La forma y el contenido de la democracia

La forma y el contenido de la democracia
"Pero si la democracia como forma ha fracasado, es, más que nada, porque no nos ha sabido proporcionar una vida verdaderamente democrática en su contenido.No caigamos en las exageraciones extremas, que traducen su odio por la superstición sufragista, en desprecio hacia todo lo democrático. La aspiración a una vida democrática, libre y apacible será siempre el punto de mira de la ciencia política, por encima de toda moda.No prevalecerán los intentos de negar derechos individuales, ganados con siglos de sacrificio. Lo que ocurre es que la ciencia tendrá que buscar, mediante construcciones de "contenido", el resultado democrático que una "forma" no ha sabido depararle. Ya sabemos que no hay que ir por el camino equivocado;busquemos, pues, otro camino"
José Antonio Primo de Rivera 16 de enero de 1931

miércoles, 6 de febrero de 2019

Falange, Partido Único y Movimiento Nacional.





Falange y Partido Único.





Los fundadores de Falange y JONS dejaron testimonio escrito de su renuncia al establecimiento de un sistema sostenido por un partido único en España. José Antonio decía, además, que no merecía la pena luchar por una forma de Estado que no fuera capaz de sostenerse por sí mismo teniendo que apoyarse en un partido político.

Dicho esto debemos aclarar que en España no se ha conocido una experiencia de verdadero partido único, ya que el Movimiento Nacional (FET-JONS) no llegó a institucionalizarse como tal, siendo un concepto más parecido al "constitucionalismo" actual, y el Estado Nacional estableció como cauces de la representación popular en las Cortes a la familia, el municipio y el sindicato, tal y como explica José Luis de Arrese más abajo, mientras que los Partidos Únicos del Comunismo, Fascismo y Nacional Socialismo fagocitaban al Estado en su interior usurpando sus funciones estando omnipresentes, además, en todas las estructuras de la sociedad.

El Movimiento Nacional es la consecuencia puntual de la guerra y de la pluralidad de ideologías que participaron en el bando nacional.

Posteriormente José Luis de Arrese propuso teorizarlo como sistema político y sus interesantes conclusiones las reproducimos completas más abajo en esta entrada.

Verdaderamente, pese a la parecida estética de los uniformes y, sobre todo, el saludo brazo en alto, aquí en España jamás se ha conocido una experiencia de partido único al estilo de la Italiana o la Alemana. Países donde el Partido sí que constituía un mecanismo de intervención en todas las instituciones del Estado por pequeñas que fuesen, e incluso, en el caso de Alemania, de intervención en la dirección de las empresas e incluso, como en todo socialismo, ¡en la vida privada de las personas! Así mismo hay que recordar que en los países comunistas el partido controla absolutamente todos los aspectos de la vida social y de la privada que, obvio es decirlo, no existe como tal.

En la declaración programática de F.E.D. se destaca nuestra posición contra el partido único.

"No queremos que triunfe un partido ni una clase sobre las demás; queremos que triunfe España"
José Antonio: Discurso en Puebla de Almuradiel 22-4-1934

"Lo corriente es que el partido sea el partido (refiriéndose a FE-JON-S como partido político durante la República). Pero, como la conciencia pública española está tan castigada por tantos partidos, la palabra partido suena mal, y como tenemos tendencia totalitaria, como la tienen los socialistas ladeamos la palabra partido y la sustituimos por Movimiento Nacional".
Interrogatorio de José Antonio Primo de Rivera.

Falange no es un Partido sino un Movimiento Político y Social que sustituye completamente el tablero de juego, una alternativa al sistema y no solo al gobierno, que lucha dentro de la legalidad.



"No hay formalidad, no hay decencia, no hay verdadera realización, ni verdaderos hechos detrás de un partido político.

Nosotros no podemos ser eso

[...] Entonces señores, qué vamos a hacer ¿copiar la fórmula fascista? 

Pues asegurarnos desde el primer momento por todas las vías, por todos los caminos y por todas las condiciones, que no seremos, de ninguna manera, un partido, un partido político henchido de promesas y falso en la realidad
Para eso ¿sabéis lo que es necesario? Esto es si cabe más importante y lleva es sí mayor responsabilidad.

Lo que es necesario, es hacer grandes cosas antes de llegar al poder. Que no vuelva a haber, un partido, ni izquierdista, ni fascista, ni de derechas, que no haga más que prometer".
Onésimo Redondo Ortega: Discurso de fusión 4-03-1934.
 


Así como un revelador testimonio de Hedilla:
 
»AL general Mola le informé, a su tiempo, que nosotros no admitíamos el partido único
como instrumento de gobierno. Era preciso sanar al país de los efectos patológicos de los partidos políticos, y con el mismo Mola, habíamos acordado la supresión posterior de esos partidos, aunque colaborasen con el Alzamiento"
.


Se refiere a que Falange estaba en contra del sistema de Partido Único y se disolvería tras la victoria al ser sustituida por el Estado Nacional y Sindical. 

Siendo Hedilla fiel a las tesis Joseantonianas y de Onésimo Redondo, en la teoría, no se comprende su relación con el nazismo en la práctica salvo por el hecho de tener un secretario personal que era espía de Hitler.

"El Movimiento Nacional no es un partido único ni un único partido". 
"En el partido único, el Estado es una mera máquina administrativa, no tiene capacidad de deliberación política, ésta corresponde al partido. El partido controla al Estado y no el Estado al partido.
Además, en el partido único hay un monolitismo dogmático y de mando, frente a la unidad articulada y el contraste de pareceres del Movimiento".


