborar, y las pretendidas colaboraciones que vemos por ahí, no son más que treguas bastante mal disimuladas. La cosa es natural; si yo creo todo lo contrario de lo que cree este señor, y no tengo el menor punto de contacto con él, ¿por qué vaya colaborar, por qué voy a respetarle? En realidad, solamente los partidos únicos han tenido el valor y la claridad suficiente para proclamar esto en voz alta; pero no han hecho sino exteriorizar lo que todos los demás callan hipócritamente.

En cuanto a lo segundo, ¿qué interpretan ellos por partido único? Según los marxistas, principales inventores del partido único, éste no es algo definitivo y sustancial con el sistema; es como si dijéramos una situación de tránsito en un proceso político a superar; de ahí que nadie acierte cuando se les acusa de impedir la colaboración en el Estado a todo aquel que no está afiliado al partido: No, responden, si esto no es una fórmula permanente, el partido único surge como una necesidad natural de los pueblos cuando éstos se proponen cambiar sustancialmente de estructura, pero una vez logrado, ya no tienen razón de permanecer y dan paso a la nueva sociedad. Es en este sentido en el que predican la implantación lisa y llana del partido único.

Pero obsérvese que aquí no se trata sólo de cambiar sustancialmente una estructura, sino de algo más vital y cotidiano; se trata de la administración del poder del Estado, antes, durante y después de su modificación revolucionaria. Por lo tanto, si el partido único es de verdad una fórmula transitoria, ¿quién se encarga luego de realizar la función política? ¿ Nadie? Pero esto, ¿no querrá decir que en el fondo también se piensa abandonar un día La función política? Y entonces, ¿no sucederá que hemos vuelto al sistema administrativo del Estado liberal?

Consideremos, por otra parte, lo que sucedería al totalitarismo por excelencia, al comunismo, si tratara algún día de renunciar a la idea de seguir apoyando el poder del Estado en el partido comunista. Sostiene el comunismo, que la dictadura del proletariado es una situación intermedia para llegar a una etapa idilica, en la que no habrá clases; pero ya hemos visto que las clases nacen de la injusticia, y el comunismo no postula precisamente la vuelta a la justicia, sino la revancha, es decir, llevar la injusticia tantos grados más a su favor como grados más en contra estuvo durante la etapa capitalista. ¿Cómo entonces producir el milagro? De ninguna manera. El comunismo no puede hacer esta clase de milagros, y no precisamente porque esté reñido con los Santos, sino porque es esencialmente imposible cimentar la permanencia de un orden sobre la idea de que manden unos con olvido absoluto de que existen otros; y por ello jamás podrá salir de la dictadura del proletariado, so pena de correr el riesgo de descomunistizarse; como el capitalismo para perpetuarse hubiera tenido que elegir una fórmula de gobierno permanentemente dictatorial a su favor y no una fórmula democrática que fatalmente le había de llevar a la destrucción.

Luego si el partido único no es transitorio, ¿propugnan aquellas gentes a que nos hemos referido antes la estancia permanente de un pueblo bajo la dictadura de un solo partido? ¿Y dónde queda el respeto a la libertad, la integridad y la dignidad del hombre como principio indeclinable de toda actuación política?


4) El Movimiento Nacional es una integración en lo fundamental de puntos de vista dispares en lo accesorio.



Por esto decimos que el Movimiento Nacional no puede ser un partido único ni un conjunto de partidos, porque un conjunto de partidos no es otra cosa que la pretensión de sumar cantidades heterogéneas, y un partido único es la negación de la propia personalidad humana.

Entonces, ¿qué es el Movimiento Nacional?

Esta es la cuestión: lo malo del régimen de partidos no es que en ellos, en cada uno de ellos, haya una opinión diferente acerca de un mismo punto, sino que lo que hay son opiniones bastante semejantes acerca de objetivos absolutamente irreconciliables.

"Mi primo Francisco y yo -decía Carlos I- estamos de acuerdo en todo: los dos queremos Milán."

Los partidos politicos actuales se parecen muchísimo unos a otros; lo único que pretenden es la destrucción y la anulación de todo lo que al otro le interesa como medio de impedir que logre lo que todos quieren, el Poder.

Frente a esta situación, la idea del Movimienton Nacional parte de afirmar la necesidad de que toda contraposición de puntos de vista acerca del Estado sea reducido a unidad por virtud de una común coincidencia de todas las divergencias en una instancia superior.

Dicho de otro modo: el Movimiento Nacional es la manera de obtener que una misma cosa pueda ser querida de diversos modos. En esta definición han de ser igualmente subrayadas la unidad de lo que se persigue y la diversidad de los medios que se juntan para ello.

Si el Movimiento Nacional ha de servir para algo, es aquí donde hay que extremar las precauciones. En principio, no es dificil de aceptar esta idea del Movimiento Nacional como unidad de fin que cada cual procura obtener a través de un camino distinto; pero lo malo es la determinación de esa unidad de fin.

Esta ha sido la ocasión de errar de varios movimientos que se orientaron bien a su comienzo, tratando, efectivamente, de rescatar de las pugnas de los partidos la discusión acerca de lo sustancial y permanente, pero que al fin acabaron por convertir aquella instancia superior en algo desorbitado. Es menester insistir en esto. La coincidencia última que el Movimiento Nacional significa, ha de ser, necesariamente, so pena de degenerar, coincidencia en lo auténticamente sustancial, y nada más, en absoluto. De otro modo, pretender un Movimiento Nacional, sería algo quimérico.

Si puede reprocharse a los partidos políticos la disparidad de opiniones que mantienen acerca de lo permanente, ello sólo es posible si se piensa que lo permanente es algo que, por serlo, está tan próximo al ser humano, que todo hombre de buena voluntad debe captarlo necesariamente y desearlo. Gracias, precisamente, a esta amplitud de fin, el Movimiento Nacional tiene títulos suficientes para erigirse en cauce único para la participación del pueblo en la función política del Estado. Solamente reduciendo el fin a lo imprescindible, a lo absolutamente necesario, es posible excluir del concierto público a quienes no lo acepten. 

Esto es lo que ha hecho siempre impopulares a los partidos únicos; el haber excomulgado a quienes no convinieran en lo accesorio, en lo innecesario, en lo que no era necesidad, sino moda. En cambio, cuando ha surgido históricamente un verdadero Movimiento Nacional, más o menos definido, como en el caso de las guerras civiles, nadie ha sentido nunca el menor escrúpulo en separar abiertamente de toda participación pública  a quienes no formaran parte de él.

Partiendo de la necesaria coincidencia en lo esencial, hay que afirmar ahora que la disparidad de puntos de vista, no sólo no es una desdicha, sino que es una suerte, un signo indudable de robustez, de capacidad y de civilización del cuerpo político. Solamente quienes en su interior alimentan el deseo inconfesado de imponer a los demás sus puntos de vista personales, quiéranlo o no, pueden pensar lo contrario.

Esto es también importante de subrayar; porque son muchos los que, al abrigo de censuras que justamente se hacen al régimen de partidos por lo que, según hemos expuesto, tiene de atentatorio a la unidad de los pueblos, le echan también en cara el haber contribuido poco menos que a corromper a éstos haciendo que las gentes piensen las unas de distinto modo que las otras.

Que las gentes piensen diferentemen te, no sólo no es malo, sino que es necesario, porque lo contrario significaría que habían llegado al último grado del embrutecimiento o de la socialización de la inteligencia. No vengamos, pues, a confundir las cosas, y a decir que el Movimiento Nacional consiste en que todos opinen lo mismo que el señor Fernández, para estar pensando, en el fondo, que lo que queremos no es que piensen como él, sino que, si no lo hacen, se fastidien, se aguanten y se callen la boca ante el temor de ser tenidos por herejes.

5) Intervención del Pueblo en la Función Política. Partidos politicos.


Llegadas las cosas a este punto. viene la pregunta final: ¿Cómo ha de participar el pueblo en las tareas de la función política? Ya hemos visto que los totalitarismos participan a través del partido único; pero el partido único ha sido descalificado repetidas veces a lo largo de éstas páginas, y lo ha sido por lo que supone de limitación de los derechos del hombre. También hemos visto que el individualismo, al menos públicamente, ha renunciado a enterarse que existe esta función, aunque luego llegue ya a la contradicción de venir a realizar la función administrativa a través de los partidos políticos.

Meditemos un poco sobre esta postura del individualismo haciendo resaltar dos cosas: una relacionada con esta confusión de funciones, y otra, relacionada con el alcance que atribuye a dichos partidos. Hacer que la colaboración entre los ciudadanos y el poder del Estado, en lo referente a la función política, quede mezclada con la colaboración en la función administrativa, implica el absurdo siguiente: la función política es aquella que el Estado realiza partiendo de la idea de que la colectividad humana que engloba constituye una unidad de destino determinada por la Historia; como es natural, para participar en tal función hay que partir de ese punto de vista, y lo que hace el Estado individualista es adoctrinar a las gentes en la creencia de que la afirmación de que tal unidad de destino es una impostura y luego pretender que los hombres colaboren en los partidos politicos.

Naturalmente, lo que así se obtiene no es colaboración, sino lastre; es lo mismo que si a los mozos de cuerda se les quisiera obligar, para cargar baúles, a vestir de rigurosa etiqueta; no es que un mozo de cuerda no pueda hacer vida de sociedad; pero, indudablemente, preferirá dejar el frac para mejor ocasión y utilizar un traje de faena para el trabajo diario.

En cuanto al alcance y función de los partidos políticos, no vamos a insistir demasiado; hemos dicho repetidas veces que lo peor del sufragio universal no está en que todos discutan, sino en que discutan todo; hemos dicho también que un mínimo decoro exige que la discusión sea lo suficientemente ordenada para que cada cual discuta de lo que le interesa, y dentro de los organismos encargados de representar sus intereses. Pues bien; todas estas. cosas se dan alborotadamente en los partidos políticos del liberalismo. Estos partidos están hechos de tal manera, que sirven igual para negar la existencia de Dios que para hacer política, que para confeccionar un plan de obras públicas; esta da a los partidos liberales un aire de ensalada picante, que los incapacita para cualquier clase de digestión normal.

Sin embargo, los partidos políticos no son mala cosa cuando se trata de hacer política y cuando se han establecido unos principios fundamentales universalmente respetados por todos. Es decir, cuando de elllos se han eliminado estas dos circunstancias que hicieron necesaria. su condenación:

Primera. Su obscura propensión a intervenir en cosas que sólo a la función administrativa competen. No es aventurado afirmar que una de las quiebras más grandes del sistema de partidos, tal como hoy se les conoce en el mundo liberal, ha sido siempre esa confusión entre lo que es administrar el derecho privado y lo que es actuar políticamente. En los Parlamentos liberales es corriente (y ello, además, constituye uno de sus mayores orgullos) ver reunidos en una misma polémica un partido agrario y un partido liberal; pero eso no es una prueba de comprensión y de amplitud; esto, en el fondo, es algo tan estúpido, como pretender pintar un cuadro combinando el color con el cálculo diferencial.

Segunda. Su falta de coincidencia con los demás en una instancia superior. Al Movimiento Nacional sólo podrán acudir aquellos partidos (si se los quiere llamar así) que partan, como de su fundamento, de la proclamación de unos principios esenciales sobre los cuales el Estado se asienta. El Movimiento Nacional debe hacer previamente una declaración de principios; de principios que han de ser, como hemos dicho antes, la unidad del fin, y luego dejar que dentro de esta unidad haya toda la variedad de medios que se quiera.

Como se ve, no se trata de introducir subrepticiamente los partidos liberales en el pensamiento cristiano, sino, al revés, se trata de acabar con ellos; porque lo malo de la democracia parlamentaria no es que la gente exponga sus opiniones. La Iglesia católica, que cuida de su ortodoxia como nadie, lo primero que hace con sus ministros es enseñarles y ponerles a discutir; lo malo es que esa discusión no tenga orden ni respeto; que el hombre vaya tan lejos en su empacho de liberalismo que, como el carretero del cuento, llegue a creerse que las mulas se hicieron para otorgarle el dereoho a blasfemar.

 

6) La colaboracion del pueblo así realizada es más universal que en los partidos liberales.


Se dirá que en este sistema de partidos no pueden encajar aquellas personas que estén disconformes con los principios fundamentales proclamados por la institución o Movimiento Nacional. Naturalmente; ¿pero es que en el sistema liberal no se da esta eliminación en grado infinitamente mayor?  Veámoslo.

El liberalismo rechaza la función política del Estado, porque la sociedad humana, para él, no es, corno todas las sociedades, una colectividad asociada para algo, sino simplemente una colectividad, y, por tanto, los derechos que el Estado tiene que garantizar son únicamente los derivados de la persona humana (reduciendo la expresión a la categoría de ciudadano) ; pero como luego establece el partido político como único cauce de participación del hombre en la vida del Estado, resulta una de estas dos cosas: que si este hombre tiene conciencia de la significación histórica del Estado no halla modo de expresarla, y si no la tiene, y renuncia a llevar a cabo su aportación a la función política, renuncia también, aunque no quiera, a hacer valer sus derechos individuales.

En cambio, en el sistema expuesto el caso queda reducido al mínimo, al considerar diferenciadamente ambas funciones; en efecto, ya hemos dicho que en todo hombre, en cualquier hombre, se dan unos derechos inherentes a la persona humana, que han de ser atendidos en la función administrativa, y que, además, se dan otros derechos derivados de la sociedad política que esos hombres forman.

Estos otros derechos, que son los encomendados a la función política, no se dan, por lo tanto, en todos los, hombres, sino en aquellos que viven en sociedad. Un español y un hotentote, por el mero hecho de ser hombres, tienen unos títulos inalienables y equivalentes; pero el español, por vivir dentro de una sociedad organizada, tiene otros derechos de que carece el hotentote, que lleva una vida salvaje. Ahora bien; si el hombre que vive en sociedad no quiere reconocer a ésta como portadora de una significación política, allá él; su voluntaria no participación en esta clase de tareas del Estado no le colocará en una situación más desventajosa que la que de una manera obligatoria le ha colocado el sistema liberal, sino indudablemente mejor, ya que aun le queda la posibilidad de participar en la función administrativa.

En este sistema, el hecho de que no todos los hombres que componen la colectividad de un Estado quieran colaborar en la función política, no quiere decir otra cosa sino que la función administrativa, en cuanto que tiende a organizar al Estado y a regular las relaciones que se establecen entre quienes viven en él, interesa de un modo más consciente y más general que esta otra función que enamora sólo a aquellos que tienen conciencia de la esencial dimensión histórica del Estado.

En el sistema liberal supone, en cambio, una tergiversación premeditada de la cual el hombre no puede salir más que aceptando sin discusión la fórmula que le han dado y confundiendo lamentablemente su doble personalidad de hombre, y de hombre social o apartándose en absoluto de toda relación con el Estado. Véase, por lo tanto, otra de las desventajas de la organización propuesta.

Quizas esto le suene a alguien a totalitarismo; pero será por no saber razonar. Lo que han hecho hasta, ahora los totalitarismos es exactamente lo contrario de lo que nosotros postulamos.

Los totalitarismos han solido siempre considerar el elemento humano que compone el Estado como materia para la acción creadora de unas minorías de superhombres.

Nosotros pretendemos justamente lo contrario. Queremos que sea el pueblo el que por sí mismo impulse la vida del Estado. Pero precisamente porque le respetamos, no queremos implicarle en una farsa. Queremos que cumpla una función; pero que la cumpla íntegramente, conscientemente, dándose cuenta de que lo hace. Y que el que no se dé cuenta, que no sea ayudado a engañarse a sí mismo haciéndole creer que cumple una función, y que no, engañe él a los demás queriendo intervenir en una función que empieza por creer inexistente.


7) Integración de los partidos en la Cámara Política.



Veamos, pues, cómo ha de ser la estructura completa del pueblo para que se verifique este modo de participar. La cosa ya no ofrece duda alguna. El pueblo, una vez agrupado en asociaciones creadas libremente por los hombres que viven en el Estado conforme a las coincidencias de sus puntos de vista particulares, elige, proporcionalmente al número de sus miembros, una serie de representantes.icon los cuales se constituye una Cámara política, Consejo Nacional, o como se le quiera llamar, que es el organismo encargado de asistir directamente al Jefe Nacional y del Estado, en el ejercicio de la función política.

Esta Cámara política no tiene función administrativa, ni ella por sí representa al Movimiento Nacional; es el conjunto representativo de todos los partidos políticos que se han formado dentro del Movimiento, y se mueve de acuerdo con unos estatutos cuyo primer artículo supone la declaración de aquellos principios fundamentales. Interesa hacer constar esta diferencia entre la institución y la Cámara política, porque de ello se deriva la diferente organización que corresponde a cada uno: aquélla representa la unidad del fin; ésta, por el contrario, la variedad de medios; aquélla reside en el vigilante supremo de su cumplimiento, en el Jefe Nacional; ésta reside en la expresión cambiante de unas elecciones políticas.

Por eso no se crea que una vez constituída la Cámara política, todo; lo de esta materia ha de quedar sometido a su voluntad soberana, incluso la permanencia del propio Movimiento Nacional; lo que queda a su arbitrio es la discusión y análisis de los procedimientos más adecuados para llevar a cabo los principios institucionales del régimen; es decir, lo que queda a su arbitrio es la Constitución del régimen.

Una Cámara así es la mejor seguridad política que se puede dar a un Estado, y ello precisamente por su composición variada, porque si los partidos, mirados al modo de la democracia, constituyen uno de los caminos más eficaces para que un pueblo se descarríe, entendidos del modo que aquí se hace, constituyen una de las garantías más firmes de la coincidencia fundamental que en la Cámara que se propugna ha de regir.

En efecto, conforme a lo que aquí se dice, nadie podrá intervenir en la función política, si no es a través de tales partidos. Ahora bien; si es realmente fácil que un individuo aislado se dedique, de pronto, a proferir herejías, no lo es, en cambio, que acontezca una cosa así a quien ha sido designado como representante de un partido en una Cámara. Los partidos tienen una historia, una tradición; para significarse en ellos es necesario haber consagrado bastante tiempo al cultivo de una actitud política; es difícil que quien no está impregnado de su espíritu pueda ser tomado por él como representante. Por tanto, es difícil la herejia en la labor de representación.

José Luis de Arrese 1947.




Cuéntame...Lo que no nos cuentan.

 


miércoles, 13 de abril de 2016

Falange Española y Nacional-Sindicalismo: El Sindicato Vertical


El Sindicalismo Vertical.