"Nuestro Régimen no se ha limitado a una tarea de tipo administrativo, de obras públicas, ni
restablecimiento de la autoridad, sino que, como consecuencia de la tremenda conmoción nacional que supuso su origen, con erradicación del régimen entonces existente, el nuestro ha llevado a cabo una total transformación de la vida pública española, creando un sistema constitucional desde la base a la cima, integrado por una serie de instituciones que dan al Sistema una vida autónoma e independiente de la de su Jefe"

"el Movimiento es la comunidad de los españoles en los ideales que alentaron las banderas que se alzaron el 18 de Julio". 
Raimundo Fernández Cuesta: La Falange, el Movimiento y el Desarrollo Político.

Lo que viene a decir que el Movimiento Nacional era el equivalente al espíritu de la Constitución actual y que los cargos públicos, aunque no fueran del Movimiento, debían jurar sobre los Principios del Movimiento como los actuales prometen sobre la Constitución.

Los Cauces de representación de la Democracia Orgánica estaban al margen de un Movimiento abierto a la mayoría y voluntario. El Movimiento era más parecido al Constitucionalismo actual que al Partido Único del Comunismo, Fascismo o Nazismo.



El Movimiento Nacional como Sistema Político.



Camaradas del Frente de Juventudes y de la Guardia de Franco:

Hace unos días, con/motivo de celebrarse en Gredos el X aniversario de la Junta Política que presidió José Antonio, decía a los camaradas allí congregados que las grandes revoluciones no se pueden realizar si los hombres encargados de llevarlas a efecto no aportan a la empresa estas dos condiciones inexcusables : un entusiasmo capaz de arrollar todas las dificultades y un conocimento exacto de la doctrina que intentan implantar.

Y decía también que pretender separar estas dos condiciones es querer adelgazar la revolución, dividiendo a sus seguidores en dos grupos igualmente ineficaces :

- el de los fanáticos, que todo 10 arreglan con invocaciones a la violencia, como el niño mal educado se encarga de responder a las preguntas con patadas en la espinilla, y

- el de los "cerebralistas que, incapaces de poner emoción en las cosas, operan sobre la doctrina como el matemático opera sobre un sistema de ecuaciones
algebraicas.

Hacer una revolución es ponerse en marcha hacia una meta determinada, y no basta empezar a andar sin saber a donde, ni renunciar a coger el camino para mejor discutir la meta; es preciso hermanar las dos cosas; y por eso, porque de nada sirve el entusiasmo si no responde a un propósito fijo, ni vale nada la doctrina que se esconde en el corazón del indiferente; vosotros, que sois los encargados, a través del Frente de Juventudes y de la Guardia de Franco, de enseñar "a los demás" una auténtica norma falangista, necesitáis más que nadie predicar lo inseparable de estas dos posturas y como el entusiasmo brota en cuanto uno siente protagonista de una gran empresa, voy a dedicar esta lección a exponeros con toda la brevedad posible cuál es esa meta que apetecemos y para la cual exigimos el riesgo y el sacrificio. 

El Movimiento Nacional, aunque les pese a quienes identifican el Estado Nacional con otras ideologías, nunca llegó a ser un Partido Único al estilo Totalitario. En España no se ha conocido la experiencia de un Partido Único.

El Movimiento Nacional no viene a implantar un Partido Político o una Dictadura, sino a lograr, un Nuevo Sistema Político.


En primer lugar, y para que no se nos confunda con esas revueltas décimonónicas que tanto han desacreditado la palabra revolución, tenemos que dejar bien sentada esta afirmación inicial:

el 18 de julio no fué para establecer un orden que guardara las vidas y las haciendas de los contribuyentes, ni siquiera para imponer un partido que disputara a los habituales de la política los restos desvaídos de unos puestos más o menos lucrativos, sino para implantar en España un nuevo modo de vivir, un nuevo sistema político que venga a dar respuesta a las inquietantes incógnitas que gravitan sobre las generaciones de nuestro siglo.

Y es interesante que empecemos por esta afirmación, porque si aspiráramos sólo a ser una dictadura o un partido político, si viniéramos únicamente a preservar a España del desorden y de la anarquía o a ocupar un turno pacífico en la inagotable merienda de la política, ni podríamos decir que para esto fué la heroica y generosa aportación de la Cruzada, ni podríamos mirar con tranquilidad de predestinados el futuro de España; porque los partidos y las dictaduras pasan, y sólo los sistemas prevalecen.

Precisamente si el liberalismo lleva siglo y medio de existencia y ha podido perdurar a pesar de las fluctuaciones políticas más heterogéneas, ha sido porque no está basado en las personas, sino en las instituciones; porque no es un partido, sino un sistema.

Nuestro propósito, en consecuencia, y quede esto bien claro para que de una vez se llegue a la ocasión de comprendernos no es vincular el Movimiento a un equipo determinado de personas, porque, como recordaba José Antonio, "no queremos servir a señor que se nos pueda morir" , sino vincularlo a una labor institucional que desemboque en la implantación de un sistema político nuevo y duradero.

Pero todo sistema: político exige tres cosas fundamentales: acertar a poner en evidencia las verdaderas causas de descomposición del sistema que ha venido a sustituir, encontrar la fórmula a un nuevo entendimiento de la vida basado en unos principios sólidos y permanentes y, por último, como toda solución que no aspira a quedarse encerrada en un tratado de filosoífa, encontrar el modo de llevar a la práctica esa doctrina mediante una legislación que permita realizar sobre ella el montaje apetecido.

Por lo tanto, estos tres han de ser los capítulos que voy a tratar de seguir en mi conferencia de hoy; y como para llegar al último, para apreciar si ese conjunto legislativo es o no la solución práctica al problema político que tiene planteado España, hay que empezar por conocer ese problema político; es decir, hay que empezar por saber, en primer lugar, cuál fué la razón de la crisis nacional que el 18 de julio nos agobiaba y conocer después la fórmula que nosotros proclamamos como única segura de rescatarnos; voy a empezar por dedicar unas palabras, muy pocas, porque no quisiera aburriros demasiado, a valorar por encima de todo ese mundo de razones que cualquier mentalidad confusa puede encontrar para explicarse el hundimiento general de los valores morales, la razón última que ha actuado como determinante esencial de la decadencia moderna; porque solamente así podremos saber si las soluciones que ha venido a implantar el Movimiento son capaces dé despertar nuestra esperanza.