 

 

El Sindicalismo Político Horizontal o "comegambas" siempre fracasó cayendo en mayor inoperancia de la que acusaban al Sindicato Vertical del Estado Nacional con el añadido de unos niveles de corrupción desconocidos hasta su implantación durante la transición a peor.

 

En el planteamiento Joseantoniano, el Estado reconoce el sindicato como estructura de participación de poder, mientras que el carácter instrumental del Estado queda claro en la norma programática de la Falange. 

José Antonio indica cómo el sindicato habría de recortar funciones del Estado, el cual se reservaría "las funciones esenciales del poder", realizando un esfuerzo clarificador al precisar que el Estado que propugnaba no sería corporativo.

Este Estado se constituye como verdadera garantía de la libertad del individuo y el sindicato se presenta como el responsable de la estructuración de la economía.

"la verticalidad propugnada por José Antonio no es un requisito técnico de organización y estructura, sino una fórmula flexible en un Estado ideal. El asalto ideológico a la verticalidad de los sindicatos procede de los cuarteles del sindicalismo primigenio y de los campos de operaciones del liberalismo económico. En expresión rigurosa podríamos escribir que la verticalidad sindical es una idea-fuerza frente a la subversión economicista del hombre y en favor de la conversión comunitaria que ha de presidir la actividad laboral". Y además "la verticalidad sindical no es una concepción viable en un régimen de empresa liberal-capitalista -quede bien claro-; sino que opera para su desarticulación y resulta adecuada para el desarrollo de la economía en un régimen de empresa comunitaria. El verticalismo no es en José Antonio un dogma, es una solución, no es una teoría, es una praxis; no es una lucubración intelectual es una concreción social; no es un sueño idealista, es una forma plástica y realista con efectividad revolucionaria y con vigencia prospectiva" .

Adolfo Muñoz Alonso: Un Pensador para un Pueblo.

 


Por una Teoría Económica del Nacional-Sindicalismo.

 

Luis Legaz y Lacambra
Bajo este título Bartolomé Aragón (falangista y amigo de Unamuno) desarroya uno de los capítulos que componen la obra Cuatro estudios sobre sindicalismo vertical de Luis Legaz y Lacambra y Bartolomé Aragón Gomez editada en 1939 pero redactada en 1937.

Es su objetivo mostrar la filosofía sobre la que se apoya el nacionalsindicalismo, del que afirma que es una realidad que impone la historia como consecuencia de la lucha mantenida entre el liberalismo y el socialismo, y que no es una doctrina ecléctica más, que participa un poco del liberalismo económico y otro poco del socialismo.

Analizando los rasgos principales del liberalismo y del socialismo, afima Aragón que el nacionalsindicalismo no puede ni aceptar el interés individual como motor de la economía y ordenador del sistema ni despreciarlo para mirar las formas colectivas, como hicieron los socialistas.

La iniciativa individual, la iniciativa particular, es el factor principal que sirve de base al interés nacional, y debe ser enaltecida y perfectamente vigilada, no pudiéndose mantener el interés particular cuando esté en contraposición al interés colectivo, como hiciera la doctrina liberal.

A la economía liberal nunca le interesa ni regular la capacidad de producción ni la capacidad de consumo, ni si algún producto es de interés nacional.

Para Aragón es el nacionalsindicalismo el que tenía que dar respuesta a los problemas económicos. A él le correspondería construir la nueva economía política:

1. Encauzando la producción, fijando el punto límite y logrando la exacta compenetración de los factores capital y trabajo.

2. Determinando la forma en que el trabajo interviene y su participación el los beneficios distribuidos.

3. Precisando el modo de distribuir la riqueza, así como las formas necesarias en que deberá realizarse el consumo.

Es a los sindicatos, admitiendo como punto inicial la organización sindical, o a las categorías superiores suprasindicales a quienes ha de corresponder el nivel normativo de la concurrencia, haciendo imposibles luchas innecesarias y superproducciones antieconómicas.

Al tener estos organismos un interés directo en la producción y no ser órganos estatales sin vida, al tener una visión completa del mercado nacional e internacional, facilitarán la acomodación de la producción al consumo.

Esto no lo podía hacer la economía liberal, por no existir la integración de las diversas economías, ni la socialista, porque al negar al individuo elimina por completo la iniciativa particular.

Para Aragón, el nacionalsindicalismo ha de recoger la experiencia liberal y socialista, cimentando en ellas su sistema económico. No puede anular al individuo, absorvido por el Estado, creando una tiranía; ni el Estado nacionalsindicalista es una forma endeble y transitoria que admita la imposición de las individualidades.


Organización Sindical del Nacional-Sindicalismo



José Luis de Arrese
Ya estudiados los principios básicos de la organización sindicalista. Su estructuración, bien lógica por cierto, es como sigue (1):

(1) La organización sindical del Estado Nacional (OSE) es más acabada: parte de considerar por separado los dos grupos de la producción: el productor y el producto.  El productor es agrupado en Sindicatos verticales de empresarios, técnicos y obreros. El producto se organiza también verticalmente en ciclos completos que partiendo de la materia prima llega a la última manifestación de la transformación. Aquellos Sindicatos atienden solamente al hombre como elemento humano, encajado dentro de una tarea. Estos atienden únicamente a la economía y miran sólo la más perfecta organización y máximo rendimiento. (Nota de la segunda edición.)

1.º Células sindicales.
Son sociedades productoras solas o agrupadas según su importancia.

En las grandes industrias, comercios, etc., cada fábrica, cada empresa, cada gran tienda, en una palabra, cada sociedad productora, formará una célula sindical integrada por los tres grupos productores (patronos, técnicos y obreros), con participación de los tres en la empresa, en su dirección y en sus beneficios.

En las pequeñas industrias, talleres, tiendas, etc., se hará previamente una agrupación tipo gremial (ya que en la mayoría de ellas ni siquiera existe el brazo técnico y la empresa queda reducida al patrono, que es un obrero más), formando con todas o con parte de las de una localidad la célula sindical o hermandad correspondiente,

2.° Con todas las células sindicales de cada sitio se forma el Sindicato del oficio, que unido a los Sindicatos de los sucesivos oficios de una misma transformación, se forma el Sindicato vertical.

3.° Sindicatos integrales.
Con todos los Sindicatos verticales de cada ramo (panaderos, vidrieros, etc.) se formarán los Sindicatos integrales del ramo.

4.° Sindicatos nacionales.
Con todos los Sindicatos integrales de cada ramo de la industria se formará el Sindicato nacional de industrias, así como con todos los Sindicatos integrales de cada ramo de la agricultura se formará el Sindicato nacional de agricultura.

5.° Cámara sindical.
Con los representantes de cada Sindicato nacional de industrias, agricultura, servicios varios, etc., se formará la Cámara sindical, órgano director de la economía nacional.

El Estado Nacional-sindicalista, por tanto, es como un gran árbol cuya sombra nos amparara.

Las raíces están en el suelo nacional. La savia es nusestro espíritu nacional y nuestros Sindicatos. El ramaje es el que nos da sombra; pero este ramaje no existiría si no tuviéramos savia o si el tronco se partiera en dos. Por tanto, el tronco es mucho más que el sostén del árbol: es el árbol mismo. Y esto es lo que quisiera dejar bien claro.

El nacional-sindicalismo no es una forma política independiente de sus Sindicatos, como no podría haber ramaje sin tronco.

En España, ni habrá esa dualidad que existe en Italia, por ejemplo, donde viven con vida propia, aunque armónica, las dos maquinarias estatales: el fascismo (maquinaria política) y el corporativismo (maquinaria económica): ni menos aun la solución liberal, en la que la parte seria de la vida (oficios y Sindicatos, familias y Municipios) queda desplazada por la parte frívola de la representación política.

En España todo será una misma cosa. No quiere esto decir que nuestros Sindicatos han de gobernar en todo a la Nación, como nacional-sindicalismo no quiere decir sindicalismo a secas.

Cuando nos referimos al nacional-sindicalismo, hablamos, sí, de una forma total del Estado; pero cuando hablamos del sindicalísmo solo, nos referimos sólo al problema económico-social.

Porque si nosotros pretendiéramos que en la Cámara sindical se pudiera decidir un plan, por ejemplo, de operaciones militares, no habríamos hecho más que volver a la absurda maquinaria del parlamentarismo liberal.

Por eso, cuantos dicen que la Cámara sindical mata al parlamentarismo actual se engañan.

Nuestra Cámara sindical no lo mata: lo entierra simplemente. Matar es quitar la vida a quien la tiene, y el parlamento no tenía vida. Lo que a nosotros llegaba como manifestaciones de su actividad era el hedor de su podredumbre.

Por higiene pública teníamos que enterrar ese cadáver. Ahora bien; ¿qué es la organización vertical de la industria? 

Pudiéramos contestar:  La organización natural de la industria.

En efecto : supongamos un señor que funda una empresa de salazón de pescado, que le va bien el negocio y quiere ampliarlo. Pensará: si fundo otra empresa de salazón, multiplico mis ganancias; pero como sigo dependiendo del pescador que me surte y del transportador y del comerciante que coloca mis productos en el mercado, me expongo también a multiplicar mis pérdidas si en un momento dado, y por cualquier causa, me dejan de servir.

Por tanto, lo primero que debo hacer es independizarme, ser yo mismo pescador, industrial y comerciante, con lo cual completo el negocio y lo controlo y lo amplío sin riesgo.

Lo mismo sucede en las demás ramas de la producción. Los altos hornos, instintivamente, buscan minas para surtirse y fundan empresas navieras para transportar sus lingotes, y cuando quieren ampliar aún más el negocio, instalan laminadoras, martilletes, etc., para llegar al consumidor con sus planchas, alambre, etc., y evitarse peligros intermediarios.

Pues bien: esta cadena que empieza en el pescador o en el mineral y acaba en el consumidor, es la organización vertical de la industria.

Antiguamente, en los rudimentos de la industria, la organización vertical era la única conocida y practicada. Uno mismo era el minero, el fundidor, el forjador y el vendedor. Vertical también era la organización gremial.

Pero después, con la aparición de la máquina y el individualismo Iiberal, vino la producción horizontal. La disgregación de la cadena de eslabones sueltos y anárquicos.

Antes, en la organización gremial y vertical, se extraía el mineral que absorbía la fundición y se fundía lo que pedía la forja y se forjaba lo que reclamaba el consumo. Ahora, corno cada eslabón iba a su negocio sin importarle el de los restantes eslabones, producía lo que podía, solucionando la superproducción con la competencia y la escasez con la carestía.

Nosotros, por tanto, al volver a la organización vertical volvemos a la forma lógica: al gremio.

No vamos a hablar aquí de la estructuración interna de los Sindicatos, por ser este escrito más de orientación teórica que de organización práctica, más de doctrina que de legislación; pero sí, además del esquema adjunto (estructura del sistema sindicalista en la siderurgia), pondremos un ejemplo, el triguero, para ver cómo nuestros Sindicatos ejercerán su tutela organizadora.

En España, el cultivo del trigo está enormemente dividido.

Raro es el agricultor que no lo tiene, y su venta a los harineros se hace por medio del tratante de granos.

Este es un verdadero dictador de precios. Sabe que el agricultor, por su individualismo, no puede transportar su mercancía a la fábrica (lo encarecería enormemente), sabe que el Estado se hace el sordo si sobra trigo y lo comprará en el extranjero si falta, y en consecuencia somete al pobre agricultor no a las tasas oficiales, sino a las tasas de su ambición.

Nuestros Sindicatos trigueros suprimirán radicalmente los intermediarios. Pondrán en todos los pueblos productores silos locales, y a ellos llevará el campesino su producción, pequeña o grande, a precio de tasa. 

Silo de Mérida. Años 50. El Estado Nacional consideraba un pilar básico el control del cereal como producto de primera necesidad y el Estado era un intermediario ineludible para los agricultores, que además encontraban en la administración un comprador seguro y un precio mínimo. Sin embargo, la apertura económica que llegó con la democracia y se generalizó con la entrada en la Unión Europea acabó con estos silos públicos. Los silos disponían de tecnología puntera.

De estos silos pasará el trigo a los silos regionales, y de éstos a las harineras. En ellos también se guardará la superproducción de los años de abundancia para los de escasez, las semillas seleccionadas para los próximos cultivos y las destinadas a los cultivadores pobres. 

Silo de Córdoba. Algunas de las celdas de los silos podían ser refrigeradas si se necesitaba por razones de humedad o temperatura y todas contaban con sondas para controlar su calidad y cantidad. Básculas de precisión y sistemas limpiadores y seleccionadores completaban un enorme edificio.

¿No recuerda esto en cierto modo a los famosos "pósitos de trigo" que fundaron nuestros grandes reyes de los siglos XV y XVI? 

El Colegio Oficial de Ingenieros Agrónomos de Andalucía, a través de su convenio con el Grupo de Investigación SilosyGraneros.es, hace un llamamiento al sector público y privado para reconocer en los silos una oportunidad de dotar a las pequeñas poblaciones de nuevos equipamientos y servicios que contribuyan a reactivar la economía y generar empleo


Pero no será esta función distribuidora la sola misión de los Sindicatos. Aún quedan la función tutelar y la reguladora.

La primera, encargada de traer (con la economía de la cantidad) los abonos, semillas selectas, etc., que necesiten los sindicados; de prestarles aperos, maquinaria, ganado, etc.; de concederles créditos baratos y a largo plazo; de proporcionarles escuelas agrícolas, consultorios de derecho, etc.

La segunda, encargada de hacer que España sea un país autosuficiente. "No comprar nada de lo que se puede producir", es la frase de Plinio el Viejo, que debemos hacer nuestra.

Nosotros no podemos aspirar a competir con los grandes países productores de trigo donde el terreno y el clima son factores de ventaja. Pero tampoco podemos ser importadores, porque aunque quizá abaratáramos el pan (ya que el trigo canadiense, argentino, etc., es más barato que el español), caeríamos en estos dos desastres:

1.º Ser feudatarios del extranjero, con la consiguiente inferioridad para el caso de guerra o de bloqueo.

2.° Arruinar al campesino español.

Por tanto, hay que regular la producción de manera que ni falte ni sobre trigo. Ahora bien:

¿cómo?

Si sobra, ordenando a una parte de los agricultores que cambie de cultivo. Si falta, obligando a los dueños de otras tierras a sembrarlo.

La selección de estos. agricultores se hará por la selección de las tierras. En caso de sobra, desechando los campos impropios de este cultivo, y en caso de falta, buscando las tierras más apropiadas. Hasta en el caso de equilibrio se seguirá seleccionando tierras para llegar a una mejor producción.

Esto, que para la constitución del Estado liberal sería un trabajo imposible de realizar, para el Estado Nacional-sindicalista, organizador total de la economía, no es más que un traslado de Sindicato, un intercambio de productores, un acoplamiento de producción, sin perjuicio ninguno para el agricultor, que sería indemnizado y recogido por su nuevo Sindicato.

Hemos hablado del precio de tasa, y cabe preguntar: ¿cómo se marca esa tasa? Porque, por un lado, el precio debe ser uniforme en toda España y, por otro, debe ser distinto en cada localidad.

Pues bien; estudiemos el procedimiento en una industria cualquiera, por ejemplo, la vinícola, y para más claridad, en una sola clase de uva: la de vino de mesa.

El Sindicato nacional de la uva y sus productos empezará por dividir España en regiones uveras (Jerez, Mancha, Rioja, etcétera), éstas en comarcas (Rioja Alavesa, Ribera, etc.) y éstas en localidades.

Cada Sindicato local marcará el precio del kilogramo de uva en la localidad, sin más que dividir (estudiando en una hectárea de terreno de producción media) los gastos de producción que son:

1.° Jornales de laboreo.

2.° Desembolsos para abonos, sulfatos, aperos, acarreos, contribuciones, desgastes, riesgos, etc.;

3.° Interés al capital invertido por la uva producida (que varía en cada localidad no sólo por la calidad de las tierras, sino por circunstancias imprevistas de sequía, piedra, epidemias, etc.).

Después,con todos los precios locales de una comarca se formará, sacando la media proporcional, el precio del kilogramo en la comarca, y la media proporcional de los precios de todas las comarcas nos dará el de la región, como el de todas las regiones el de la Nación.

Este mismo precio del kilogramo servirá al Sindicato nacional para la selección de las tierras, porque es un exponente (descontadas las causas imprevistas) de la calidad de la tierra.

Claro está que en todo lo anterior nos hemos referido al trigo y a la uva; pero si en vez de estas palabras ponemos la de cualquier otro producto agrícola, nos hubiera servido exactamente todo lo dicho. 

Solamente quizá hubiera un cambio en el concepto de suficiencia, que para el trigo es a base de igualdad entre la producción y el consumo interior y para otros productos, unos, como la naranja, la uva, etc., por tener una gran demanda de exportación, y otros, como el café, el té, etc., por no tener aclimatación en nuestro país, sería su suficiencia a base de la demanda exterior o interior. Es decir, de lo que hemos hablado, en definitiva, es del Sindicato nacional de agricultura.

Fácil es la organización sindical en la industria por medió del Sindicato nacional de industria, como se ve en el gráfico adjunto,

Llamará la atención a los que sigan estas páginas que ni en el.gráfico ni en lo que llevamos escrito se haya hablado para nada de organizaciones que actualmente suenan como consustanciales el sistema falangista : las C. E. N. S. (Central Nacional Sindicalista) y las C. O. N. S (Central Obrera Nacional Sindicalista).

Pero es que ni las C. E. N. S. ni las C. O. N. S. tienen cabida en nuestro programa. 


Haber C. E. N. S. y C. O. N. S. sería haber corporativismo y no sindicalismo (en capítulo aparte analizaremos sus diferencias). Sería haber dos organizaciones dístintas y hasta cierto punto antagónicas; sería haber clases .y, por tanto, no renunciar de una vez a las luchas marxistas. 

Las C. E. N. S. y las C. O. N. S. han sido y son necesarias porque mientras no se llegue a la total implantación del nuevo sistema no podemos tener dispersos a los elementos de la produccíón y porque, naturalmente, no estaba en nuestras manos empezar con una implantación pura, sino evolutiva de nuestro sistema.

Pero cuando se llegue a la organización definitiva, ni habrá ,C. E. N. S. ni habrá C. O. N. S., sino que todo será una piña conjunta de patronos, técnicos y obreros reunidos. 

Todo lo dicho en los capítulos anteriores se puede resumir en estas palabras: "El trabajo no es una mercancía, y, por lo tanto, cuando el obrero y el técnico realizan una labor en una industria cualquiera, no son vendedores de su trabajo, sino socios que se unen al capital para formar juntos una empresa destinada a producir mediante la aportación característica de cada uno".

De esta nueva concepción hemos sacado las dos consecuencias siguientes:

Primera. Como los tres son productores,con ellos tres, y no con uno solo, se ha de formar la empresa productora.

Segunda. Como los tres son dueños ,de los beneficios producidos, estos beneficios, una vez pagados e! interés al capital, el sueldo al técnico y e! jornal al obrero, tienen queser repartidos entre los tres, proporcionalmente a la participación de cada uno en la obtención del producto.

Con estos dos principies hemos construido una nueva ordenación económica, conocida con el nombre de sistema cooperativo, y ahora vamos a ver cómo esta ordenación de la economía nos permite elaborar una nueva ordenación social que en primer término venga a realizar el sueño de la armonía social,por tantas generaciones abrigado durante la desdichada etapa capitalista; pero, además, venga a estructurar la sociedad de manera que a través de ella pueda intervenir el pueblo en las tareas del Estado.

1) Origen de las clases sociales.

Lo primero que se echa de ver en cuanto se medita un poco sobre la sociedad cooperativa, es la desaparición de las clases. Las clases surgieron (conviene hacer un poco de historia sobre ello) cuando en el crecimiento industrial provocado por la aparición de la máquina hubo que recurrir a la aportación de muchos en vista de que los capitales necesarios sobrepasaban las posibilidades aisladas de cualquier particular. 

Hasta entonces, ese particular abarcaba todo el ciclo de la: producción, desde el capital al trabajo, pero ya no podía ser así; la nueva aportación no podía ser reclutada sólo entre elementos interesados directamente en el trabajo, porque con todos ellos no se podía reunir el dinero necesario para fundar una industria, y fué preciso acudir a toda clase de poseedores de dinero, tuvieran que ver o no con la industria que se trataba de establecer; después estos grupos financieros en vez de ligarse con los trabajadores, puesto que emprendían con ellos una misma aventura económica, se desentendieron del mundo laboral y formaron un mundo propio, con fines propios, con locales propios y hasta con diaIéctica propia; una dialéctica que para unos era la fábrica, el obrero, la producción, los precios, y para otros la Bolsa, las acciones, los dividendos, la cotización.

Por lo tanto, la razón de que haya clases no es que haya capital y trabajo, sino que el capital y el trabajo forman dos grupos infinitamente distanciados e indiferentes entre sí. Una de las cosas que más frenética pone a la masa centrista, poco dada al análisis agudo, es oír hablar contra loas clases. "¿Qué es eso, dicen, de querer borrar las clases?" Y en seguida, utilizando para su ignorancia palabras del Evangelio, añaden: "Pobres los tendréis siempre entre vosotros". 

Sí; categorías sociales las ha habido siempre y las hubo, naturalmente, en el régimen anterior al sistema capitalista; pero una cosa son aquellas categorías, que no eran más que puestos de una misma escala vertical, y otra las clases, que son mundos que no guardan entre sí la menor relación. 

Las clases no son términos de un mismo concepto; son conceptos distintos que nada tienen que ver entre sí. Cuando responden a un mismo concepto aunque ocupen graduaciones distintas, se llaman jerarquías. El abogado y el médico, por ejemplo, pertenecen a clases profesionales totalmente distintas, y por mucho que ascienda el uno en su carrera jamás llegará a ser médico como el otro. En cambio, el magistrado y el juez se diferencian sólo en el puesto jerárquico que ocupan.

Alhora bien; la razón por la cual en esta suerte de clases no se forma problema alguno y en aquéJIas sí, está en que, mientras un abogado y un médico se mueven en círculos profesionales totalmente diversos, y, por tanto, sin fricción posible, un financiero y un proletario se proyectan sobre la misma tarea productora. Es decir, la razón está en que unos son verdaderas clases y se mueven como tales, y otros verdaderas jerarquías, que el capitalismo ha dado en llamarles clases con el propósito tan sólo de conseguir unos privilegios que de otro modo resultaban demasiado difíciles de justificar.

Por lo tanto, si el capitalismo, en vez de formar artificiosamente estos dos grupos inasequibles e insoldables, hubiera ideado dos categorías distintas; es decir, si en vez de llamar a uno productor y al otro trabajador, con objeto de entregar al uno todos los beneficios y al otro nada, hubiera establecido una común participación, aunque luego, una vez reconocido el derecho, se hubiera visto que Ia, proporción era injusta, el problema se habría reducido a conseguir un justo reparto; pero tal corno lo resolvió el sistema capitalista quedaba cerrada la puerta a toda posible inteligencia y sin otro remedio que entablar una, lucha a muerte entre el bando financiero, que quería defender su ciudadela, y el bando proletario, que quería tomarla por asalto.

Para esta lucha de clases se preparó la sociedad laboral con la organización moderna de los sindicatos. Los gremios de los tiempos anteriores a la Revolución Francesa agrupaban en su seno a todos los elementos que intervenían en la misma labor; los sindicatos actuales agrupan sólo a los obreros o..sélo a los patronos. 

El mundo social está hoy melancólicamente- dividido en grupos de combate, y, sin embargo, a pesar de todas las nostalgias, nadie ha pensado en que se pueda volver a la organización antigua. ¿Por qué? Porque entre los gremios antiguos y los nuevos sindicatos se levanta un factor nuevo imposible de desconocer: las clases. 

Mientras haya clases no habrá posibilidad de organizar la vida del trabajo, desde el punto de vista armónico y completo; todos los esfuerzos que se hagan, todas las tentativas de inteligencia, nacerán irrecusablemente condenadas al fracaso hasta que, previamente, no se borre la razón sustancial de la incompatibilidad.

2) Posición adoptada, por el liberalismo ante el problema de las clases

No es extraño que, ante un suceso de esta importancia, se hayan ensayado desde todos los campos las más variadas actitudes, y ahora vamos a hablar: de elllas; pero antes de exponer la referente a la nuestra, conviene dedicar unas líneas a ver el modo utilizado por cada uno de los sistemas que nos sirven de contraste, para abordar tan esencial problema.

En el campo liberal, la solución más generalizada que se ha buscado para la lucha de clases se sintetiza muy bien con la palabra tregua. Los liberales, que se tenían a sí mismos, o pretendían ser tenidos por los demás, como no enteramente partidarios del capitalismo a ultranza, han lanzado por ahí una serie de expedientes que, como digo, no implican solución ninguna, sino que tienen todo el aire de una tregua. Así, todos esos ensayos de lograr arrancar a los capitalistas ciertas ventajas para los proletarios, son a base de que éstos, a su vez, renuncien a producirse hostilmente contra aquéllos.

¿Qué es esto sino una tregua? Pero las treguas, naturalmente, no tienen sentido si no es para buscar, a través de ellas, la posibilidad de poner fin a una guerra. Estos liberales pretendían justamente lo contrario: utilizar la tregua como medio de alargar las cosas, es decir, de mantener la guerra indefinidamente. Bien está que entre quienes hay una pugna cesen los ac-
tos de hostilidad hasta que la pugna se arregle; pero cuando, como en el caso presente, la pugna consiste, precisamente, en que unos sean capitalistas y los otros proletarios, intentar una tregua para conseguir que los proletarios dejen a los capitalistas seguir siéndolo indefinidamente, y viceversa, es intentar alargar la guerra lo más posible.

3) Posición del marxismo,

Para el marxismo, la solución de la lucha de clases no es otra cosa que un problema de revancha proletaria. Se parte de un antagonismo implacable entre burgueses y proletarios; y, como el marxismo es una doctrina que se predica a estos últimos, se postula que sean ellos los que ganen la partida y pongan un pie en el cuello a los burgues-es por tiempo indefinido. Ciertamente que así se acaba con la lucha de clases, como Duguesclin acabó con la que tenían entre sí Don Enrique y Don Pedro; pero no puede decirse con verdad que esto sea una solución. Si el adversario con quien me he agarrado me sujeta a un árbol, no hay duda que hemos terminado de luchar; pero lo que no habrá terminado entre nosotros es nuestra enemistad y nuestra pugna. 

Es verdad que esta dictadura del proletariado es postulada por el marxismo solamente con carácter temporal. Al fin de la cual se dice está la sociedad sin clases y sin explotadores ni explotados. La verdad es que en el único país en que esto se ha ensayado no hay signo ninguno que permita pronosticar para un porvenir más o menos cercano la aurora de esa sociedad. Y ello no es debido al azar ni a la incompetencia de los gobernantes rusos, sino a que constituye una necesidad fatal.

Unos teóricos marxistas, tan dados a hacer afirmaciones rotundas, tuvieron buen cuidado de callarse cualquier vaticinio acerca de cuándo iba a acabar la dictadura, y aun hubo alguno que aventuró la, posibilidad de que no acabara nunca, Naturalmente. Igual que hay profesores que continúan hablando con tono doctoral aunque se estén dirigiendo a su cocinera, "los explotados siguen siendo explotados, y comportándose como tales, aunque haya desaparecido el último explotador. 

El proletario es, esencialmente, el antiburgués, y continuará siendo lo mismo, aunque Iosburgueses desaparezcan de la tierra, en tanto siga teniéndose a sí mismo por proletario. La dictadura del proletariado, aun desaparecidos los burgueses, sigue siendo la, dictadura del proletariado: no, naturalmente, en cuanto haya de implicar un gobierno sojuzgador de unos seres que no existen, sino en cuanto supone un modo de ¡gobernar determinado y orientado desde su raíz por la oposición al burgués,

Ahora bien : cuando el burgués existe de verdad, tal oposición es malísima, para el burgués; pero cuando no, existe es malisima para la dictadura, Esta se convierte necesariamente en algo asentado sobre lo inexistente y, por tanto, fantasmal y monstruoso. 

Lo que hay que hacer con los proletarios es todo lo contrario, a saber: que dejen de ser proletarios, como lo que hay que hacer con los capitalistas no es comérselos, sino que dejen de ser capitalistas.

En segundo lugar (y prescindiendo, como se hace ahora, de enjuiciar al marxismo desde otros puntos de vista), "obsérvese lo que en el plano de los valores humanos significa la dictadura del proletariado. Los teóricos marxistas han empleado mucho tiempo en convencemos del abismo de degradación en que el capitalismo ha hundido al proletariado. En gran parte, casi en absoluto, tienen razón. Pero, ¿no es paradójico que después de haber demostrado que gracias al capitalismo se ha convertido al obrero en un ser incapaz de religión, de cultura, de sentimientos humanitarios, venga a postularse la dictadura de estos seres?

Afortunadamente, la pintura hecha por los marxistas es demasiado negra. No porque el capitalismo haya dejado de poner todos los medios para ello, pero el trabajador no es, afortunadamente, como los comunistas nos lo pintan. Sin embargo, las masas obreras no se hallarían capacitadas actualmente para gobernar por sí solas. ¿Qué sería si, en efecto, hubieran llegado al extremo que imaginan los teóricos marxistas?

4) Posición del cooperativismo; desaparición de las clases

Nuestra actitud en el problema de la lucha de clases es sobradamente conocida a los que hayan seguido los capítulos anteriores. Si las clases se ori:ginanpor una injusticia social, nada de seguir adelante para ver cuál de las dos debe resultar vencedora, ni siquiera nada de ver qué consideraciones debemos hacer a cada una para que no perjudique su pugna a los intereses de la nación. 

La mejor manera de que no haya lucha de clases es que no haya clases, y para esto no se precisa otra cosa que restablecer en el mundo económico los principios de la justicia.

He aquí la razón por la cual nosotros podemos propugnar una nueva ordenación social; porque hemos empezado por construir una nueva ordenación económica en la cual ha quedado borrada la división clasista. 

Si todos los que intervienen en la producción son igualmente productores, si los beneficios producidos no han de ir a unos o a otros, sino a todos, y la justicia del reparto de estos beneficios ha de quedar medida por la intervención de cada uno en el precio del producto, ¿quién se puede llamar explotado y quién explotador? 

En nuestro sistema cooperativo, el obrero ya no es un enemigo del patrono, contra el que ha de luchar permanentemente si quiere rescatar una parte del botín que el otro le arrebató, ni el patrono tiene que defenderse contra las excesivas exigencias del obrero; los dos son colaboradores esenciales de la producción y principales interesados en la buena marcha del común negocio.

En cualquiera de los sistemas que venimos comparando con la nueva fórmula buscada, la lucha social gira en torno a la producción: no a una mejor o peor producción, sino en torno
al hecho de ver quién se lleva los beneficios producidos, y como el sistema capitalista decidía que el conjunto de ellos fuesen a manos del empresario y hacía que el obrero se hubiese de "conformar con el salario (un salario ajeno en absoluto a la producción) resultaban varias cosas: 

Primera. Que cuanto mayor fuera el beneficio obtenido por el patrono, mayor era el ingreso que el capital usurpaba al trabajo' y mayor el odio que el obrero justificaba contra su patrono. 

Segunda. Que el obrero no sentía aliciente alguno por buscar la prosperidad industrial a él encomendada. 

Tercera. Que, por el contrario, la mejor arma del obrero para obligar a su patrono a claudicar, era ésta de entorpecer su negocio con huelgas y sabotajes. 

Cuarta. Que en el mejor de los casos, procuraría limitar su propio esfuerzo, ya que una mayor honradez laboral no le reportaba ventaja alguna. Es decir, el sistema capitalista provocaba el conflicto social del odio y el conflicto económico de un descenso de producción.

En el sistema cooperativo, las relaciones entre unos y otros se establecerán cimentadas sobre una conveniencia común de mutua ayuda, y estas nuevas relaciones amistosas harán a su vez que la producción mejore en cantidad y calidad. No habrá razón alguna para que nadie quiera entorpecer la buena marcha de una empresa que a todos los beneficia por igual y hasta el obrero vago que antes encontraba el fácil recurso de la causa proletaria para ocultar sus defectos y lograr el apoyo de todos sus compañeros, se quedará ahora sin bandera¡ que extender sobre su calidad de parásito, porque ya la causa que exhibía habrá dejado de ser contraria a la causa que atacaba.

5) Nueva organización sindical.

Pero vayamos por partes: Decíamos que la justicia social traía como inevitable ventaja la desaparición de las clases. Por lo tanto, la organización de la sociedad laboral ya no tiene que ser en dos sindicatos distintos, como dos ejércitos dispuestos a la batalla, sino en uno solo, que agrupe lo mismo a los obreros, que a los patronos, que a los técnicos, y esto de la desaparición del odio es la primera consecuencia que se viene a extraer del nuevo aspecto social. Pero decíamos, además, que hay un segundo problema resuelto, el problema de la producción, y para ello es preciso también organizar el sindicato de una manera adecuada.

Luego veremos la razón económica que aconseja esta nueva organización; pero observemos ahora cómo está constituída la organización antigua. En el mundo capitalista-marxista, el sindicato de metalurgia, por ejemplo, está formado por los obreros metalúrgicos de toda la nación ; sin embargo, no hay duda que el obrero de una fábrica cualquiera tiene más razones de inteligencia con el patrono de su propia fábrica que con el obrero de otra fábrica distinta, ¿Por qué, entonces, se une con éste y no con aquél? Porque su sindicato no está orientado a la produción, sino a la lucha, y no lo está porque la producción no es de los dos, sino del patrono, y, por tanto, el obrero no tiene nada que ver con él.

Antes, por el simple despido de un obrero cualquiera, se declaraban en huelga todos los obreros de la misma industria, hasta a veces todos los de una nación; en un momento dado tenian que mirar a sus patronos como enemigos irreconciliables y esforzarse en producirles los máximos perjuicios, aunque el patrono fuera un trabajador como cualquiera de ellos el perjuicio recayera también sobre el propio obrero. 

Ahora no tiene que ser así; el obrero ya no es una pieza de fácil recambio, un recluta temporal sin derechos, sino una parte integrante de la empresa misma, y no puede tener hostilidad alguna contra el productor empresario, porque sabe que la conveniencia de él es su conveniencia propia.

En la organización sindicalista del sistema cooperativo la producción ha dejado de ser lo que separa para venir a convertirse, por el contrario, en lo que une a todos los diferentes factores de ella, y la fábrica ha dejado de ser el lugar donde el obrero deja sus mejores energías en beneficio de alguien que ni siquiera conoce más que con el nombre genérico de burgués, sino el laboratorio de su porvenir, del suyo. 

Por tanto, nosotros, borradas las clases, no necesitamos negar a la organización artificíosa y cornbativa del clasismo y realizamos nuestros sindicatos de un modo absolutamente distinto.

El funcionamiento de una fábrica -pensamos- no, depende del de otras fábricas análogas, y, en consecuencia, es en ella donde se tiene que formar el primer núcleo social. Si no logramos poner en movimiento un automóvil separando el motor de los engranajes y de las ruedas, ¿lograríamos hacerlo juntando estas piezas con otras análogas procedentes de automóviles igualmente desmontados? Pues bien , traslademos el argumento a la vida industrial y no caigamos en la ingenuidad de creer que una fábrica ha de funcionar mejor disociando al obrero del patrono y del técnico y agrupándole con otros seres a los que ni siquieraconoce y con los cuales no tiene más razones de unidad que aquellas de sentirse amenazados de un mismo, y en este caso imposible, peligro.

¿Por qué se han de mirar como hermanos dos obreros de las más lejanas industrias, y como enemigos irreconciliables los patronos y los obreros que trabajan juntos? Antes esto tenia una justificación, y no era la menor de todas el hecho de que el uno representaba el propósito de llevarse el beneficio del esfuerzo ajeno; pero ahora ya esto es un imposible físico, porque siendo colaboradores de un mismo afán han de mirarse también como tales en todas las relaciones de su vida. 

Elecciones Sindicales 15-10-1950


6) El Sindicato Vertical como fórmula para la organización económica y social de la industria.

Por esto, los sindicatos que se estructuren con esta nueva teoría económica han de empezar a construirse, en primer lugar, entre los que viven bajo un mismo techo, agrupando  todos ellos (patronos, técnicos y obreros), que son los que, por sentir las mismas aspiraciones, y pasar las mismas fatigas, y tener les mismos fines se han de entender con una mayor comunidad de ideas. 

Esto, que bien pudiera llamarse familia sindical, ha de ser la célula sustancial de la nueva organización, y de ella, de esta especie de sindicato de empresa o núcleo primario de la sindicación, han de arrancar todas las sucesivas fases de la forma que se quiera dar a la futura organización sindical. 

Y digo que se quiera dar, porque efectivamente son infinitas las fórmulas posibles y no es cosa de elegir el patrón que deben seguir los diferentes pueblos y, sobre todo, las diferentes economías de cada uno. Si este núcleo sustancial del sindicato de empresa se realiza vigorosamente, en buena y arraigada legislación que le proteja y le dé vida propia, lo demás surgirá solo y como por generación espontánea. 