La unidad y la Jerarquía, como principio y base de toda sociedad organizada.


Toda sociedad ordenada gira siempre alrededor de dos circunstancias obligadas: unidad y jerarquía.

Un pueblo no empieza a formarse hasta que no siente el imperativo de la unidad y no empieza a construirse hasta que no acepta el principio de la jerarquía.

Si nos fijamos bien, estas dos han sido las características de tocas los tiempos, y no sólo las características, sino también las determinantes de sus triunfos y de sus fracasos; con ellas el mundo llegó a la plenitud de la Edad Media; sin ellas ha caído en la Edad Moderna el caos de nuestros días, y con ellas, sólo con ellas, sólo si volvemos a organizar un mundo jerarquizado y unido, podremos remontar la cuesta arriba que nos lleve a una nueva era clásica y luminosa. Porque no existe sistema sin armonía, y toda revolución que aspire a lograr un sistema ha de empezar por implantar la armonía en sus dos características más importantes.

Ahora bien; la unidad y la jerarquía tienen una gama infinita de formas, y a nosotros sólo nos interesa fijarnos en aquellas que sean substanciales para la vida de la sociedad humana. ¿Cuáles son éstas? Si miramos al hombre desde el punto de vista trascendental, vemos que nace con un destino eterno que cumplir; vive con otros hombres dentro de una comunidad nacional y cubre las necesidades de su existencia mediante un esfuerzo laboral; luego las tres formas esenciales de la unidad son: el espiritual, el nacional y el social.

Pero estas tres unidades tienen cada una un valor distinto, y vivir dentro de un orden supone siempre una jerarquía; por lo tanto, hay que establecer la jerarquía de esos valores en la que quizás lo más difícil para el hombre de nuestros días no sea aceptar que lo secundario debe estar sometido a lo principal, sino percibir claramente que lo secundado es la materia, y lo principal, el espíritu.

Históricamente, el mundo cristiano se caracterizó y esto conviene repetirlo a menudo, porque alrededor de ello gíra toda la pugna política de los siglos, por la apetencia de este orden sustantivo.

La Edad Media consiguió en parte establecerse sobre la unidad y sobre la jerarquía. En la Edad Media existía una unidad política y social, y había, además, un sometimiento de estas dos unidades al orden espiritual. Es decir, existía lo que hoy el Movimiento ha venido a restaurar y que tan admirablemente glosó el Caudillo al decir que nosotros buscaremos la unión de lo nacional con lo social bajo el imperio de lo espiritual.

La Edad Moderna se caracteriza, en cambio, por la subversión de los pueblos contra un mundo jerarquizado, y en orden. En el fondo no es otra cosa que la ruptura de las tres unidades fundamentales en aras de una libertad que aspiraba conseguir.

Primero fué Lutero el que, levantando la bandera de la libertad religiosa, rompió la unidad espiritual y dejó sueltos los frenos de la materia.

Después fué Rousseau el que rompió la unidad de los pueblos en nombre de la libertad política, que trajo el individualismo anárquico y el sistema de partidos, y, por último,

fué Marx el que sacando las últimas consecuencias da la disgregación, rompió la unidad social con la lucha de clases.

Y así, rota la armonía del hombre con su contorno, es decir, rota la armonía del hombre con su destino, con su patria y con su prójimo, hemos llegado a esta situación caótica de la que es preciso rescatarse, si aun queremos salvar los principios de una civilización que se tambalea y que nunca llegará a restablecerse si no empezamos por restaurar de nuevo esas tres unidades que se fueron rompiendo a lo largo de la decadencia de Occidente.


Libertad; si; pero dentro de un orden.


Pues bien; ésta es la gran tarea del Movimiento nacional.

Este y no otro es el propósito que nos ha animado a emprender la marcha con alegría; no para volver a un estado social y político primitivo, ni siquiera para rechazar la teoría moderna del Equilibrio en Libertad escudándonos en la teoría clásica del Equilibrío en el Orden. ¿Cómo íbamos a hacer eso, si precisamente toda la mejor doctrina del Movimiento discurre sobre el Punto 7 de la Falange, que proclama que la dignidad humana, la integridad del hombre y su libertad son valores eternos e intangibles?

Lo que pasa es que sabemos que no hay libertad sino dentro de un orden, y queremos armonizar las dos cosas como única manera de que la libertad no nos lleve al libertinaje y a la anarquía.

Ahora está muy de moda eso de considerar la libertad como una conquista que el hombre moderno ha arrancado al oscurantismo religioso de los siglos pasados; nada de eso; la libertad no es una aportación liberal, sino una aportación cristiana, y, quizás, no esté de sobra afirmar una vez más que las famosas libertades individuales recogidas en las Constituciones liberales no son sino la secularización del viejo derecho natural cristiano.

Nuestra postura, por tanto, no será nunca la de oponernos al más amplio sentido de la libertad humana, sino la de volver a dar de nuevo contenido espiritual a esos principios secularizados, volviendo a enfocar el problema de la libertad desde su raíz religiosa.


l.-Unidad en lo espiritual.


Pero hemos dicho que no venimos solamente, a exponer las razones que han servido para hundir a la sociedad moderna en el caos de nuestros días, sino a implantar, además, un sistema nuevo, y como un sistema es, ante todo, un conjunto de soluciones concretas a un conjunto de concretas dificultades vamos a estudiar las soluciones que proponemos.

La primera que tenemos que resolver es la derivada de la ruptura de la unidad espiritual; es decir, la derivada del concepto sustancial y primario de considerar la vida humana como fin o como medio, y esto lo resolvemos nosotros volviendo por entero a la doctrina de Cristo.