Sin embargo, no es cosa de olvidar que siendo ya la organización sindical dirigida más bien a una buena producción que a una mayor protección (puesto que ahora nadie ataca al obrero .Y la palabra protección queda sin significado), el ideal de la organización debe ser siguiendo el desarrollo natural de la industria.

¿Cómo viene a realizarse este natural desarrollo? Veámoslo; si yo tengo una fábrica cualquiera y quiero ampliar el negocio pensaré que están en mis manos dos procedimientos para IIevar a cabo mi propósito: o montar otra fábrica análoga, con lo cual duplico las ganancias, o completar el ciclo de la producción, con lo cual elimino intermediarios.

La primera solución que es susceptible de ampliar indefinidamente, encierra sin embargo un peligro que conviene tener en cuenta : Es cierto, que me pone en situación de ganar el doble; pero también me expone a perder el doble, si mi proveedor de materias primas o el comerciante que lleva al mercado mi mercancía, me dejan de servir o me someten con sus exigencias. En cambio, si cojo el camino que me ofrece la segunda solución, y en vez de ampliar horizontalmente mi negocio, lo completo verticalmente, es decir, si en vez de montar dos fábricas iguales, compro tierras que me proporcionen las materias primas necesarias y monto un servicio de transportes que lleve mis productos a la ciudad e instalo ahí una tienda que me ponga en contacto directo con el consumidor, evidentemente, sobre todas las ventajas que pudiera proporcíonarme el sistema anterior, tengo aquí la de independizarme de unos colaboradores que, naturalmente, han de mirar más su conveniencia que la mía.

Ahora bien; aquí estamos tratando de la sindicación, y la sindicación no suele obedecer a casos de crecimiento económico (los trusses y carteles no tienen nada que ver con los sindicatos), sino, por el contrario, a la necesidad de autodefenderse contra el abuso de economías más fuertes o desaprensivas; por tanto, como es, en esta voluntad de resguardarse contra especulaciones ajenas, donde hay que situar la cuestión, ¿qué asociación convendrá mejor a mi propósito? Para buscar la manera de garantizar mi seguridad económica, me encuentro también, como en el caso anterior, con estos dos carminos : o el de asociarme con otros industriales análogos a mí y formar con ellos el sindicato del ramo, o unirrne al agricultor que me surte y al comerciante que vende mis productos, y constituir todos juntos un sindicato que abarque el ciclo total de mi producción, sin dejar fisura alguna por donde se pueda interferir el egoísmo o la mala fe.

Indudablemente elegiré esta segunda asociación, ya que la primera me deja siempre a disposición de otras personas y ésta en cambio implica a todas en un mismo provecho. Pues bien; esta organización, que en lo económico abarca desde la materia prima hasta el mercado, y en lo social excluye también la forma horizontal de reunir sólo a los. patronos o sólo a los obreros o sólo a los técnicos, para agrupar en una misma y jerarquizada línea vertical a todos los productores; esta organización, que como se ve no la he inventado yo sino que es la que seguiría cualquier prudente financiero que pretendiera asegurar sus ga-
nancias, o cualquier sociólogo que buscara la armonía entre los tres elementos de la sociedad laboriosa, es la que aquí se propugna con el nombre de sindicato vertical.

7) Sindicación oobligatoria y única.

Quizás después de lo que llevo dicho en el presente capítulo, sea inútil argumentar sobre esta fundamental cuestión; la sindicación obligatoria y única. Desde la disolución de los gremios y la declaración de la libertad de trabajo hasta que el comunismo nos ha venido a decir que todas estas cosas son monsergas de la burguesía. la libertad de sindicación ha sido postulado indeclinable del sistema liberal. El mismo socialismo, ante la posibilidad de aprovechar en su favor los viejos Ietiches de la filosofía liberal, ha fomentado su intangibilidad en los países donde no lograba implantar lisa y llanamente su teoría.

Pero fijándose bien (y sin necesidad de acudir a la enseñanza comunista que no ha dudado un solo instante en implantar la sindicación única y obligatoria como norma sustancial de trabajo dentro de su teoría) se echa de ver fácilmente toda la serie de intereses bastardos que han acabado por ser los únicos sostenedores de lo que en un principio empezó siendo tal vez terapéutica eficaz a una situación intolerable. 

La sindicación libre viene a responder en primer lugar a una situación clasista, y en segundo lugar a una serie de conveniencias partidistas. No se podía hacer un único sindicato, porque entre un obrero y un financiero no había el más pequeño punto de semejanza y no se podía obligar a nadie :el sindicarse con los demás porque los sindicatos de toda la etapa liberal han sido grupos políticos que en lugar de enarbolar talo cual bandera levantaban como más positiva o como mejor procedimiento de captación de masas la bandera de la cuestión social; así venia a suceder que no ya un obrero y un empresario, sino dos obreros de la misma fábrica dejaban de tener una razón común para sindicarse juntos.

Ahora bien, si el sindicato ya no es un instrumento de clase porque ya no hay clases y no es tampoco un instrumento político porque la política, como luego se dirá, queda fuera de toda especulación; si el sindicato queda convertido en un instrumento económico y social encaminado a satisfacer las necesidedes que en este orden encuentra el trabajador en su tarea cotidiana, ya no hay razón para disociar al empresario del obrero, ni a un obrero de otro, porque todos ellos encontrarán en el sindicato la realización de sus fines laborales.

El hombre trabaja para mejorar su vida y todo lo que sea mezclar con ello intereses encaminados a otro fin es contribuir a desordenar las cosas. Los sindicatos no deben tener más política que la directamente encaminada a satisfacer las conveniencias del trabajador en su dable orientación económica y social; la una dirigida a mejorar la producción abaratando el producto, facilitando el comercio etc., y la otra dirigida a mejorar las condiciones de vida, del productor.

Hasta aquí he hablado en pro del sindicato único. Para hablar de la sindicación obligatoria necesito aun menos palabras ; basta recordar que el sistema descrito se dmenta en la declaración expresa de la obligatoriedad del trabajo; luego si el sindicato es una agrupación laboral y el trabajo es obligatorio para todos, la sindicación debe ser para todos obligatoria.

8) El sindicato así constituido Sirve de cauce para que el pueblo participe en las tareas dei Estado.


Conforme, pues, a lo dicho hasta aquí, el sindicato constituye una asociación en la que el patrono, el técnico y el obrero se unen para obtener un resultado económico. No se limita a esto, sin embargo, la significación social del sindicato. Si el hombre fuera solo, como pretendía Carlos Marx, un animal productor, el sindicato habría ciertamente agotado su finalidad con servir de instrumento para la producción de bienes económicos; pero como no es así, sino que lo económico representa para los hombres solamente una parcela de su vida, la significación del sindicato es más honda y más amplia que la imaginada por el marxismo.

No vive el hombre para producir sino, al revés, produce para vivir. La producción, el trabajo, constituyen el medio de que el hombre ha de servirse para. llevar adelante su vida. Ciertamente que trabajar no es lo único que el hombre tiene que hacer para vivir como ser racional; pero no se repara nunca bastante en la esencial y primaria trabazón que existe entre trabajo y vida. 

La especialización de trabajos a que hoy se ha llegado, es decir, el hecho de que actualmente las distintas posibilidades o modalidades del trabaj o humano tengan un perfil y un nombre casi siempre concretos y determinados (el trabajo del carpintero, del ingeniero, del músico) nos lleva frecuentemente a equiparar trabajo y profesión. 

Vemos el trabajo bajo la especie de profesión, y como ésta siempre, por encima de todo, es algo que el hombre puede abrazar o abandonar a voluntad; algo, en cierto modo, exterior al hombre, por muy ligado que se encuentre a ella, acabamos siempre por ver en el trabajo una cosa extraña a la vida humana, todo lo importante que se quiera, pero extraña al fin.

Sin embargo, antes que profesión el trabajo es, primaria y fundamentalmente, esfuerzo. La profesión es sólo la modalidad que libremente elegimos para desarrollar un esfuerzo que se nos impone necesariamente. Y esto, el esfuerzo, no es algo que acompañe forzosamente a la vida sino que, realmente y en cierto sentido, es la vida humana misma. Vivir es esforzarse y, por consiguiente, trabajar. No es sólo que el trabajo esté dado necesariamente en la vida, sino que la vida, ella misma, es trabajo. "Trabajo es la vida del hombre sobre la tierra-dice el libro de Job y sus días son como días de jornalero".

No hay duda de que, entendido esto así, la significación del sindicato trasciende de lo puramente económico. Ya no se puede ver en él solamente un instrumento' para la producción, sino que hay que mirarle como el punto donde se condensa y configura la actividad vital laboriosa del hombre. Éste está en el sindicato en cuanto trabajador y, por tanto, en cuanto auténtico y esencialmente hombre. Por encima de su finalidad concreta, que es servir a la producción, el sindicato se nos aparece como una comunidad de vida, como una, auténtica persona colectiva más enérgica y más vigorosa que, por ejemplo los partidos politicos.

Ahora bien (y esto es lo que importa subrayar aquí): Esta persona colectiva que es el sindicato tiene hoy una destacadísima significación social y política. No es solamente que el hombre se halle en el sindicato de un modo real y auténtico, sino que, además, el sindicato constituye actualmente el medio posiblemente más adecuado de que el hombre dispone para proyectarse sobre la sociedad que le rodea. Se trata de una realidad histórica que es imposible desconocer. Las pugnas sociales y políticas giran naturalmente en torno a cuestiones directamente ligadas a la vida del trabajo y, además, sea por lo que sea, es lo cierto que actualmente todo el mundo otorga condición de protagonistas en estas pugnas a aquellas entidades que se presentan públicamente como determinadas. y configuradas por lo sindical.

Se dirá que no representa novedad alguna para quienes están acostumbrados a apreciar el peso político que sobre la vida de los pueblos van teniendo en los últimos decenios las organizaciones obreras, esto de venir ahora a reclamar para el sindicato la categoría de cauce popular en las tareas del Estado; ¡naturalmente que lo es! dirán estas gentes-y para esta afirmación no necesitábamos oir una sola de las argumentaciones expuestas.

Sin embargo, obsérvese esta fundamental diferencia; no decimos nosotros que el sindicato sea una organización clasista de poder; entre otras cosas, porque eso ya lo dijo Marx, sino todo lo contrario; decimos que no es una organización clasista; que es una organización infinitamente más completa y más eficaz y que precisamente por ello, por no abarcar a la clase sino a la nación entera.. puede servir de cauce a la participación del pueblo en lugar de servir a unos pocos y puede encararse honradamente con tesis nacionales en lugar de representar el apetito muchas veces inconfesable de talo cual sector.

Una organización de clase puede vanagloriarse de muchas cosas menos de procurar los intereses de la nación, a no ser que ellos coincidan con los intereses buscados por la clase que vinieron a atender. Una organización, en cambio, como la nuestra, en la que se empieza por borrar toda razón de lucha estéril y menuda, puede dedicarse por entero a labores más trascendentes y si, además, esta organización, por estar basada en el trabajo (proclamado de antemano como un deber ineludible) agrupa a todos los habitantes de un pueblo, entonces se puede afirmar, sin temor a que nadie nos confunda con lo que hasta ahora se ha venido entendiendo bajo esta etiqueta, que el sindicato es una auténtica y eficaz manera de intervenir en la vida social de un pueblo.

No es que bajo su bandera se levante una clase o un grupo o un partido con su determinado punto de vista; es que a través del sindicato se proyecta sobre la nación una de las pocas cosas serias que aún le queda al hombre para exhibir en este descarriado momento; la función universal y eterna del trabajo elevada a la suprema jerarquía por mandato de Dios y escamoteada torpemente a los ojos de una sociedad confusa por arte y gracia de la pedantería liberal. 

Elecciones Sindicales.


9) El sindicato no es un instrumento de partido, sino un instrumento de Estado.

Para terminar el capítulo, conviene poner junto a la afirmación de que el sindicato es un órgano apto para servir de cauce al vivir de un pueblo, la afirmación de que no es Un instrumento de partido sino de Estada; con ello quedan descalificados varios errores; el de dejado sometido a los vaivenes de la política, el de suponer que el sindicalismo se puede defender y combatir como se discute, por ejemplo, un arancel; el de dejado reducido a la categoría de grupo, etc. etc.

Cuando hablábamos de la sindicación obligatoria y,única, lo hacíamos, no porque estuviéramos sosteniendo que los sindicatos deberían representar un papel importante en la sociedad, sino porque afirmábamos que son el único modo que la sociedad tiene actualmente para realizar con provecho su labor social. Lo social es aigo que, queramos o no queramos, preocupa sustancial mente a la sociedad, y mientras tenga esta preocupación y para llevada a cabo, necesita organizarse de alguna manera. 

Pues bien,esta manera es la sindical, y ello es tan evidente que no se puede desconocer. Lo único que cabe, y esto es lo que hacen los reaccionarios, es cerrar los ojos a la realidad y obstinarse en afirmar que lo social es un banderín de enganche que determinados partidos políticos han levantado hábilmente para atraerse Ia masa, pero aceptar la preocupación social y negar a la sociedad el camino para resolverla es una ingenuidad que conviene mantener alejada.

Yo no sé, ni me importa saber, si los primeros partidarios del sindicalismo moderno tuvieron o no conciencia de que estaban acertando a encontrar el cuerpo que la sociedad requería para estructurarse de acuerdo con las nuevas corrientes; pero que hoy se puede afirmar sin temor a equivocarse es que la organización sindical ha llegado a convertirse en un modo de realizar la inquietud social de nuestros tiempos. 

La razón es muy sencilla; la sociedad humana necesita siempre una organización adecuada a la concepción de cada momento; hace cien años, por ejemplo, lo político era la preocupación más sincera de la vida civil, y los partidos políticos lllegaron a ser un modo de estructurar la sociedad para realizar aquella obsesión ; hoy la importancia que lo social ha venido a tener en el mundo, exige organizar la sociedad en consecuencia: y la organización sindical que viene a resolver esta exigencia, no puede considerarse como una postura ocasional de partidos ni es cosa de permitir que los sindicatos se conviertan en bocado apetecible de ellos aunque, efectivamente, sean determinados grupos los que más violentamente lo persigan.

La esclavitud, el feudalismo, los gremios, etc, quizas empezaran siendo igualmente soluciones levantadas por un grupo; pero al responder a necesidades sentidas por todos, no tardaron en convertirse en órganos capaces de resolver a la sociedad sus nuevos problemas, y hubiera sido ridículo que la gente se empeñara en seguirlos considerando como opinión de unos pocos.

Hasta nosotros ha llegado el municipio; el municipio es el aparato encargado de resolver al hombre sus problemas de vecindad; nace en la entraña misma de su vocación a la sociabilidad y el hecho de pervivir a través de los siglos, nos demuestra el acierto con que fué concebido; pues bien, el sindicato, prescindiendo de muchas cosas que todavía lo convierten en instrumento clasista (ya hemos visto cómo era preciso empezar por desnudarle de este defecto) es una asociación que viene a resolver al hombre otra situación suya tan fuerte como la sociabilidad, la del trabajo; y esta finalidad le libera de toda otra intención especulativa que sobre él se empeñe en proyectar cualquier partido para representar ante todo el papel de organización del Estado ajena a las demás intenciones.

Por tanto, atacar a la organización sindical de una nación o negarle su capacidad de cauce para la intervención del hombre en la vida social, o dejarla reducida a la categoría de opinión sustentada por tal o cual programa político, es tan fuera de razón como negar estas cosas al municipio afirmando que; es voluntaria y discutible la implicación en él de cada uno de sus vecinos. No. La presencia en el Estado moderno de una organización sindical, única y ajena a las fluctuaciones políticas, que agrupe profesionalmente a todos los trabajadores para implicarlos en función de su trabajo en la administración del Estado, no es una postura que se puede sustentar frente a otras que discuten su conveniencia; es una realidad que existe por encima de todas las opiniones y que resulta imposible desconocer.

Precisamente, lo que no es defendible es la postura contraria, la que pretende dejar a los sindicatos sometidos a la acción disolvente de los partidos; porque los sindicatos hoy lo que han venido a ser por obra de la situación social del mundo moderno, no es otra cosa que la forma actual de estructurar al pueblo como en el siglo XII fué el feudalismo, y en la época romana  fueron las Gens. ¿Qué tiene que ver esto con los partidos? ¿A qué vienen, pues, ciertas gentes siempre confusas en sus actitudes con la pretensión de organizar sindicatos de determinados matices?; sin duda es que con ello quieren lograr el apoyo a su postura de las masa trabajadoras; pera están equivocadas; y del mismo modo que no se conciben tantos municipios como partidos políticos, tampoco se puede dejar que el sindicato venga a convertirse en objeto de especulación. 

José Luis de Arrese 1947.





Cuéntame...Lo que no nos cuentan.

 

El Sindicalismo en el Estado Nacional.

 

Tomó  muchas ideas del nacional-sindicalismo pero, salvo en las numerosas cooperativas, se quedó a medio camino y no cambio la propiedad de las empresas ni hizo imposible la lucha de clases. Los demagogos siempre culpan a Franco a pesar de ser bien conocido que el cambio del Régimen con respecto a la política social se produjo como consecuencia del triunfo aliado en la II G.M. Sin duda habrá más razones, como la necesidad de preservar el apoyo de los sectores conservadores más aliadófilos, es decir, los más pro-capitalistas.


De los viejos sindicatos al Sindicalismo Nacional. (Comunicación a la Escuela Sindical.) 

 

"El sindicalismo es, hoy, un hecho de primer orden en la vida de cualquier país. Un hecho con el que hay que contar siempre, quiérase o no, tanto a la hora de la paz como a la hora de la guerra. 

Conscientes de esta gran importancia que modernamente reviste, nosotros no nos hemos desentendido del fenómeno sindical; al contrario, desde los primeros balbuceos de la Falange esta palabra aparece colocada en el primer plano de la atención pública. 

Pero esta misma importancia que le concedemos obligaba a ir a la estructuración de un nuevo sindicalismo que, alzado, sobre la experiencia del pasado y adaptado a la vez a las exigencias de los tiempos, respondiese a los más rigurosos imperativos de la Patria.

Porque creíamos, y seguimos creyendo, que estaban muriendo viejas fórmulas y levantándose sobre esas ruinas nuevos modos de vida política y social. 

LA AURORA DEL SINDICALISMO.

El año 1830 señala un momento decisivo en la Historia de la Humanidad: la invención del telar mecánico y de la máquina de vapor constituye el punto de partida del liberalismo económico, frente al cual surge, como reacción, la autodefensa de las masas trabajadoras. 

Sin embargo, han de pasar todavía unos años para que, con la aparición del capitalismo en Europa, que tiene lugar entre 1860 y 1870, los Sindicatos irrumpan violentamente en la escena política. En la última decena de septiembre de 1865 se celebra en Londres una Conferencia Internacional, de la que sale la Asociación Internacional de los Trabajadores. Y unos años más tarde, en 1868, Bakunin funda en Ginebra la Alianza Internacional de la Democracia Socialista. Está en marcha la I Internacional, en la que originariamente confluyen dos tendencias, la anarquista y la marxista, que poco después se declararán la guerra a vida o muerte. 

Paralelamente a esta fermentación sindical internacional, se producen en España los primeros brotes del sindicalismo, que desde sus mismos orígenes muestra una irreprimible inclinación hacia la violencia. 

El primer español que acude a un Congreso de la Asociación Internacional de Trabajadores, en 1866; se Ilama Marsal Anglada, como representante de la Legión Iberica. Y la primera huelga que se desarrolla en nuestro suelo se hace bajo la bandera de «Asociación o muerte».

LA SOMBRA DEL EXTRANJERO.

A finales de octubre de 1868, el mismo año en que Bakunin funda su Alianza Democrática, llega a España el diputado italiano Fanelli, que establece los primeros contactos con los federales de Cataluña y consigue en Madrid algunos adeptos, entre ellos Anselmo Lorenzo. Ese mismo año se funda en Barcelona la Agrupación Sindical denominada «Las tres clases de vapor». 

La propaganda de Bakunin origina la creación de la «Mano Negra», nacida en Jerez y extendida por toda Andalucía. Y Pérez del Alamo dirige por las tierras de Sevilla el fusilamiento de las imágenes religiosas.

Dos años más tarde, el 19 de junio de 1870, Pablo Iglesias, tipógrafo, ingresa en la Asociación Internacional de Trabajadores, Sección Española, la cual celebra ese mismo año su primer Congreso en Barcelona, donde nace la primera Agrupación Sindical propiamente dicha en España. Y en junio del año siguiente llegan a nuestro país Pablo Lafargue, yerno del autor del manifiesto inaugural, y Laura Marx, hija de Carlos Marx, para organizar aquí el movimiento socialista.

Mientras tanto, en el Fomento de las Artes Gráficas, una sociedad fundada por Un sacerdote, de la que salieron los primeros Sindicatos de las Artes Gráficas, tienen lugar las primeras controversias sobre sindicalismo, entre Anselmo Lorenzo y Pablo Iglesias, bajo la presidencia de Osorio y Gallardo. 

El médico catalán Suñer y Capdevila bate todos los «records» de blasfemias en el Parlamento. Y un nuevo personaje italiano, Basterini, aparece en la febril Barcelona, donde el anarquismo importado a España por el garibaldino Fanelli y el terrorista Bacherini, logra crear un núcleo de acción bajo el lema de «Propaganda por el hecho», conmoviendo aquellas tierras con una larga serie de atentados.

AL MARGEN DE LA LEY.

En 1872 se produce la escisión entre las dos ramas que constituían la I Internacional, bakunistas y marxistas, partidarios éstos de promover la creación de un partido obrero y contrarios los primeros a toda acción política. Y este cisma, que va a señalar por largo tiempo la trayectoria del sindicalismo, repercute también en España.

El Congreso de Zaragoza se reúne en abril de ese año, y en junio se funda la nueva Federación Madrileña, integrada por elementos marxistas, redactores de «La Emancipación», la cual es admitida en su seno por el Congreso General de Londres. La escisión deslinda también aquí claramente los dos bandos. Los socialistas, dirigidos por Pablo Iglesias, quedan en minoría. Y los anarquistas, fieles a la Alianza Democrática, forman la mayoría que dirige Farga Pellicer, asistido por Anselmo Lorenzo, un tipógrafo, que es más bien el cronista de esa Alianza Democrática. 

Los anarquistas o libertarios, amigos de Fanelli y Bakunin, se reúnen en Congreso en Barcelona, en septiembre de 1881, y dan vida a la Confederación Regional Obrera. Estos mismos elementos bakunistas crean en 1907 la Confederación Regional Catalana y comienzan a publicar el semanario, más tarde diario, «Solidaridad Obrera». Y en 1908, en un Congreso anarquista celebrado en Barcelona entre los días 8 y lo de septiembre, se funda la C. N. T., inspirada en las ideas de Proudhón, Blanc y Sorel.

La C. N. T., con su ideario destructor, se coloca al margen de la ley. Su ideólogo es Anselmo Lorenzo, redactor de «Tierra y Libertad», periódico anarquista dirigido por Federico Urales, «Juan Montseny», y autor del libro «El proletariado, militante». El fué quien, efectivamente, en «Tierra y Libertad» y más tarde en la Conferencia que dió el año 1911 en el Teatro Barbiéri, de Madrid, sostuvo la tesis de que sin abandonar el ideal anarquista era menester encubrirlo con la palabra y la organización sindical. 

¿Y qué pedía ese ideal? Pedía: ¡Guerra a los ricos! ¡Guerra a los poderosos! ¡ Guerra a la Sociedad! ¡Guerra contra todas las formas de Gobierno! ¡Todo para todos, desde el Poder hasta las mujeres! y no se crea que, por su parte, el sindicalismo socialista seguía una orientación constructiva. La nueva Federación Madrileña crea en 1882 el Partido Socialista Obrero Español.  Y seis años después, en 1888, esos llamados socialistas autoritarios, pertenecientes a la rama marxista creada en España por Lafargue, celebran un Congreso en Barcelona, de donde sale la U. G. T. En el período que corre entre 19lo y 1915 se registra una afluencia de intelectuales hacia el marxismo. Pero no van a ser ellos los que manden, sino la masa y los líderes extraídos de ella. Y así, en 1932, en un Congreso de las Juventudes Socialistas, se declara abiertamente: «No puede haber democracia a la hora de actuar.»

España marcha a la deriva, a merced de dos fuerzas, anarquismo y socialismo, situadas igualmente al margen de la ley.

SINDICATOS CONTRA SINDICATOS.

El año 1918 señala la segunda etapa, que podríamos llamar de pleno desarrollo, del sindicalismo español. La Unión General de Trabajadores y la C. N. T. se disputan el monopolio de las masas trabajadoras, lanzan al proletariado a la calle, se revuelven la una contra la otra. España vive en un estado continuo de emergencia, mientras de fuera, a favor de los vientos de la primera posguerra mundial, sigue entrando y germinando en nuestro suelo una mercancía de matute.

En ese mismo año de 1918, en los últimos días de junio y primeros de julio, se celebra el Congreso de Sans, en el que los libertarios acuerdan crear los Sindicatos Únicos y un año más tarde nacen los Sindicatos Libres. 

La calle se conmueve bajo el terror del pistolerismo sindical. Son los años trágicos de Barcelona.

El 5 de septiembre de 1919 el ex policía Bravo Portillo cae asesinado en una calle de Barcelona y el Gobernador de la Ciudad Condal, Amado, que se ha negado a aprobar el reglamento de los «libres», es sustituído por el Conde de Salvatierra,

En abril de 1920 es asesinado un delegado «libre», Tomás Vives, y Bas sucede en el Gobierno Civil al Conde de Salvatierra, el cual cae mortalmente herido en Valencia cuatro meses más tarde. Y en septiembre de ese mismo año se produce el atentado del Pompeya, en cuyo coliseo estalla una bomba y hace que Bas sea sustituído por Martínez Anido.

En 1933 cae víctima de un atentado en Valencia el Presidente del Sindicato de Banca de Barcelona, Baltasar Domínguez, y se registra un atentado contra el Gobernador Martínez Anido. 
Los Sindicatos se devoran entre sí y en medio de la violencia de la lucha el Poder político se tambalea.

LA ETAPA DE LA D1CTADURA.

El advenimiento de la Dictadura de Primo de Rivera en medio de un clima nacional de violencias, hace que la Confederación Nacional del Trabajo se esfume de la escena pública. 
Quedan los Sindicatos Libres, que se fusionan con los católicos, y la U. G. T., que se hace colaboracionista, siguiendo las consignas de sus líderes: Llaneza, González Peña, Amador Fernández, Belarmino Tomás.

El sindicalismo católico se configura como una fuerza de primer orden. En 1905 se había creado en Bilbao la Federación de Sindicatos Católicos. Pamplona fué más tarde, en 1916, el escenario en que nació la Federación Nacional de Sindicatos Católicos Libres. Esta se disuelve en 1921 y los católicos ingresan en los «libres», formando así la Confederación Nacional Regional de Sindicatos Libres del Norte de España, la cual se unifica en 1924 con el resto de las uniones de Sindicatos Libres, dando origen así a la Confederación Nacional de Sindicatos Libres de España.

Pero la Confederación Nacional de Sindicatos Libres no llegó nunca a rebasar la cifra de medio millón, mientras la Unión General de Trabajadores contaba con más de los quinientos mil. 

Fueron estos años de orden y de paz, en que se trató de establecer las bases de una organización corporativa del trabajo y se impulsó la legislación social en un sentido constructivo.

EL PELIGRO DEL COMUNISMO.

La proclamación de la República trastrocó radicalmente el panorama sindical español. 

Los anarco-sindicalistas vuelven a organizarse y empieza la actuación de Pestaña y Villaverde en Galicia; de Ascaso, Durruti y García Oliver en Cataluña y Levante. Orozco Fernández, Secretario de la Asociación Internacional de Trabajadores, de la que era miembro la Confederación Nacional del Trabajo, vuelve de Berlín, donde la primera tenía su sede. 

La U. G. T. ha dejado de se colaboracionista para pasar también al plano de la agitación y de la violencia. 

Los «libres», colocados entre estas dos fuerzas, que se disputan a tiros el monopolio de las masas y el dominio de la calle, tienen que resignarse a morir o a engrosar las filas de la C. N. T.

Al mismo tiempo aparece una nueva fuerza sindical: el sindicalismo rojo. Este venía tratando de extender sus tentáculos por la Península desde 1919. Ya en ese año se registra en Barcelona una huelga general, por despido de obreros en la Compañía denominada «La Canadiense», huelga que dirige «Noy del Sucre» y en la que se implanta la censura roja y se trata de crear un ejército rojo comunista.

En 1921 viene a España Borodin, un emisario soviético, que trae la consigna de cercenar Marruecos del suelo español. No lo consigue, pero no vuelve a Moscú con las manos vacías: en el Congreso Sindical de aquel año se crea la Confederación General de Trabajadores Unitarios, afecta a la Internacional Sindical Roja y formada con elementos disidentes de la Confederación Nacional del Trabajo, que se integra en la A. I. T.,  Y la U. G. T., que sigue adherida a la II Internacional. 

Y en 1932 se produce una huelga general revolucionaria, dirigida por anarquistas y comunistas. Los primeros dominan en Aragón y Cataluña y los segundos en Andalucía y Extremadura, donde campean los nombres de Adame y Trilla, todos ellos controlados por Moscú.

En 1933 el Partido Social Revolucionario, que dirige Balbontín, acuerda ingresar en el Partido Comunista. En febrero de ese mismo año la I. R. Y. A. (Izquierdas Republicanas y Antiirnperialistas) de César Falcón ingresa también en el comunismo. El Partido Comunista acuerda liquidar la C. G. T. U por una denuncia de Dimitrof, que cuesta la salida a Adarne, Bullejos y Trilla. La C. N. T. Y la U. G. T. dirimen entre sí sus contiendas. La primera se siente carcomida también por una serie de luchas intestinas: desde la cárcel de Barcelona) García Oliver acusa de traidor a Pestaña, el cual funda el grupo de «Los Treinta».

Y en 1934 estalla la Revolución de Asturias, alimentada, y sostenida en este palenque de un sindicalismo negativo y destructor. Revolución que nos coloca ya ante las puertas de 1936, en que España ha de resolver a tiros su problema de ser o no ser, su existencia de pueblo libre o entregado al comunismo.

U N BALANCE TRÁGICO.

En 1890 se celebra en España la primera Fiesta del Trabajo, instituída en el Congreso de París de 1889 a propuesta de R. Levigne. Y el siglo comienza en nuestro país bajo un sangriento primero de mayo. Cánovas muere asesinado por un anarquista extranjero, «Angiolillo».

En la primavera de 1912 tiene lugar la primera huelga general ferroviaria, organizada y alentada por los grupos anarquistas de Barcelona, como el famoso «Cuatro de mayo», editor de «Tierra y Libertad», La huelga es yugulada por Canalejas, que unos meses más tarde, en noviembre, cae asesinado por un anarquista en la Puerta del Sol de Madrid, frente al escaparate de una librería.

La segunda huelga general se registra en 1916 y paraliza durante unos días la vida económica del país, porque así lo ordena «Noy del Sucre». 

En 1917 Largo Caballero se traslada a Barcelona y se entrevista con Durruti, Pestaña y Carbó y «Noy del Sucre», dictadores máximos de la C. N. T. Y estalla la tercera huelga general organizada y dirigida por el Partido Socialista.

En 1919 una nueva huelga general paraliza la vida de Cataluña, bajo la bandera del anarquismo libertario.

El primero de mayo de 1922 se produce un paro absoluto en Barcelona, organizado y controlado por los Sindicatos Libres.

En 1923 se registra la huelga bancaria de Madrid, en el curso de la cual cae víctima de un atentado en Valencia el Presidente del Sindicato de Barcelona. 

Y con el advenimiento de la República se entroniza el caos en España: Las huelgas paralizan la marcha de las fábricas, la agitación se extiende por el campo, el clima de la calle se hace irrespirable y peligroso.

EL NUEVO SINDICALISMO ESPAÑOL.

Este es, pintado a grandes trazos, en sus líneas generales y esquemáticas, el viejo sindicalismo español. 

Un sindicalismo que nada tenía de tal, ya que en él los intereses y las aspiraciones del trabajador aparecían complicadas con las ambiciones políticas. 

U n sindicalismo que tenía muy poco de español, ya que los que mandaban eran los delegados especiales, los cuales actuaban en conexión con los dictadores de las Organizaciones Sindicales y éstos, a su vez, conectados con poderes extraños que se perdían en la sombra. 

Un sindicalismo que tenía también muy poco de libre, pues el trabajador que no ingresaba en sus filas se veía condenado al hambre y los Sindicatos que no se fundaban en las órdenes de los dictadores se veían condenados a morir por asfixia. 

Un sindicalismo pluralista, anárquico, negativo, en el que no solamente no contaban para nada las realidades de la vida económica y social del país, sino la realidad misma de España, que a merced de esas fuerzas iba consumando su agonía paso a paso. y es en medio de ese clima, enrarecido y difícil, en medio de un panorama nacional cargado de presagios, de presentimientos y de urgencias, en esa hora en que necesariamente hay que tomar decisiones y elegir caminos, cuando se abre paso una idea que va a constituir el punto de arranque de un orden nuevo.

Pero no se crea por esto que nuestro sindicalismo es simplemente una reacción, una revancha sobre todo lo anterior. 
Había en aquel sindicalismo muchas cosas que no servían, entre ellas los dirigentes y las fórmulas. Pero había también algo muy querido y aprovechable: la gran masa de los trabajadores engañados y hastiados. 

Los precursores del Movimiento inician, en efecto, su marcha de salvación con la mirada puesta en la enorme masa de los trabajadores de España; lo antiguo ya no sirve, pero se necesitará mucho coraje y mucho ánimo para volver a encender ante ellos la llamarada de la fe.

Lo sindical en el pensamiento y en los labios de nuestros fundadores, lejos de anularse, se refuerza, se ensancha, en la misma medida que el concepto de trabajador abarca cada vez a más amplios sectores de la Sociedad. Lo sindical no muere, el sindicalismo sigue adelante; lo que se hace es entroncarlo en las más vivas tradiciones de lo español y en las más vibrantes exigencias de los tiempos.

Y lo nacional tampoco muere. No se cumple la profecía del marxismo, que había soñado con que, bajo el peso de las luchas sociales, de las guerras, y del desarraigo de las masas, lo nacional acabaría borrándose como un recuerdo más perdido en los rincones de la Historia; al contrario, lo nacional, golpeado en el yunque de los acontecimientos, se perfila con caracteres cada vez más vigorosos.

Y es así, mediante la fusión de lo nacional y de lo sindical, como surge la fórmula del orden nuevo: un sindicalismo nacional, un nacional-sindicalismo, entroncado de una parte con los más vivos e imperecederos sentimientos de la Patria y abierto de otra hacia las realidades del mundo económico-social, desplegado en esas dos dimensiones en que el hombre cumple su destino dentro de la comunidad: el trabajo y la Patria.

NUESTRO CONCEPTO DEL SINDICATO.

Partiendo de estos principios, la realidad de la Patria y la realidad de lo económico y social, cuya fuerza moduladora y conductora es el Poder político, nosotros hemos alzado una nueva confección del sindicalismo. 

Entendemos el Sindicato como una institución de carácter natural, como una agrupación auténtica y espontánea de elementos humanos, como una unidad real, con la misma realidad de vida que tienen la familia y el Municipio.

Entendemos el Sindicato como un órgano básico de la Sociedad. La vieja antinomia Estado-individuo ya no tiene razón de ser; en su lugar, levantamos la trilogía Estado-Sociedad-Individuo. Este se expresa a través de la Sociedad a través de la órbita en que, naturalmente, gira y se desenvuelve a través de su contorno social, porque es así solamente como se logra armonizar al hombre con la Patria. 

Entendemos el Sindicato como una forma de integración nacional, porque en él los individuos, los grupos y las clases se funden en un todo animado por un espíritu superior, y porque, aunque siga siendo órgano de defensa de intereses, ya no defiende los intereses profesionales, sino los intereses unitarios de la producción y de la Patria. Entendemos el Sindicato como un instrumento de hermandad y de armonía entre las clases sociales. 
La lucha de clases resulta hoy totalmente insostenible. Pero es que hay más: solamente dos tipos de Sindicatos han logrado sacar consecuencias de la superación de esa lucha: con la muerte de la libertad, el sistema ruso; con la conservación de la libertad posible, el sistema español. Y en honor del sistema español, tal como está concebido, hay que decir que, efectivamente, liquida la lucha de clases y hasta cabe hacer en este punto una profecía: el Sindicato, no sólo el nuestro, sino cualquier otro, acabará por ser un órgano constitutivo del Estado.