En lo espiritual, el cristianismo se mueve dentro de una norma teológica. La Europa de Santo Tomás, por ejemplo, era una europa unida en la fe y en la disciplina; tenía un concepto total de la vida. Hasta los rufianes sabían que eran portadores de un alma capaz de salvarse o de condenarse, y cuando sus vidas no se ajustaban a la moral, reconocían que no estaban cumpliendo su destino eterno.

Y es que cuando la vida se mira de una manera completa todo está sometido a un orden. 

No es que deje de existir el bien y el mal, es que se sabe que el bien es bien y el mal es mal, y así, cuando el político, el sabio o el mercader se consideran a sí mismos desde todos los puntos de vista no piensan que su única misión es ganar dinero o laureles, sino ganarlos de una manera moral, porque no piensan que el negocio, el estudio, la política, sean valores independientes, sino partes de un todo inexcusable y permanente.

Para el mundo moderno la razón espiritual es una razón íntima y personal que, a lo sumo, obliga al hombre consigo mismo, si la acepta como norma de su vida; pero no con los demás, si éstos no quieren aceptarla igualmente. Y ha llegado a esta conclusión no porque desconociera que la mejor unidad de los pueblos, la más profunda y permanente, es la unidad espiritual, sino porque rota en el siglo XVI la unidad religiosa no había posibilidad de seguir pensando en ella.

En España aun podemos hablar del fin supremo del hombre y de la unidad religiosa.

Para nosotros la razón espiritual es fundamento de doctrina, no sólo porque partimos de la verdad eterna, sino además, porque la reconocemos como única posibilidad de volver a la unidad perdida, porque es la única común a todos los hombres de la tierra.


II.-Unidad en lo nacional. Solución del liberalismo al problema de participación del pueblo en su propia gobernación.


Pero, además, esta concepción completa del hombre; este considerarle no sólo como miembro de una comunidad social, sino también cómo portador de valores eternos, es la base de toda nuestra organización nacional y social.

En efecto; desde que Jesucristo dió trascendencia al hombre, descubriéndole su categoría de hijo de Dios y enseñándole el camino de la vida eterna, el hombre cristiano sabe que no solamente "tiene un ser, sino, que, además, tiene una razón de ser; que no solamente nace para vivir, sino que vive para cumplir su destino espiritual.

Por lo tanto, cuando un hombre trata de unirse a otro para vivir en sociedad, puede hacerla de dos maneras:

- o uniéndose simplemente para convivir con él, si piensa en el hecho circunstancial de su coexistencia,

- o uniéndose para mejor cumplir el fin supremo de su vida, si piensa que, además, tiene con ese otro hombre una comunidad de destino.

El mundo moderno se ha basado en la primera de las dos razones; nosotros queremos basarnos en la segunda .

El mundo moderno (y al hablar así me voy a -referir primeramente al sistema liberal, por ser el primero que llevó a la práctica política la teoría del hombre circunstancial; pero luego hablaré también del sistema marxista) parte de que en la comunidad social el hombre sólo puede ser considerado como un ser físico, que por vivir con otros hombres en sociedad, tiene que establecer con ellos un contrato social para soportarse mutuamente.

Es decir; el Iiberalismo deshumaniza al hombre y lo considera únicamente desde el punto de vista de contratante jurídico, que como tal se reúne con otros para formar una especie de sociedad anónima que se llamará Estado, y para establecer la forma de administrarla.

Para el hombre liberal, el poder dimana del individuo, porque es el individuo el que forma esa sociedad en un acto libre de dominio y sin otras, razones para obligarse que su propia voluntad, y lógicamente de esta manera de constituirse se deducen sus dos características principales:

Primera. Como el hombre no aporta a esa sociedad su propio destino ni sus obligaciones para con Dios, no reconoce las limitaciones que de ello se deducen, y, por tanto, dentro de esa sociedad se puede poner a discusión todo lo que se quiera, incluso, como decía José Antonio, «si Dios existe o no existe, si la Patria debe permanecer o si es mejor que en un momento dado se suicide».

Segunda. Como su calidad de contratante se debe a que todos son igualmente ciudadanos, todos tienen igual derecho a participar en cualquier discusión, sin que para un asunto agrícola, por ejemplo, pueda valer más el voto de un agricultor que el de un ferroviario.

Por lo tanto, con estos dos principios la participación del pueblo en las tareas del Estado liberal tiene que ser forzosamente a través del sufragio universal e inorgánico. .,

Pero aun hay otra consecuencia que acaba de poner en evidencia la ruptura de la unidad política de los pueblos, y es la creación de los partidos políticos.

Los partidos políticos no nacen en el sistema liberal por generación espontánea, ni siquiera como esencia doctrinaria de la Revolución francesa, sino como único modo de llevar a la práctica el sufragio universal; para un filósofo francés del siglo XVIII, el partido político era una herejía; pero para un gobernante liberal de principios del siglo XIX era lo que hoy pudiéramos llamar el mar menor y necesario del sufragio universal,

Porque el sufragio universal es en sí una fórmula inaplicable: si un hombre es un voto, un millón de hombres puede ser un millón de votos distintos, y, por lo tanto, para no acabar en la anarquía hay que empezar por recortar esa Iibertad, que en teoría parecia perfecta, y eliminar al que de antemano no se haya puesto de acuerdo con otros para participar en la votación.

Como veis, esto destruye por completo el principio de libertad de expresión que se ha querido implantar; pero, además, trae a la política dos consecuencias igualmente funestas:

- una, la ruptura de la unidad de los pueblos, dividiéndolos en grupos irreconciliables;

- otra, la negación de la propia personalidad del hombre; porque si se proclama que todos pueden opinar de todo, pero al mismo tiempo se dice que solo sirve la opinión del que antes haya conseguido ponerse de acuerdo con la mayoría, como para lograr este acuerdo ha tenido que ir despojándose de todo lo que no era compartido por los demás, resulta que poner en práctica el derecho soberano supone previamente recortar la propia soberanía personal.


Solución del marxismo.