Entendemos el Sindicato como el instrumento principal de la política económico-social. Lo económico no puede ser en modo alguno ajeno al sindicalismo actual y mucho menos puede quedar a merced de la acción destructora del sindicalismo, como ocurría con los viejos Sindicatos españoles; por el contrario, lo sindical debe funcionar en íntima conexión con lo económico, pues de la prosperidad económica del país depende el mejoramiento; del bienestar material y espiritual de los trabajadores depende el nivel social de un país. 

Precisamente, la originalidad del método nacional-sindicalista consiste en haber transformado la significación del Sindicato, transportándolo desde el terreno de lo social al terreno de lo económico, ligándolo al trabajo, a la producción, a la riqueza, a la empresa, a todo eso que es fruto del sudor y del afán por el engrandecimiento de la Patria. 

Entendemos el Sindicato con un espíritu eminentemente revolucionario, porque no estamos conformes con el viejo orden imperante y, por consiguiente, con un valor político sustantivo, como un factor importante de la vida política del país, pero no como órgano del Estado: la Organización Sindical es el cauce por el cual discurre toda la vida de la nación, algo así como una caja de resonancias que recoge hasta la última vibración económica o social de España.

Entendemos, en suma, el Sindicato como una fórmula genuinamente española, en la que han sido enterrados los principios en que se inspiraba el viejo sindicalismo español, eminentemente destructivo y nihilista: lucha de clases, huelga general, internacionalismo corrosivo, desconocimiento de lo económico, negación de los más firmes valores que constituyen el substrato de la Patria. 

ORGANIZACIÓN SINDICAL.

Esta es nuestra Organización Sindical. Su vida discurre en una doble dirección: de arriba abajo y de abajo arriba.

Nuestras unidades celulares primigenias las constituyen las organizaciones espontáneas del trabajo en la comunidad, es decir, las empresas, las familias campesinas, pescadoras y artesanas, y los productores independientes, un medio en que afloran espontáneamente los intereses y las aspiraciones del hombre.

Partiendo de estas células nos elevamos a una vasta y varia Organización Sindical local, en la que hay Sindicatos de empresas, Gremios de artesanos, Cofradías de pescadores, entidades mixtas y Hermandades Sindicales de labradores y ganaderos en un plano donde la confluencia de intereses y aspiraciones empieza a complicarse.

Sobre esta red local se proyecta y se levanta el desarrollo de los órganos de grados superiores, comarcales y provinciales, que mantienen entre sí los oportunos órganos y consejos de unión para los asuntos comunes, ya más heterogéneos y difíciles de reducir a simplificación.

Por encima de esos órganos se levanta el Sindicato Nacional, uno sólo por cada rama de la producción; un solo Sindicato, con órganos nacionales, provinciales y locales, de tal modo que las aspiraciones irán de abajo arriba, y las órdenes de arriba abajo.

Y en lo alto aparece la línea política del Mando, regulando y coordinando toda esa ordenación, dándole impulso y vida, orientándola hacia las metas señaladas por nuestra Revolución.

TRES RAMAS DE ACCIÓN SINDICAL.

Integrada así la Organización Sindical en su cabeza y en sus miembros y creados los organismos para el desarrollo de sus cometidos propios, vamos a considerarla por unos momentos en acción.

Tres son las direcciones en que se proyecta la marcha de la Organización Sindical: la económica, la social y la asistencial; las tres íntimamente unidas. No se puedé separar, en efecto, lo social de lo económico en las actividades del sindicalismo, pues todo problema económico es social, y cualquier asunto o gestión social tiene resonancia en la situación económica. 

De estas tres funciones primordiales, sin embargo, deben destacarse la preocupación social y la obra asistencial, ya que nos movemos empujados por el afán de elevar el nivel de vida de los trabajadores españoles a través de las grandesobras sindicales.La función económica encomendada a la Vicesecretaría Nacional de este nombre tiene una significación especial en el concepto y en la actuación de nuestro sindicalismo. 
No podemos volver a los tiempos en que la economía nacional se veía quebrantada por la acción anárquica y negativa de las masas trabajadoras organizadas, ni a los tiempos en que el Estado contemplaba cruzado de brazos estos asaltos a la economía del país. 

Hoy es preciso, no que el Estado se haga empresario, pero sí que, sin matar las iniciativas individuales, asuma la dirección de la economía nacional. 

Y el instrumento adecuado para asumir esa dirección son los Sindicatos.

La función social, para cuya ejecución existe la Vicesecretaría de este nombre dentro de la Organización Sindical, constituye nuestro más ambicioso campo de acción. 

La justicia social ya no es esa cosa hueca, campanuda y fácil en labios de cualquier demagogo, sino algo profundamente real y entrañablemente unido a la vida del pueblo. Significa el acceso de los trabajadores, especialmente de los humildes, a los bienes materiales de la vida, en cuya producción ellos sonprotagonistas. 

Pero lo social -ya lo he dicho- ha de ser una consecuencia de lo económico, de tal modo que el nivel de vida de los trabajadores, y en esto nos diferenciamos radicalmente del viejo sindicalismo, ha de venir dado por el nivel económico del país. 
Y la otra rama de acción de la Organización Sindical es la función asistencial, que no es de mera beneficencia, que no tiene sentido de limosna, porque a través de ella se trata también de elevar el «standard» de vida de los trabajadores españoles, pero ya no simplemente desde el punto de vista material, sino facilitándoles el acceso a los bienes de la alegría, la cultura, la salud, el deporte, todo eso que viene a constitituir como el otro lado de la vida, como una nueva dimensión de la existencia de los productores, y en lo que hemos de hacer especial hincapié si queremos construir en firme, si aspiramos a que nuestra Revolución no sea una Revolución montada en el aire, sino en el alma misma del proletariado español. 
Todavía podríamos señalar otros rumbos y otras metas que se abren al azar de cada día, en la línea de marcha a través de esta España levantada sobre las ruinas de un pasado y sobre los escombros de nuestra guerra; un nuevo concepto de empresa, un nuevo fundamento en la reglamentación de las
de trabajo, una, nueva política asistencial, cultural, de perfeccionamiento ...

El campo se abre ante nuestros ojos sembrado de incitaciones, de ideas, de ilusiones, de esperanzas.

EL PAPEL DE LOS TRABAJADORES ENLA VIDA POLITICA DEL PAIS.
Quiero salir aquí al paso de esas críticas que con frecuencia se nos hacen y que responden a un desconocimiento de la realidad sindical española y a unos principios, por lo general, anacrónicos, pasados de moda, insostenibles, nacidos en el clima de unos tiempos que el mundo de hoy ha superado definitivamente.  Se nos ataca porque propugnamos y hemos establecido la unidad sindical. 

Pero ¿no hemos quedado en que la pluralidad sindical a quienes más perjudica es a los propios trabajadores, cuya fuerza está en razón misma de la unión? ¿No estamos viendo que los países más avanzados, aquellos que presumen de contar con una fuerza sindical mejor organizada, cuentan con una Organización Sindical única o todo lo más dos Organizaciones poderosas que, por debajo y en el fondo de sus aspiraciones e intereses, vienen a darse la mano en un mismo propósito de trabajo serio y constructivo? ¿No es acaso un hecho, plenamente confirmado por la experiencia histórica, que el pluralismo sindical acaba resolviéndose tarde o temprano en luchas intestinas entre los propios Sindicatos, entre los propios trabajadores? 
Se nos ataca también porque atentamos contra la llamada libertad sindical. Ya hemos visto lo que esa pretendida y cantada libertad fué en nuestro país. ¿Es esto lo que se espera? ¿Es esto lo que se quiere que vuelva a retoñar en nuestro suelo? y si no es esto, ¿qué clase de libertad es la que se nos recomienda? 

Porque lo que nosotros hemos hecho no ha sido matar la libertad, sino encauzarla, que vale tanto como convertirla en fuerza constructiva, en impulso creador, en horizonte de empresa y de trabajo. 
Los Sindicatos españoles no son órgano del Estado, sino entidades a las que éste ha concedido la categoría de corporaciones de derecho público y a las que ha atribuído un papel en la gestión de los asuntos nacionales, como nunca hubiera podido soñar el viejo sindicalismo. 

Para entrar en ellos no se exige más que esta contraseña: ser trabajador, y los trabajadores cuentan hoy, gracias al sistema nacional-sindicalista, no sólo con una participación en la dirección y gestión de los Sindicatos, sino con una representación amplia y efectiva en la vida pública del país. 

Trabajadores auténticos son los Enlaces cerca de las fábricas; así como los componentes de las Juntas Sociales y Económicas, designados todos ellos por elección. Y de esa cantera están extraídos también los representantes de la Organización Sindical en los diferentes órdenes de la Administración y de la política. 
La Organización Sindical está representada en las funciones y organismos de los Ministerios de mayor influencia en el Gobierno de la nación: Agricultura, Industria, Comercio, Obras Públicas, Educación Nacional, Hacienda, Trabajo. Está representada en una serie de organismos tan fundamentales como el Consejo de Estado y el Consejo de Economía Nacional. Está representada en la Administración local y provincial a través de concejales y diputados provinciales designados por elección. Está representada en las Cortes, a través de un tercio de Procuradores sindicales. Y cuenta también con una representación en el más alto órgano consultivo del país: el Consejo del Reino. 
Este es el camino para que cada trabajador haga llegar al Estado sus iniciativas, sus quejas, sus consejos. Pero es también el camino de acceso al Poder político. Porque la presencia de los trabajadores en los órganos principales de la vida administrativa y política del país sirve también para moldear toda esa realidad viva y cambiante que constituye el entramado material y moral en que se desarrolla la existencia del proletariado: el hogar, la fábrica, la economía, la tierra, el pan. 
He aquí nuestra verdadera libertad sindical, la que cuenta y sirve, la auténtica. Una libertad que ha permitido a los trabajadores españoles tener su parte en el Poder político de la Patria.

EFICACIA DE UNA IDEA.
Esta es la idea que hemos puesto en pie y a la que hemos dado cuerpo. Los viejos principios del sindicalismo se han venido estrepitosamente abajo sin que haya modo de apuntalarlos. El Estado liberal ha muerto definitivamente. Las masas trabajadoras están de vuelta de promesas y utopías, que sólo les han acarreado sinsabores y desengaños. 

Y entre las dos vertientes, la que conduce a la democracia liberal y capitalista y la que lleva al comunismo gregario y monstruoso, nosotros hemos elegido el camino del medio. 
El sindicalismo, que nació en las barricadas de lucha contra el Estado, para pasar luego a parlamentar con éste, se mueve cada vez más en una línea de colaboración con su viejo enemigo. Y es que el sindicalismo se ha ido llenando de reflexión, de comprensión, de sentido realista y constructivo, a la par que el Estado, apeándose de su viejo pedestal doctrinario, empapándose de contenido económico y social, en torno a lo cual gira hoy toda política, ha salido también al encuentro de la vieja llamada de angustia de las masas trabajadoras, para tomar sobre sí la tarea no sólo de auparlas en el palenque de la justicia social, sino de forjar en ellas una nueva mentalidad y una nueva conciencia y volver a arraigarlas sobre el suelo sagrado de España.

Todo lo demás es accesorio. Podrán discutirse detalles formales sobre la estructuración de nuestro sindicalismo, moldeado, como está, a base de criterios prácticos y flexibles. Pero lo que no puede discutirse es la firmeza, la verdad y la eficacia de una idea que nació frente a la poesía que destruye, una idea que, al cabo de los años duros y diffciles, ha dado los mejores frutos y sigue constituyendo, de cara al futuro, un programa de acción y de esperanzas, al cabo del cual ya se palpa la España mejor con la que soñamos." 

José Solís Ruiz: Nuestro Sindicalismo 1953.
 

El Sindicato representa orgánicamente al pueblo (artículo en el diario Pueblo).

Si salimos del ámbito puramente sindical para instalarnos en la maquinaria política, 

¿a quienes encontraremos formando parte de ella? A los Sindicatos. 

¿Donde? En primer lugar en las Cortes Españolas, cuya Ley fundacional, de 17 de julio de 1942, otorgó la tercera parte de los puestos a los Sindicatos. Lo propio ocurre en las Diputaciones Provinciales y en los Ayuntamientos, aparte de la representación actual en las entidades mutualistas. 

¿Y como se llega a esa representación?: Por el sufragio universal.

Según se decía hace pocos días desde estas mismas columnas de "Pueblo", el Sindicato, en su triple dimensión -empresarios, técnicos y trabajadores-, representa orgánicamente al pueblo español en las instituciones legislativas, administrativas, mutualistas, etc., a través de hombres libremente elegidos.


Inutilidad del Intermediario Político.

El Sindicato, de instrumento de los partidos políticos, aspira a suplirles, para luego, reemplazarlos, porque el hombre actual comprende que el sólo hecho de desarrollar una actividad productora le faculta para intervenir en el gobierno de los destinos de su Patria, sin necesidad del elemento intermediario, que hasta ahora asumía el representante del partido político.

La masa de afiliados es el Sindicato de verdad (Clausura Consejo Económico Sindical de Pontevedra).

Hoy el sindicalismo sois vosotros, empresarios, técnicos y trabajadores, a los que se os invitó, se os invita, y se os invitará, para que estéis en él hasta conseguir el propósito de que sea la Organización más auténtica de un pueblo. Vosotros tenéis que coger las riendas de este sindicalismo, puesto que nosotros, los que estamos en la línea de mando, solamente estamos en nuestros puestos para garantizar que se defenderán siempre los inteeses legítimos, y que jamás podrán volverse contra los intereses de la Patria. Pero los Sindicatos no somos nosotros, ni vuestro Delegado, sino que sois vosotros en contacto, en colaboración y entendimiento; pero tampoco somos nosotros ni vosotros si detrás no lleváramos algo más.

El Sindicato lo constituímos con esos hombres que quedan en la calle trabajando, con los hombres que están en la fábrica, en los talleres, en el campo, quienes, quienes delegaron su representación en vosotros y os mandaron aquí a que trabajáseis por ellos y hablárais en su nombre. Este es el Sindicato de verdad, natural y auténtico.

El Sindicato tiene que ser disciplinado, pero no sumiso.

Tenéis aquí una Casa, unos funcionarios, un instrumento de contacto con vuestras autoridades, y muy atinadamente decía el señor Ovispo que esa casa no deberá representar nunca un órgano de lucha, sino un instrumento de concordia, de paz, de colaboración, que no quiere decir, naturalmente, órgano de claudicación. El Sindicato tiene que ser disciplinado pero no sumiso, y tiene que saber decir No cuando corresponda, y tiene que saber defender los intereses legítimos por encima de todo, echando toda la carne en el asador

José Solís Ruiz: Nuestro Sindicalismo 1953.

Fuero del Trabajo 9 de marzo de 1938


Preámbulo.

Renovando la tradición católica de justicia social y alto sentido humano que informó la legislación de nuestro glorioso pasado, el estado asume la tarea de garantizar a los españoles la patria, el pan y la justicia.

Para conseguirlo atendiendo, por otra parte, a robustecer la unidad, libertad y grandeza de España acude al plano de lo social con la voluntad de poner la riqueza al servicio del pueblo español, subordinando la economía a la dignidad de la persona humana, teniendo en cuenta sus necesidades materiales y las exigencias de su vida intelectual, moral, espiritual y religiosa.

Y partiendo de una concepción de España como unidad de destino, manifiesta, mediante las presentes declaraciones, su designio de que también la producción española, en la hermandad de todos sus elementos, constituya una unidad de servicio a la fortaleza de la patria y al bien común de todos los españoles.

El Estado español formula estas declaraciones, que inspiraran su política social y económica, por imperativos de justicia y en el deseo y exigencia de cuantos habiendo laborado por la patria forman, por el honor, el valor y el trabajo, la más adelantada aristocracia de esta era nacional. Ante los españoles, irrevocablemente unidos en el sacrificio y en la esperanza.


Los Jurados de Empresa


En 1953 se promulga el Reglamento del Jurado de Empresa implantándose en empresas de más de 1.000 trabajadores, y paulatinamente hasta 1970 para aquellas de más de 50 trabajadores.

Los Jurados de Empresas, según dicho Reglamento, “están llamados a lograr la convivencia en el seno de la empresa, el aumento de la producción y el desarrollo de nuestra economía”; estaba compuesto por el presidente, cargo que recaía en el propietario de la empresa, gerente o persona en quienes deleguen, y los vocales, representado por los distintos grupos profesionales de trabajadores.

Sus funciones consistían en proponer a la dirección cuantas medidas consideren adecuadas en orden al aumento de la producción, la mejora de la calidad, el aumento de los índices de rendimientos, etc... Asimismo entendía también de las reclamaciones formuladas por los trabajadores.

Las elecciones para renovar el jurado se celebraban cada 3 años. Las listas estaban compuestas por 3 candidatos de cada rama profesional que podían ser votados por sus compañeros de categoría, pero no por el resto. Y podía haber tantas listas como quisieran presentarse.

A partir de la Ley de Convenios Colectivos de 1958 los jurados de empresa participarán en la negociación de los convenios colectivos.


En España está promulgado un Decreto, el Decreto de los Jurados de Empresa, en el que se da forma al principio de la participación de los obreros en la dirección de la comunidad
de trabajo. 

De esta Ley falta por publicar el Reglamento de aplicación. Se prevén en ella varios tipos de intervención de los obreros en los Consejos de Administración de la Empresa y varias funciones de los representantes del trabajador que se denominan Jurados de Empresa. 

Principalmente se refiere esta participación a proponer a la Dirección medidas que conduzcan al aumento de la producción, a la mejora en los servicios, a la rapidez, a la reducción de despilfarros y, en suma, al mayor rendimiento del trabajo. También se prevé que el trabajador pueda comprobar que la Empresa está al corriente en sus obligaciones con relación a toda clase de seguros de previsión social.  Se establece también que el Jurado podrá proponer medidas de seguridad e higiene en el trabajo, dirigir los Centros de recreo y deporte, ser informado de la marcha general de la producción, participar en la elaboración de Reglamentos de orden interior o de tarifas de primas para trabajos con incentivo o de pluses por trabajos peligrosos o fatigantes, intervenir en la distribución del plus de ayuda familiar, en los economatos de suministros de víveres en condiciones de baratura y emitir informe en los expedientes de crisis incoados por las Empresas antes de que éstas presenten su demanda a los organismos oficiales. 


La causa de que el Reglamento de aplicación de esta Ley no se haya publicado fué .explicada abierta y claramente a los obreros ante una concentración de 20.000 mineros en la cuenca carbonítera de Asturias en marzo de I950. La atención de aquellos trabajadores ante las explicaciones del Ministro
que tiene el honor de dirigiros la palabra y las manifestaciones externas con que fueron subrayadas sus palabras denota que los trabajadores se apasionan por esta cuestión y que ante ella adoptan una actitud de suma prudencia, dada la trascendencia del problema. 

La Revolución española se defiende de un precipitado establecimiento de los Jurados que pudiera hacerles morir apenas nacer, o lo que es peor, convertirlos en una farsa. Tenemos que meditar sobre la trascendencia de esta medida en la sociedad española. Tenemos que saber que existen dos peligros para la permanencia y para la eficacia de esta institución, por otra parte tan inaplazable. 

Primeramente, el obrero español, a pesar de su creciente preparación política, está poco preparado técnicamente para las contiendas amistosas con la dirección de las Empresas. Y esto tratándose de Empresas progresivas, modernas, sincronizadas con la política social que seguimos. Nada digamos de las Empresas arcaicas.



Con la mejor buena voluntad del mundo, el vocal de un Jurado puede ser arrollado dialécticamente, técnicamente, por sus contradictores dentro de la Empresa. En una discusión de carácter trascendental se puede ver sumido en la mayor mudez y hasta no llegar a entender lo que escucha o interpretarlo erróneamente. Esto no ocurrirá siempre, porque entre los obreros españoles los hay excelentemente preparados y con una agudeza dialéctica envidiable. Pero ocurrirá, desgraciadamente, en términos generales. Y, una de dos: o el trabajador se aburre, abandona el campo, se retira decepcionado y los Jurados caen verticalmente y pasan al almacén de los trastos inservibles, o bien de la discusión con los tozudos de la intransigencia sale la incomprensión primero, el rencor después y, al final, otra vez el odio de clases y la lucha subsiguiente. 


Porque no queremos entrar en este círculo vicioso nos hemos detenido prudentemente antes de lanzar el Reglamento. Porque lo que no nos perdonaríamos en manera alguna, por ingenuidad, por embarcarnos alegremente en un halago, es el hacer un daño irreparable a los trabajadores, empresarios y obreros. 


Acaso adoptemos un establecimiento progresivo del Jurado en determinadas Empresas, en determinadas ramas laborales, como sistema de ir avanzando sin tener que retroceder.
 
Tened la seguridad de que en esta dirección nos movemos, sin dejar de andar cada día un poquito. 

Creo estar en condiciones de poder anunciaros que estamos llegando al final. Ya sabemos que esta conquista tiene aún más enemigos que las de carácter material. 

Al régimen de los Jurados de Empresa se oponen, como hemos dicho, por igual, las dos grandes tiranías universales: la de la dictadura económico-liberal y la de la dictadura económica y política comunista. 

Para la primera es un principio irrenunciable el del dominio absoluto del capital.
 
Para el comunismo, la leal colaboración de los trabajadores con la Empresa puede entibiar los ardores de la rebeldía que tanto necesita el comunismo para instaurar su tiranía. Naturalmente, nos referimos al comunismo de exportación. El otro, el de Rusia, ya hemos visto el sistema que tiene montado. 

Ni el capitalismo liberal ni el comunismo quieren la colaboración.



Y, en el fondo, coinciden en esto como en tantas otras cosas, y es que a ambos les interesa por igual mutilar hasta la esterilización cualquier anhelo noble del alma humana, cualquier movimiento de verdadera libertad, cualquier actitud que tienda a dar al hombre la satisfacción de sentirse protagonista de la Historia, autor de su propia alegría, creador de su bienestar, responsable del progreso de su Patria, dueño de sus destinos y de los destinos de su prole. 


La base jurídica de nuestra política, en orden a la participación del trabajador en la Empresa, radica primeramente en la Carta institucional laboral que es el Fuero del Trabajo. En este memorable documento se establece ya el principio de que la Empresa tiene el deber de informar al trabajador de la marcha de la producción en la medida necesaria para fortalecer el sentido de la responsabilidad. 

Este principio es recogido por la Ley de Bases de la Organización Sindical promulgada en 6
de diciembre de I940' En el artículo séptimo de esta Ley se dice que 

«en la dirección de la Empresa, el jefe estará asistido de los elementos del personal trabajador que reglamentariamente se designen». 

Finalmente, todo este espíritu está recogido en el Decreto de Jurados de Empresa de que os hemos hablado y que se promulgó con feéha I8 de agosto de I947.


Con anterioridad se habían hecho ensayos parciales sobre áreas de trabajo muy reducidas. Estos ensayos nos sirvieron de enseñanza para llegar a la formulación que os hemos expuesto. Quiero con este motivo recordar las Comisiones de Conciliación que actuaron en el acoplamiento del personal a
nuevas normas laborales en Empresas nacionales como las de Industrias Eléctricas, Compañía Telefónica y Red Nacional de Ferrocarriles. 


En resumen, señores Congresistas, hemos ido en esta materia más de prisa de lo que parecía permitir la realidad. Estamos en presencia de un período de preparación del obrero para el manejo de instrumentos jurídicos que jamás habían sido puestos en sus manos. Es natural que queramos para el trabajador un entrenamiento, una instrucción a la que atendemos con una visible preferencia. 

Estimamos que ha llegado el momento de dar un paso hacia adelante y le estamos dando en estos momentos. El obrero español lleva algunos años administrando el plus de ayuda familiar, que funciona desde 1942; Desde 21 de septiembre de 1944 participa igualmente en los Comités de Seguridad e Higiene del Trabajo creados con carácter obligatorio en bastantes industrias y en los que se fija que los obreros participantes en estos Comités han de tener la categoría de contramaestre o de oficial. En las Cajas Colaboradoras del Seguro de Enfermedad también intervienen
representaciones obreras. 

Pero, sobre todo, en auxilio nuestro en este programa de capacitación del obrero para tareas directivas han venido los propios obreros españoles dándonos, no diré que una sorpresa, porque todo lo esperábamos de su ágil inteligencia, pero sí una inesperada alegría al haber quemado ellos mismos las últimas etapas de la ruta de su preparación para el mando. En la rectoría de los Montepíos y Mutualidades laborales, el predominio del elemento obrero está en razón de tres a uno con el elemento patronal. 

Pues bien: en la administración de los cuantiosos bienes que hoy poseen los Montepíos y Mutualidades laborales, los obreros han demostrado unas cualidades rectoras verdaderamente sorprendentes, y puede decirse que no existe en España institución más popular, más querida, más prestigiada y más rodeada del respeto de la Nación que la de los Montepíos y Mutualidades laborales. 

Esto se ha conseguido gracias a las dotes de honradez, de inteligencia y de patriotismo de los obreros. 

Partiendo de esta experiencia estamos animados de las mayores esperanzas. Por de pronto se han creado las Delegaciones Provinciales del Instituto Nacional de Previsión, que tienen a su cargo la administración de los seguros sociales del país. 

En esas Delegaciones, el elemento obrero es también predominante a través de la Organización Sindical. 

De esta manera España, nuestra joven Revolución, que apenas tiene quince años, camina hacia la consecución de una de las metas más justas de la justicia social: la participación de los obreros en la responsabilidad de la Empresa. 
José Antonio Girón de Velasco: Quince Años de Política Social dirigida por Franco 1951.

Sindicato vertical.

En España, durante los primeros años del franquismo, aunque el Fuero del Trabajo de 1938 anticipó los soportes de la acción sindical, sería la Ley de Unidad Sindical de 26 de enero de 1940 la clave de la organización sindical franquista y en definitiva del sindicalismo vertical expresado en la Ley de Bases de la Organización Sindical de 6 de diciembre de 1940.

La declaración no permitió dudas, unía de forma automática y obligatoria en la única CNS (Central Nacional Sindicalista) a todos los españoles en su condición de "productores".
«...La organización sindical se constituye en un orden de sindicatos industriales, agrarios y de servicios, por ramas de actividades a escala territorial y nacional que comprende a todos los factores de la producción...»
Fuero del Trabajo, punto XIII.2.
El Sindicato vertical u OSE fue fundado en 1940, como resultado de las varias legislaciones aprobadas por el régimen, aunque no celebró su primer congreso hasta marzo de 1961.

Dirigida a acabar con la autonomía que habían mantenido hasta entonces las organizaciones católicas agrarias y promovida por el entonces Delegado Nacional de Sindicatos Gerardo Salvador Merino, un camisa vieja con pasado izquierdista que durante la Guerra Civil Española fue Jefe Provincial en La Coruña, donde se había ganado fama de obrerista. Salvador pretendía crear un potente aparato sindical autónomo y capaz de encuadrar a las masas obreras.
«...La acción de los Sindicatos en las esferas nacional, provincial y local se desarrollará en la disciplina del Movimiento y bajo las jerarquías de los Mandos sindicales correspondientes de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S., que funcionarán, respecto de los Mandos Políticos del Partido, con la subordinación que establecen los Estatutos del mismo...»

Artículo 20.
La OSE fue el resultado de la fusión de las organizaciones obreras del falangismo, el tradicionalismo y las organizaciones patronales, con el fin de organizar a trabajadores, técnicos y a patrones dentro de una sola estructura vertical, similar al fascista para las relaciones laborales en un estado corporativo, que es en lo que terminó todo (aunque seguramente sea más correcto compararlo con el modelo corporativo de la dictadura de Miguel Primo de Rivera que con el modelo fascista), frente al ideal nacionalsindicalista de la Falange que en principio parecía quererse seguir (y que nunca se aplicó). En ella, todos los trabajadores, llamados “productores,” y sus patronos tenían el derecho de elegir sus representantes mediante elecciones.

En esta OSE los trabajadores y los patronos presuntamente estaban en pie de igualdad (una diferencia esencial con el Nacionalsindicalismo de la Falange, pues esta ideología diferenciaba claramente entre empresario y capitalista, poniendo en pie de igualdad al obrero y al empresario, sí, pero excluyendo siempre al capitalista y rechazando tajantamente el principio de armonización entre trabajo y capital, ya que proponía la propiedad sindical de las empresas). Por ello, las huelgas fueron prohibidas.

En aquel contexto, a comienzos de los años 60, el Partido Comunista de España (entonces clandestino) decidió una política de infiltración en la OSE, en teoría, para alcanzar los aumentos prácticos para las condiciones de los trabajadores. En realidad se trataba de aprovechar las estructuras del régimen para propiciar su caída. De ahí surgieron las Comisiones Obreras, en cuyo nacimiento tuvieron mucho que ver no sólo comunistas como Marcelino Camacho, sino también numerosos falangistas relevantes como Ceferino Maestú o Diego Márquez (posteriormente Jefe Nacional de Falange Española de las JONS).

La situación se mantiene hasta la ley Sindical 2/1971, de 17 de febrero, que estructura la Organización Sindical Española otorgándole naturaleza institucional y carácter representativo. La actividad sindical vuelve a depender del Ministerio de Relaciones Sindicales.

Al final del régimen de Franco, la OSE perdió su energía, siempre limitada y los sindicatos ilegales ganaron la fuerza (CCOO, UGT, USO, CNT, etc.). De hecho, una vez fallecido el general Franco y hasta la supresión de la OSE, la mayoría de los empresarios preferían acordar convenios y pactos de empresa con la representación de la organizaciones sindicales clandestinas que con los representantes de la OSE.



  • Sindicato Nacional de Agua, Gas y Electricidad
  • Sindicato Nacional del Azúcar
  • Sindicato Nacional de Banca y Bolsa
  • Sindicato Nacional de Cereales
  • Sindicato Nacional de Combustible
  • Sindicato Nacional de Confección
  • Sindicato Nacional de la Construcción
  • Sindicato Nacional del Espectáculo
  • Sindicato Nacional de Frutos y Productos Hortícolas
  • Sindicato Nacional de Ganadería
  • Sindicato Nacional de Hostelería y Similares
  • Sindicato Nacional de Industrias Químicas
  • Sindicato Nacional de la Madera y Corcho
  • Sindicato Nacional del Metal
  • Sindicato Nacional del Olivo
  • Sindicato Nacional de Papel, Prensa y Artes Gráficas
  • Sindicato Nacional de Pesca
  • Sindicato Nacional de la Piel
  • Sindicato Nacional de Productos Coloniales
  • Sindicato Nacional del Seguro
  • Sindicato Nacional de Textil
  • Sindicato Nacional de Transportes y Comunicaciones
  • Sindicato Nacional de la Vid, Cervezas y Bebidas
  • Sindicato Nacional del Vidrio y Cerámica
OSE en 1941 sin contar con las numerosas organizaciones que dependían de ella (como Educación y Descanso).


Al igual que la lucha de partidos, la lucha de clases es un principio totalmente condenado por el «Movimiento» franquista, heredero a ese respecto de la Falange (aunque, por otra parte, ha sacrificado en el altar de la Prosperidad varios artículos de su programa, especialmente el que preveía la nacionalización de la banca o la propiedad sindical). Por ello, la primera Carta de Derechos aprobada por el régimen, ya el 9 de marzo de 1938, fue el Fuero del Trabajo. 

Discípulos directos de José Antonio Primo de Rivera en su mayor parte, los sucesivos ministros que han ocupado ese Ministerio, al igual que los de Sindicatos, Trabajo, etc., han intentado instaurar un régimen de paz y de promoción social. 

 Organización vertical de los gremios, sindicatos únicos, sistema completo de seguridad social (creado por el Instituto Nacional de Previsión que en 1956 disponía de 7,6 millones, 1,7 del Estado y 1,15 de los  trabajadores), regidos por las Leyes de 21 de julio de 1960 y 28 de diciembre de 1963, que, el 12 de junio de 1965, se amplió a la agricultura, llegando a afectar a 28.365.725 personas (9,7 % en régimen general, 3,39 % en régimen obligatorio y 2,92 % en régimen voluntario agrícola), con un presupuesto de 225.600 millones en 1971 y 329.919 en 1972 (5/6 procedentes de las empresas, 1/6 de los trabajadores y 13.000 millones del Estado), de ayudas familiares (reforzadas por la protección de las familias numerosas el 19 de junio de 1971) y de asistencia a los ancianos (asilos, etc.) el 19 de marzo de 1970. 

Fue ésta la obra del navarro don José Luis de Arrese (ministro de la Falange apartado del gobierno el 11 de agosto de 1944, llamado de nuevo a la cartera del Movimiento del 18 de julio de 1951 al 16 de febrero de 1956 y luego a Vivienda), de don Raimundo Fernández Cuesta, primero ministro de Justicia (11 de agosto de 1944) y después del Movimiento (de 16 de febrero de 1956 a 25 de febrero de 1957), de don José Antonio Girón de Velasco, ministro de Trabajo (de 20 de mayo de 1941 a 16 de febrero de 1956), de don Fermín Sanz Orrio (ministro de Trabajo el 25 de febrero de 1957) y de don José Solís Ruiz (ministro secretario general del Movimiento de 25 de febrero de 1957 a octubre de 1969).
 

Al presentar, el 16 de febrero de 1971, una nueva Ley Sindical (que se estaba preparando desde el Congreso de Tarragona de 1968) a las Cortes, que la aprobaron por 451 votos contra 11 y seis abstenciones, el ministro de Relaciones Sindicales, don Enrique García Ramal, insistió en la importancía de la representación sindical, no sólo en las Cortes, sino también en los Consejos Municipales (17.710), en las Comisiones del Plan (1.300) y en los diversos consejos del Estado, y en el interés que ofrece su presencia activa y responsable en la creación y en la participación en los resultados y en los beneficios del desarrollo. 

En aquellos textos se limitaron los poderes del delegado nacional en relación con los que figuran en la Ley de 6 de diciembre de 1940, es decir, que tiende a relajarse el control del Movimiento sobre la pirámide sindical. 

En una entrevista a la Libre Bélgica (21 de febrero de 1974), el nuevo ministro expresó su intención de establecer una distinción entre las asociaciones patronales y obreras y de garantizar a la base una mayor autenticidad de los representantes sindicales libremente designados y de las reivindicaciones profesionales, libremente discutidas. 

Pero, en la difícil coyuntura, económica y financiera, actual, la primera preocupación del gobierno en el terreno social es mantener el pleno empleo y el nivel de vida, logrando una distribución equitativa de los ingresos, pese a los daños producidos por la inflación. 

Los tecnócratas españoles, brillantes discípulos de economistas como Walt Rostow y Samuelson —para quien la expansión se basa, como la marcha, en un desequilibrio restablecido a cada paso— no han logrado más que otros librar a su país de ese vicio profundo del mundo libre.
 

Es la única mancha que empaña la perspectiva de un período de prosperidad durante el cual España ha logrado equiparse e integrar en gran medida a sus trabajadores en las capas medias de la población e incluso a gran parte de su población rural en la industria (la industria catalana emplea mano de obra andaluza) y en el sector terciario. 
Jean Lombard.

Una lista enorme de leyes de protección de los trabajadores.

El día 20 de noviembre, Francisco Franco cumplirá un año más en la tumba. A la sazón y considerando que el Generalísimo diseñó, o más bien lo diseñaron sus colaboradores escogidos entre las mentes más brillantes de la Nación, las bases de una legislación socialmente avanzada.

Damos a conocer la lista de normas de protección del trabajador que fueron creadas durante el Régimen y perdidas con la democracia de partidos actual.

Este fue uno de los legados sociales del "dictador":

-1 de septiembre de 1939 Ley del Subsidio familiar.

-23 de septiembre de 1939 Ley del Subsidio de Vejez.

-13 de julio de 1940 Ley de Descanso dominical y días festivos.

-25 de noviembre de 1942 Ley de Patrimonios familiares.

-14 de diciembre de 1942 Seguro Obligatorio de enfermedad.

Para dar cobertura a la Ley del Seguro Obligatorio de enfermedad, se construyó, entre 1967 y 1973, una red hospitalaria, dependiente de la Seguridad Social:

-Residencias hospitalarias: 292

-Ambulatorios: 500

-Consultorios : 425

-Residencias concertadas: 96

-26 de enero de 1944 Contrato de Trabajo, vacaciones retribuidas, maternidad para las mujeres trabajadoras y garantías sindicales.

-19 de noviembre de 1944 Paga extraordinaria de Navidad.

-18 de julio de 1947 Paga extraordinaria del 18 de julio.

-14 de junio de 1950 Reforma del I.N.P. para una mejor cobertura en la acción protectora.

-22 de junio de 1956 Accidentes de Trabajo

-24 de abril de 1958 Convenios colectivos

-23 de abril de 1959 Mutualidad agraria. En esta ley se encuadran 2.300.000 trabajadores del campo, por cuenta ajena y propia.

-2 de abril de 1961 Seguro de Desempleo.

-14 de junio de 1962 Ayuda a la Ancianidad.

-28 de diciembre de 1963 Ley de Bases de la Seguridad Social.

-31 de mayo de 1966 Régimen Especial Agrario.