Este es el modo que ha encontrado el sistema liberal para que el pueblo participe en la administración del Estado.

Ahora bien, ¿cuál es el que propugna el sistema marxista?

El marxismo parte también del concepto materialista de considerar, al hombre únicamente como ser físico, y acepta, en consecuencia, el sufragio universal; pero tiene una diferencia fundamental en cuanto al procedimiento de llevar a la práctica la aplicación de este principio.

Para el marxismo, la fórmula liberal de montar el sistema de expresión, popular sobre partidos políticos y no sobre partidos sociales, no es más que una habilidad capitalista para escamotear al obrero la mayoría electoral.

Cree el marxismo que con esa fórmula no solamente no se logra cumplir el propósito de que gobierne la mayoría, sino que está inventada, precisamente, para que no se logre jamás; y raciocinan de esta manera:

Si el liberalismo pretendiera honradamente conocer dónde está la mayoría electoral, no acudiría al expediente de la política, pues de antemano sabe que lo que interesa a las masas no es el problema político, sino el problema social.

Lo que pasa es que el liberalismo es un sistema burgués, y como la burguesía es una minoría insignificante frente a la gran masa proletaria, necesita inventar esa falsedad de los partidos políticos para hacer en ellos todas las combinaciones y habilidades que convengan y, sobre todo, para que no se vea precisado a aceptar la batalla en un terreno en el que fatalmente ha de perder, porque está dividido en dos únicos bandos: el capitalista y el proletario.

Por tanto -dice el marxismo-, hay que llegar a que el pueblo participe en su propia gobernación a través de los partidos sociales, como único procedimiento de que venza el más numeroso, y no el más hábil o el que más medios de corrupción tiene.

Y así es cómo el marxismo, acusando al sistema liberal de no cumplir sus propíos principios, consigue lograr, sin más que sustituir los partidos políticos por los partidos sociales, una mayoría tan absoluta que le permite, en nombre de la más pura democracia, llegar a la mayor negación de la doctrina democrática: a la dictadura del proletariado.


Solución del Movimiento Nacional.


Hemos visto las dos maneras de participación del pueblo en las tareas de gobierno que han aportado a la política el liberalismo y el marxismo, y hemos, visto también que las dos acaban dividiendo a la sociedad en partidos o en clases: veamos ahora de qué manera establece el Movimiento Nacional esa participación y si esta manera nuestra restaura, al fin, la unidad nacional.

En primer lugar, nosotros partimos, como hemos dicho antes, del hombre total, del hombre que no sólo está en el mundo para vivir, sino también para cumplir un destino de salvación, y

en segundo lugar, como la sociedad estatal puede tener fines más o menos ocasionales, pero sólo uno puede ser su fin supremo, el que coincida con el fin supremo del hombre, no podemos organizarla como el sistema liberal, abdicando de este principio fundamental, sino llevándole a la práctica, como cosa que por ser común a todos los hombres del universo es la única que nos puede llevar a encontrar esa unidad de destino en, lo universal que quería José Antonio.

Por tanto, nosotros empezamos por rechazar el sufragio universal, y como los partidos políticos no son la esencia, sino la consecuencia del sufragio universal, no tenemos necesidad de llegar a ellos para nada.

Ahora bien; los partidos tenían la misión de servir de cauce a la expresión popular, y si no negáramos nosotros a montar otro cauce, prácticamente habríamos montado nuestro sistema en la utopía como en la utopía lo hubieran montado los liberales si se hubieran conformado con proclamar el derecho al sufragio universal y no hubieran inventado el cauce de los partidos políticos; por tanto, a nosotros no nos basta la declaración platónica de la trascendencia del hombre frente a la intrascendencia del ciudadano, sino que tenemos que llegar a su última consecuencia, y esto lo logramos estableciendo que la participación del pueblo en las tareas del Estado se realice a través de la Familia, el Sindicato y el Municipio.

Fijaos bien, que no decimos a través de la Falange, como tantos otros suponen al consideramos acaparadores del Poder estatal, y no lo decimos, porque si lo dijéramos habríamos caído en el mismo defecto anterior, y en vez de venir a unir vendríamos también a separar al excluir de esa participación al que no quisiera afiliarse a nuestra organización como no quiso antes afiliarse a ningún partido; pero es que, además, al considerar a la Falange como cauce de expresión, habríamos caído en la incongruencia de fundar un partido sin necesidad alguna, puesto que ya hemos visto que los partidos nacen de la necesidad de llevar a la práctica el sufragio universal, cosa que nosotros no aceptamos.

Y elegimos como cauce de expresión la Familia, el Sindicato y el Municipio, porque queremos que sea tan permanente, que sirva para dar continuidad a los altos destinos del hombre, y queremos que sea tan amplio, que en él coincidan todos los que viven en una nación, incluso aquellos que no deseen entrar en política.

Si nos fijamos bien, vemos que para el cumplimiento de su doble función individual y colectiva, el hombre no acude al artilugio estrecho de los partidos políticos, sino al cauce permanente y humano del hogar que forma, de la labor que realiza y de la localidad que habita; por lo tanto, si la Familia; el Sindicato y el Municipio son las sociedades naturales que el hombre forma de un modo espontáneo, ¿por qué cuando no está obligado a solucionar el defecto anárquico del sufragio universal e inorgánico vamos a acudir al procedimíento de los partidos para administrar una sociedad como la estatal, que es, precisamente, la unión de las tres sociedades naturales del hombre?

Además, el partido político no solamente es inservible para la total interpretación de la vida e inadecuado para sistemas que organicen la participación del pueblo de otra manera distinta, sino que es también inadaptable al fogoso temperamento español.

Es posible que una manera de ser distinta de la nuestra, una manera de ser fría y disciplinada, pudiera valerse de esta fórmula de expresión, pero si alguien piensa que el carácter español se presta a ello, que coja las actas de las sesiones de las Cortes y

- diga si el sistema parlamentario ha proporcionado a España días de gloria o de dolor;

- que digan aquellas paredes del Congreso de los Diputados, si es que todavía guardan el recuerdo escandaloso de otros tiempos, la rabia de los pocos españoles sanos que se sentaron en sus escaños al ver que mientras España, estaba sin hacer se dedicaba el tiempo al burdo juego de la zancadilla y de la pirueta.


Camino ya recorrido en la realización de este sistema.


Esta es la solución que desde hace cuatro años está llevando a la práctica el régimen español.

Nuestro deseo, una vez proclamado el principio de participación del pueblo en las tareas del Estado a través de la familia, el Sindicato y el Municipio, hubiera sido realizar primero las elecciones municipales, que eran las que ofrecían mayores facilidades; continuar después por las elecciones sindicales, ya más difíciles de hacer no sólo por lo que suponían de improvisación del sistema, sino porque exigían, además, el esfuerzo inmenso de montar una organización sindical que se extendiera a 9.000 pueblos, y acabar, por último, celebrando dentro de los Sindicatos y de los Ayuntamientos así formados la elección final, que había de llevar a los representantes de unos y de otros organismos a formar parte de las Cortes Españolas.

Las exigencias de una guerra exterior y la dificultad de confeccionar una legislación tan delicada en momentos en que todas nuestras energías habían de estar dirigidas a salvaguardar la neutralidad española, hicieron que empezáramos por el final, y para dejar cuanto antes de vivir en régimen de excepción, empezamos hace tres años por proclamar en el Consejo Nacional la formación de las Cortes, que si aun no eran de representación popular, estaban al menos formadas con los ingredientes fundamentales de los Procuradores municipales y sindicales, libremente seleccionados.

Un año después, en el propio Consejo Nacional, fueron anunciadas las elecciones sindicales, que exigían el gigantesco y callado esfuerzo de todos los magníficos colaboradores de la Delegación Nacional de Sindicatos, en lucha, unas veces contra la indiferencia, otras, contra la hostilidad, y después de proclamar hace un año también en el Consejo Nacional y también el 17 de julio, el decreto de las Hermandades Sindicales, paso necesario para llevar la red sindical a los pueblos de España, se verificaron aquellas espléndidas elecciones, que todos recordaréis, en las que se demostró a un mundo que se obstinaba en desconocer nuestros avances, quizás porque de este modo creyó que nuestra Revolución quedaría paralizada, que mientras él se hallaba entretenido en el inútil juego de no enterarse, el 90 por 100 del censo laboral había entrado con entusiasmo en el régimen de Franco.

Para dentro de unos días el régimen espera proclamar un nuevo avance legislativo fundamental: el Código de Administración Local, que ha de permitir celebrar las elecciones municipales y que las Cortes actuales sean renovadas al final de su mandato, por otras Cortes, si no más limpias y laboriosas, formadas, al menos, por la libre participación del pueblo.

Y ved así cómo paso a paso habremos llegado al establecimiento de un régimen enteramente popular, sin que nos hayamos dejado impresionar por los que, incapaces de comprender las grandes revoluciones, se empeñaban en vernos reducidos al papel de interinos, o por aquellos otros que, más capacitados, pero menos propicios a nuestra labor, procuraron poner todas las dificultades posibles para que no logremos salir del régimen que vinimos a sustituir.


III Unidad en lo social. Solución del capitalismo al problema económico-social.


Y pasemos ya a la tercera unidad que tenemos que restaurar para volver a ordenar los principios fundamentales de la sociedad: la unidad social.

No voy a hacer historia de cómo se produjo la ruptura de esta última ocasión que el mundo tuvo para llegar a una inteligencia, porque todos sabéis que la causa primera no estuvo en la aparición de la máquina, sino en la eterna cuestión esencial que preside toda la decadencia de Occidente: en la deshumanización del hombre.

Si la máquina llega a venir en un momento de plenitud doctrinaria, cuando se tenía un auténtico concepto jerárquico de los valores, a buen seguro que no hubiera provocado el hundimiento de las bases sustantívas de la convivencia social: hubiera, sí, revolucionado la economía; pero se hubiera seguido sabiendo que lo fundamental era el hombre, y esa economía nueva se hubiera montado sobre el principio básico de que no se hizo el hombre para el dinero, sino el dinero para el hombre.

Pero entonces estaba en todo su apogeo la teoría de que el hombre no aporta a cada acto de su vida su personalidad entera e indivisible, sino simplemente la derivada de su acción; es decir, que el hombre "Cuando trabaja, no es un hombre total compuesto de alma y de cuerpo, con deberes y derechos ineludibles, sino un esfuerzo físico que se compra y que se vende".

Por eso, el economista liberal, cuando trató de solucionar el problema creado por la aparición de la máquina, vió el hombre tan intrascendente al lado del capital, que no pensó en otra cosa que en el factor financiero para fundar el sistema capitalista. Porque el capitalismo no es, como muchos de sus defensores, por falta de argumentos, se han empeñado en presentarlo, un sistema que propugna el reconocimiento de los derechos del capital; es una teoría que, olvidando en absoluto los derechos del hombre, los atribuye todos al dinero empresario.

Para el capitalismo, la producción se debe única y exclusivamente al dinero; no sólo porque el montaje de la Empresa en todos sus aspectos y los riesgos de la ganancia y de la pérdida corren a su cargo, sino porque el obrero no es otra cosa que un abastecedor más de su trabajo, lo mismo que otros abastecedores proporcionan otras mercancías, lo cual determina,

en primer lugar, que el obrero, al cobrar el importe de su trabajo, queda saldado y sin derecho alguno a lo que con ello se produzca, y,

en segundo lugar, que el capital, como único productor, se transforme también en único dueño de los beneficios producidos.


Solución del socialismo.


Contra esa fórmula inhumana se levantó Marx en 1848.