-2 de octubre de 1969 Ordenanza General del Campo, donde se establece la jornada laboral de 8 horas.

-20 de agosto de 1970 Mutualidad de Autónomos Agrícolas.

-23 de diciembre de 1970 Ley de Empleo Comunitario.

Así que en la ley del 9 de julio de 1976, todos los trabajadores españoles ya tenían cubiertas las siguientes contingencias por el Estado. Pasamos a enumerarlas:

-Seguro de Desempleo.

-Subsidio de Vejez.

-Invalidez permanente total.

-Invalidez absoluta.

-Gran invalidez.

-Discapacitados y Disminuidos.

-Subsidio de Ancianidad.

-Enfermedad Común no laboral.

-Accidente Común no laboral.

-Subsidio familiar.

-Protección familias numerosas.

-Asistencia farmacéutica.

-Asistencia médica.

-Asistencia hospitalaria.

-Vacaciones retribuidas.

-Pagas sobre beneficios.

-Convenios Colectivos.

-Representantes sindicales (liberados).

-Jurados de empresa.

-Representación Consejos de la administración de las empresas.

-Magistraturas de Trabajo. No existencia del despido libre.

-El poder adquisitivo del trabajador le permitía pagar una casa en propiedad en unos 10 años. En palabras de D. Blas Piñar López "Los proletarios pasaron a ser propietarios".



Auge y caída del poder sindical azul (1938-1941).


La Revolución en la Guerra.


Los intentos por crear estructuras revolucionarias de los falangistas comenzaron durante la Guerra Civil. En los primeros meses del conflicto, en el bando nacional, Falange desarrolló leyes sociales para solventar las seculares injusticias que sufrían los trabajadores españoles. Los falangistas tenían una oportunidad histórica que les habían negado las urnas y abierto los fusiles.

La ofensiva anticapitalista azul arreció cuando Dionisio Ridruejo asumió las responsabilidades de Prensa y Propaganda, auxiliado por Fermín Yzurdiaga, Román Oyarzun y Antonio Tovar. La prensa falangista

“seguía condenando, como antes, el liberalismo en todas sus formas […] denunciaban ciertos aspectos franciscanos del catolicismo o declaraban que el Papa no era infalible en cuestiones políticas… cuando, con retraso, el fascismo adquirió relevancia durante la Guerra Civil, mutaría y se sincretizaría de manera inevitable en un híbrido «fascismo frailuno»” (Payne 2006: 72).

Como ejemplo, Ridruejo acusó a Pedro Sáinz Rodríguez, que era ministro de Educación, de “haber ofrecido a la Iglesia una gran influencia en la educación”. (Payne 1997: 465)

No mentía ni se equivocaba.

Trece meses antes de terminar la guerra, el 30 de enero de 1938, Franco formó un Gobierno en el que Fernández-Cuesta asumió la cartera de Agricultura y el ingeniero Pedro González-Bueno ocupó el Ministerio de Organización y Acción Sindical.

Su departamento generó leyes avanzadas de protección social y laboral, aunque fue rebatido por algunos camisas viejas:

“Si se hubiese levantado un acta de las sesiones, lo que no creo que sucediera, se habría constatado que tanto requetés como conspicuos falangistas resultaban defensores del sindicato de clase. Paradojas” (González-Bueno 2006: 201).

Ese mismo año, el 9 de marzo, se aprueba el Fuero del Trabajo más inspirado en la encíclica Rerum Novarum que en la fascista Carta del Lavoro italiana.

González Bueno escribió sobre esos días:

“El capital era colocado en su lugar, con la declaración de que no era sino un instrumento de la producción. El trabajo no debía ser considerado una mercancía que se compra o se alquila, sino un honor para el trabajador y un derecho” (González-Bueno 2006: 156).

Más aún, los sindicatos serían el cauce de democracia política y económica: “El Fuero del Trabajo cuando se aprobó anticipaba un régimen denominado «nacional-sindicalista», en el que la Organización Sindical, por una parte, debería ser vehículo de la representatividad política del pueblo, pero por otra habría de intervenir directamente en los Ministerios económicos del Gobierno” (González-Bueno 2006: 157).

Los falangistas avanzaban en la construcción del esqueleto de un Estado durante la guerra y apenas notaron cuando lo sindical dejó de ser un Ministerio para convertirse en una Delegación.

Los sindicatos de Salvador.


El partido único FET y de las JONS (nunca llegó a ser un partido único propiamente dicho) lo controlaba el presidente de la Junta Política, Serrano Suñer, quien decidió asignar nuevamente los sindicatos al movimiento.


El 9 de septiembre de 1939, el notario Gerardo Salvador Merino, de 29 años fue nombrado delegado de Sindicatos.  

Salvador había sido herido dos veces en combate en el frente asturiano. Fue nombrado jefe comarcal de FET por Germán Álvarez de Sotomayor en junio de 1937 y jefe provincial en noviembre. Fernández-Cuesta lo destituyó por realizar una concentración en la plaza de toros de La Coruña el 24 de abril de 1938, con el lema “Abajo la burguesía”. Salvador marchó de nuevo al frente, combatiendo en Castellón, con la graduación de sargento obtenida por méritos de guerra (Moreno Juliá 2004: 45).

El delegado de Sindicatos dependía del secretario general de FET, general Muñoz Grandes, que había sido rápidamente atraído por las tesis azules más revolucionarias.

“El nombramiento de Salvador Merino es buena prueba de por dónde iban los intereses e inclinaciones políticas de Muñoz Grandes durante su paso por la Secretaría General” (Togores Sánchez 2007: 227).

Salvador se adscribía al grupo más radical de Falange, hostil a la masa derechista que ingresó en las filas falangistas y que fue mal asimilada durante la guerra. Según Manuel Penella, el secretario de Ridruejo, el general Muñoz Grandes se  

“había entendido muy bien con Gerardo Salvador Merino, hasta el punto de que había pensado lanzarse por su cuenta a la conquista de Gibraltar para poner a Franco ante un hecho consumado y obligarle a hacer la revolución” (Togores Sánchez 2007: 247).

Payne describe a Salvador, de una forma simplista, como

“nazi ardiente, cuyo objetivo era levantar un sistema sindical poderoso y relativamente autónomo como elemento decisivo del nuevo régimen” (Payne 1997: 523).

Sí era cierto que Gerardo Salvador era radical en su falangismo.  

“Lo que planeaban Salvador Merino y sus colaboradores había de ser un Nacional–sindicalismo que estuviese alejado de los sindicatos «libres» […] que correspondiera a las exigencias de la clase trabajadora española” (Ruhl 1986: 63).

En 1940 todavía era posible la revolución.

El poder de Salvador Merino creció porque pudo moverse con independencia debido a varios factores: los jerarcas miraban a otra parte; Serrano Suñer se afanaba en acaparar el control del nuevo Estado; estaba vacante la Secretaría General de FET y de las JONS tras su abandono por Muñoz Grandes y entre los falangistas existía un déficit de liderazgo.

La reestructuración sindical de Salvador fue total hasta llegar a la Ley de Unidad Sindical en la que se aseguraba el predominio de los Sindicatos que integraron a las asociaciones profesionales y empresariales. El 26 de enero de 1940 se promulgó la ley de Unidad Sindical. Los jóvenes azules la usaron para hacerse con amplias áreas de poder sindical:

“La ordenación económico social de la producción se ejerce a través de los Sindicatos Nacionales […] El jefe de cada Sindicato Nacional será nombrado por el Mando Nacional del Movimiento, a propuesta de la Delegación Nacional de Sindicatos”.

El poder sindical azul se manifestó de forma pública en una multitudinaria concentración de obreros el 31 de marzo de 1940, celebrando el primer año de paz, que marchó por el Paseo de La Castellana gritando que los trabajadores habían conquistado el poder y el Estado Sindical iba a ser implantado.

La demostración levantó las iras de sectores del Ejército y el miedo de muchos capitalistas, así como de los monárquicos.

El general Varela juró que acabaría con la carrera de Salvador.

Los tres sectores se pusieron de acuerdo en la necesidad de reducir el poder de los azules. Comenzó la pugna. Franco debilitó a los falangistas destituyendo al general Yagüe como ministro en junio. La entrevista de los dos militares fue

“un enfrentamiento en toda regla. De legionario a legionario”. (Palacios 1999: 261)

Al mes siguiente, los generales Solchaga y Orgaz se quejaron al Caudillo de los falangistas. Después también lo hicieron los generales Aranda y García Escámez en el mismo sentido, pidiendo una restauración monárquica, que aplaudían los generales Varela y Kindelán.

Los falangistas se sentían con fuerzas para vencer.

Gente próxima a Dionisio Ridruejo, en el boletín que publicaba la Delegación Provincial de Barcelona, escribía en julio de 1940:

“Encuadrados en nuestros Sindicatos existen una gran cantidad de empresas y de productores que no se encuentran en su sitio. Que están con nosotros por las circunstancias a disgusto. Su incorporación a nuestros Sindicatos ha sido su mal menor. Expresado en dos palabras: están incómodos. Denotan su casta […] caciquil, siguen haciendo política cobarde y destructora y quieren hacer cundir en otros la desanimación; pero no saben cuan lejos están de esto”.

En octubre, Salvador afirmaba que  

“dentro de muy pocos días, los Sindicatos Nacionales tendrán de hecho y por derecho atribuciones de enorme trascendencia y responsabilidad respecto a la ordenación económica nacional, con vistas a una unidad, siquiera de instrumentación, de la política económica del Estado”.

La Delegación Nacional de Sindicatos la definió Germán Álvarez de Sotomayor como “refugio o reducto último de nacional-sindicalistas” en el I Congreso Sindical, celebrado del 11 al 19 de noviembre de 1940.

Analizando la nueva ley sindical, Pío Miguel Izurzun, el delegado de sindicatos de Barcelona, con cerca de medio millón de afiliados, expresó:

“La ley termina con los jerarcas irresponsables del capitalismo, anula las fuerzas ocultas y mágicas del poderío financiero. En una palabra comienza solemnemente la verdadera Revolución Nacional contra una serie de siglos de orden antiespañol y anticatólico, […] capitalista y marxista”.

Esa ley integraba a las asociaciones de tipo gremial, fueran profesionales o empresariales en una única organización. Salvador era un revolucionario, que con la Ley de Unidad Sindical, extendió por España en 1940 una red sindical acometiendo obras sociales novedosas y avanzadas.

El descontento de los azules con los monárquicos y derechistas, a finales de ese año, llevó a Dionisio Ridruejo a hablar a

“un confidente del SD [Sicherheitsdienst, servicio de información de la Schutzstaffel, las SS nazis] de un derrocamiento político que se llevaría a cabo en breve y con probabilidades de éxito” (Ruhl 1986: 64).

En esa línea, los camisas azules (germanófilos) que rodeaban a Serrano Suñer le exigieron un golpe de timón. Había que romper con el Estado burgués y clerical, para ello necesitaban poder real. Querían la Presidencia del Gobierno, los Ministerios de Asuntos Exteriores, Gobernación y Educación; fundiendo los Ministerios de Agricultura, Comercio e Industria en uno solo de Economía. Amenazaron a Serrano con pasar a la oposición y dimitir en masa. Serrano ofreció a Salvador la cartera de Trabajo para convertirle en su aliado y, además, poder fiscalizar, desde el Gobierno, la ya poderosa Organización Sindical, pero Gerardo Salvador quería más: pidió la Secretaría General del Movimiento y los Ministerios de Gobernación y de Asuntos Exteriores, cuyo titular era Serrano.

Hans Thomsen, el representante nacionalsocialista en Madrid, preparó a Gerardo Salvador un viaje a Alemania para que conociera el Frente de Trabajo Alemán. Simultáneamente Salvador ofrecía 100.000 trabajadores a esa organización (Togores Sánchez 2007: 334).

“Como aliado para sus intenciones se ofreció, en primer lugar, la Auslandsorganization (Organización para el Extranjero) del Partido Nacional Socialista Alemán (NSDAP), que se había establecido en España durante la Guerra Civil y relacionado con los viejos falangistas” (Ruhl 1986: 19).

Salvador visitó Alemania el 29 de abril de 1941, donde se reunió con Goebbels, Ribbentrop, Funk, y Hess.

“El espionaje alemán informó de que Salvador Merino estaba involucrado en una conspiración (Yagüe, Aranda, Asensio y Muñoz Grandes) dirigida a formar un nuevo Gabinete, constituido por militares y falangistas, del que quedase excluido Serrano.” (Moreno Juliá 2004: 47).

El ministro de Propaganda del Reich, el Dr. Goebbels, anota en su diario:

“Franco y Suñer completamente entregados al clericalismo, carecen de apoyo popular; ni siquiera han comenzado a ocuparse de cuestiones sociales; hay un caos tremendo; la Falange no tiene ninguna influencia […] Esta es la imagen de un país después de una revolución que ha causado casi 2 millones de muertos. Y encima es un aliado nuestro. ¡Espantoso!”.

A su regreso, Salvador realizó el II Consejo Sindical. El nuevo secretario general de FET, José Luís Arrese, y Serrano Suñer le miraban con desconfianza. Salvador, en su alocución a Franco explicando los resultados del Consejo, exigió más poderes para los sindicatos, donde Muñoz Grandes había aconsejado que se admitiera a los obreros de cualquier procedencia, y pidió la proclamación urgente de la hegemonía absoluta de la Organización Sindical en política y economía.

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"Recuerdo que unos días antes había llegado de Alemania Gerardo Salvador Merino, delegado Nacional de Sindicatos. Y recuerdo también que en una cena a la que asistían unas cuarenta personas hizo un canto, con ciertas reservas, de la organización de los alemanes. Yo le estuve escuchando en silencio. No me gustó el asunto, así que a la salida aligeré el paso hasta alcanzarle:

-Merino, todo eso que has dicho no me parece correcto, porque estamo viviendo unos días bastante difíciles, y, por otra parte, nosotros, por nuestro propio entendimiento de la vida, no podemos aceptar determinadas cosas.

Se quedó un poco confuso y se disculpó.

Creo recordar que se había publicado en Arriba un artículo de Antonio Tovar que enrareció más una cuestión que se presentaba como de influencia del gobierno alemán o del partido Nacional-Socialista sobre el grupo más cercano a Ramón Serrano Suñer. 

El Generalísimo cortó las especulaciones enérgicamente. Según Luis Suárez Fernández:

Franco llamó a Arrese, a Miguel Primo de Rivera y los convenció de que él no era enemigo de Falange. 

Todos tenían un rasgo común; falangistas sinceros, eran más católicos que socialistas, más racionalistas que hegelianos, más españoles que ninguna otra cosa".
José Antonio Girón de Velasco: Si la Memoria no me Falla. 

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Franco dio un nuevo golpe de timón. En la reestructuración gubernamental de mayo de 1941 Girón de Velasco fue nombrado ministro de Trabajo y José Luis de Arrese secretario general de FET, para desactivar cualquier veleidad radical, a pesar de que el teniente coronel Écija avisó al Caudillo que Yagüe y Arrese conspiraban contra la Jefatura del Estado (De Diego 1991: 104).

El 7 de julio de 1941 se casó Gerardo Salvador en Barcelona, partiendo de luna de miel a Baleares. Salvador vio que el Gobierno le había consentido el discurso radical porque lo necesitaba para encuadrar al proletariado español, hasta 1939 influido por el anarcosindicalismo.

Pero Salvador sobrepasó los límites al intentar hacerse con el control de la economía nacional para obtener el poder.

El delegado nacional de Sindicatos vio reducidas sus atribuciones. Ante ello, contactó con los falangistas rebeldes, como Tarduchy y González de Canales, pero rechazó las aventuras clandestinas en que estaban implicados. Después buscó el sostén de camisas viejas mejor colocados como Pilar y Miguel Primo de Rivera, Mercedes Sanz Bachiller y Martínez de Bedoya.

Era tarde.

El Consejo de Ministros acordó la destitución de Gerardo Salvador Merino por  

“pertenencia a la masonería y a círculos socialistas durante la II República”.

Su presencia en logias masónicas nunca fue probada aunque sí muy aireada por la BBC británica.

Lo de venir del socialismo sí era cierto como el mismo Salvador había reconocido en su ficha de afiliación a Falange. Había abandonado el PSOE cuando miembros de éste atentaron contra sus padres, en mayo de 1933. Tanto él como sus más próximos colaboradores fueron expulsados de FET. Salvador fue confinado en Baleares a finales de 1941.

“La Falange de izquierdas fue relegada políticamente. Puestos de experimentación, que Franco había encomendado a la Falange, después de la Guerra Civil española fueron suprimidos” (Ruhl 1986: 174).

Había terminado el intento más serio de los falangistas (aquellos afines a la Alemania nazi) de hacerse con el poder. Conforme la Segunda Guerra Mundial se acercaba a su fin la influencia de los azules se iría reduciendo hasta el acompañamiento coreográfico.

(Queda clara la división, inconsciente aún, entre los falangistas católicos y los socialistas ateos proclives al nacional-socialismo. Es decir los "falangistas de izquierdas". Éstos últimos, con la excusa del desarrollo social, pretendían, consciente o inconscientemente, involucrar a España en la locura Hitlerista tan rechazada por José Antonio, especialmente en su aspecto racial. Éste es un lastre que aún hoy arrastran los grupos falangistas legalizados. FED)

Obras citadas:
De Diego, Álvaro. José Luis Arrese o la Falange de Franco. Editorial Actas, Madrid, 2001.
González-Bueno, Pedro. En una España cambiante. Áltera, Madrid, 2006.
Moreno Juliá, Xavier. La División Azul. Crítica, Barcelona, 2004.
Palacios, Jesús. La España totalitaria. Las raíces del franquismo: 1934-1946 Planeta, Barcelona, 1999.
Payne, Stanley. Franco y José Antonio. Planeta Barcelona, 1997.
Payne, Stanley. 40 preguntas fundamentales sobre la guerra civil. La esfera de los libros, Madrid, 2006.
Togores Sánchez, Luis Eugenio. Muñoz Grandes. La Esfera de los Libros, Madrid, 2007.
Ruhl, Klaus Jörg. Franco, Falange y III Reich. Akal, Madrid, 1986.

Adaptado del artículo original de Gustavo Morales.


 

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F.E.D. , aún respetando los logros conseguidos por la Organización Sindical Española, defiende un sindicalismo vertical totalmente falangista inspirado en el nacional-sindicalismo de José Antonio Primo de Rivera y de las primeras etapas de José Luis de Arrese. Así como la representación corporativa de los representantes electos de todas las ramas sindicales en las Cortes Orgánicas de la Nación.