Pero el marxismo no es una fórmula profunda que intenta rescatar al hombre del caos en que había caído, sino otra fórmula insustancial que parte también del principio materialista; para el marxismo, la situación anterior es mala, no en cuanto que niega al hombre y divide a la sociedad en clases, sino en cuanto que en esas clases la dueña de todos los beneficios es una, en vez de ser la otra.

Así, frente a la teoría capitalista de que el dinero es el único que produce, y que, por tanto, son del capital todos los beneficios producidos, levanta la teoría, de que el único que produce es el esfuerzo manual y colectivo, y que, por tanto, los beneficios de la producción son del proletariado; frente al error capitalista de desconocer la existencia del esfuerzo manual y técnico como elementos productores, levanta el error de desconocer la existencia del capital y la técnica.

No hay en todo el marxismo ni un solo intento de recuperación humana, porque ni siquiera cuando sale en defensa del proletariado sale en defensa del obrero-hombre, sino del obrero-número, que es preciso sumar con todos los demás números para llegar a ese único productor que descubre el marxismo: el esfuerzo manual y colectivo.

De modo que el marxismo, que pudo estar tan cerca -y éste fué su mayor éxito inicial- de representar una sublevación en defensa del hombre, representó, por el contrario, el último paso de la deshumanización; el hundimiento del obrero en una colectividad anónima y rencorosa; es como si ante esa sociedad anónima que inventó el mundo bancario hubiera querido levantar otra sociedad anónima más potente que la del dinero: la de la masa impersonal de la colectividad marxista.

Y fijaos bien cómo en cuanto el hombre desaparece surgen todas las tremendas tragedias de nuestro siglo:

- cuando el patrono, aquel ser humano y tangible, desapareció detrás de unos títulos de cotización que se llamaron acciones al portador, la empresa se volvió de espaldas a la angustia de sus obreros y vino el período más triste de la vida social;

- pero cuando además el obrero dejó de tener una personalidad definida para convertirse en un carnet más de esa tremenda y glacial colectividad socialista, entonces vino la lucha más cruel y despiadada que han conocido los siglos.

Esta es la desnuda verdad.

Tal como está planteada hoy la economía liberal, no puede haber inteligencia posible entre el capital y la mano de obra; ni el capitalista puede sentir la angustia de los obreros, porque no tiene otra misión que ganar dinero y hacer que se coticen bien sus acciones en Bolsa, ni el obrero puede tener afecto a la fábrica, porque en ella no es más que una pieza de fácil recambio, y muchas veces de más fácil recambio que cualquier pieza, si piensa en la cola de obreros parados que están esperando a que él les deje su plaza.



Solución del Movimiento Nacional.



No es que propugnemos la vuelta al taller rudimentario y el arado romano; bien sabemos que la sociedad anónima es la fórmula única desde el momento en que la magnitud de la empresa moderna rebasa el alcance de cualquier fortuna particular y precisa acudir a la aportación de muchos; pero que no se convierta también en una fórmula de deshumanización de la empresa.

Es preciso volver al hombre, y sólo partiendo de este principio fundamental podremos resolver el problema económico y establecer más sólidas bases de convivencia.

Esto es lo que viene a hacer el Movimiento Nacional.

Nosotros, al contrario de los sistemas materialistas que pretendieron resolver la economía convencidos de que sólo abarcaba un problema económico; sabemos que en ella se encierra principalmente un hondo problema humano y este problema humano o lo tenemos presente desde un principio o se nos llega luego como al capitalismo le llegó el problema social.

Y así, frente a los que divinizan la materia y elevan el dinero, el esfuerzo mecánico a la categoría de productores, nosotros afirmamos que el que produce es el hombre;

- unas veces, como dueño de un dinero que aporta a la constitución de una empresa;

- otras, como aportador de un esfuerzo muscular;

pero siempre el hombre.

Y frente a los que creen. que el único que produce es el capital, o los que defienden que la producción se debe únicamente al esfuerzo manual y colectivo, nosotros afirmamos que los tres factores son igualmente esenciales e inseparables para la producción.

Estas dos condiciones, por lo tanto, son las que caracterizan el programa económico-social del Movimiento Nacional español;

sobre la primera, sobre la vuelta al hombre, no es preciso seguir argumentando; basta lo que ya hemos dicho hasta aquí para convencemos de su importancia;

sobre la segunda; sobre la de considerar necesarios e inseparables los tres factores de la producción, aunque es igualmente evidente, voy a hacer unas ligeras consideraciones.

Se trata de saber si para producir una cosa, por rudimentaria que sea, podemos prescindir de la aportación que el hombre realiza a través del capital, la técnica o 1a mano de obra, o, más sencillamente, si podemos al menos, prescindir de alguna de las tres aportaciones.

Pues bien; para convencernos de ello basta considerar esta pregunta que a muchos parecerá ingenua y hasta simple: si almacenamos las materias primas y las mejores máquinas, sin que sobre ellas se proyecte la acción técnica o manual, o si ponemos a todo este esfuerzo trabajando en el vacío, ¿se logrará alguna vez producir una mercancía cualquiera?

Entonces, si ni el dinero es capaz de producjr por sí solo, ni el esfuerzo físico, por mucho que le sumemos con otros esfuerzos físicos, ¿a qué vienen los sistemas capitalistas y marxistas diciendo que son ellos los que producen? Y si los tres son elementos inseparables de la producción, ¿a qué vienen queriendo atribuir los beneficios producidos a uno solo y no a todos, como es de justicia?

Nosotros afirmamos que la producción es el resultado obtenido por el esfuerzo combinado del capital, la técnica y la mano de obra, y de esta afirmación sacamos dos consecuencías:

primera, que hay que organizar la empresa no como la concibe el régimen capitalista, para el que la empresa es sólo el capital, sin intervención alguna del técnico y del obrero, sino considerándolo como una comunidad de aportaciones de los tres grupos productores;

segunda, que hay que reconocer el derecho de estos tres a participar en los beneficios de la producción.

Toda la organización siudical está basada en estas dos cosas.

Sin la primera jamás lograríamos nada; incluso nuestros Sindicatos Verticales sobraban, porque están basados precisamente en esta común cualidad de productores, que permite pensar en un solo Sindicato y no en varios, como se ven obligados a aceptar los que creen que la empresa no es una sociedad de aportaciones.

Sin la segunda, la revolución económico-social no llegaría nunca a un resultado práctico.

Y estas dos consecuencias parten, como hemos dicho de la afirmación inicial, es decir, de considerar que el trabajador manual no "vende", sino "aporta" su trabajo; es socio que, unido al que aporta su esfuerzo financiero y el que aporta su preparación técnica, forma con ellos una sociedad destinada a producir y en la que, por tanto, los tres son igualmente productores y los tres son partícipes de los beneficios producidos, sin que, una vez pagado el interés al capital, el sueldo al técnico y el salario al obrero, pueda considerarse al accionista único beneficiario, como proclama el capitalismo, ni tampoco la colectividad social como quiere el marxismo, sino los tres socios productores.

Y así es cómo la Falange consigue sujetar a la unidad este otro principio esencial que quedó suelto en el gran desastre de la decadencia moderna.

El capitalismo liberal, con su política de injusticia, trajo las clases, y el marxismo sacó la consecuencia natural de que las clases no sirven si no es para luchar unas contra otras.

Nosotros, en cambio, volvemos a la unidad social por el único camino eficaz para que no haya lucha: por el camino que elimina las clases reconociendo a todos igualmente productores.

Y así hacemos nuestros Sindicatos Verticales, en los que, naturalmente, se conservarán las jerarquías laborales, porque la jerarquía está basada en el principio natural de las diferentes cualidades humanas, pero no las clases, que se basan en el principio artificial de las diferencias económicas del hombre,

Además, nuestros sindicatos agrupan en uno solo a los patronos, a los técnicos y a los obreros, porque ya no hay entre ellos diferentes fines, sino uno mismo; producir y lucrarse con los beneficios producidos, y al reconocer que la producción se debe al esfuerzo combinado de los tres elementos productores, no solamente eliminamos totalmente la idea de divisiones y de luchas, sino que, además, conseguimos que el empresario, el técnico y el obrero no se miren como poderes antagónicos y usurpadores cada uno de los derechos del otro, sino como socios de una sociedad a la que uno aporta su dinero, y el otro su esfuerzo manual, y el otro su preparación técnica, y en el que los tres ponen sus ilusiones.

Antes hemos dicho que al obrero sólo le importaba su jornal; ahora podemos decir que en nuestro régimen le importará, además, el rendimiento y hasta la cotización en Bolsa de las acciones, ya que, en definitiva, lo que nosotros propugnamos es lo más parecido a una cooperativa económica montada por medio del accionariado del trabajo.

Yo no sé si con nuestro procedimiento se podrán hacer tantas fortunas colosales y especulativas; lo que sí sé es que la vida será más humana y que el hombre no se sentirá enemigo de su semejante.


Revolución y civilización.


Como veis por lo que os acabo de decir, nuestra Revolución social no consiste, como muchos malintencionados se recrean en afirmar, en el gran número de avances sociales que hemos logrado; tenemos, sí, en el orden asistencial el orgullo de marchar también a la cabeza del mundo, gracias al magnífico esfuerzo, digno de todo aplauso, del Ministerio de Trabajo y de la Organización Sindical; pero si nuestra labor se hubiera reducido a elevar el nivel de vida de los trabajadores sin intentar al mismo tiempo rescatarlo del caos social en el que le había hundido el capitalismo y el marxismo; si nosotros no viniéramos a proporcionarle sobre todas las cosas un sistema redentor y definitivo, en realidad habríamos equivocado el camino, porque todo eso no es objeto de revolución, sino de civilización.

Cuando a una población se dota de todos los adelantos sanitarios y deportivos actuales no se dice que con ello han cambiado los principios básicos en que se asienta su vida, sino que se ha incorporado al nivel civilizador de nuestros tiempos, y de la misma manera, cuando hablamos de la cuestión obrera tenemos que distinguir igualmente dos tareas a realizar:

una que atañe a la labor física de incorporar a la masa trabajadora, que se había quedado tan atrás en siglo y medio de abandono, a la altura que le corresponde como a cualquier otro ser humano, y

otra, que entra ya en la metafísica del problema social, consiste en entronizar un sistema justo sobre las ruinas de esta sociedad, que se desmorona porque está basada en la indiferencia, en la insolidaridad y en el odio.

En realidad esta diferencia es la que siempre ha habido entre lo espectacular y lo verdadero; es la que hay entre un Carlos III, por ejemplo, constructor y laborioso, pero únicamente hacedor de caminos reales y de edificios públicos, y un Caudillo, Franco, artífice, además, de una nueva concepción de vida justa, eficaz y humana.


El camíno de Franco es el único capaz de salvar a España.


Camaradas, hemos estudiado los tres pilares fundamentales de nuestra Revolución con el mimo del que sabe que de ello depende el porvenir de España. Toda la historia del hombre cristiano es una continua lucha alrededor de estas tres unidades esenciales, y a lo largo de esta conferencia habéis podido ver, casi en un esquema comparativo, las características-fundamentales de los tres sistemas políticos que se han proyectado sobre la historia de España en los últimos cincuenta años.

Para lograr la primera de las tres unidades hemos adoptado la fórmula, espiritual del hombre portador de valores eternos, mientras el liberalismo y el marxismo han escogido la fórmula material del ciudadano individual o del ciudadano colectivo.

Para la segunda unidad hemos establecido nosotros la participación del pueblo en las tareas del Estado a través de la Familia, el Sindicato y el Municipio, frente al liberalismo y al marxismo, que la establecen a través de los partidos políticos o de los partidos sociales.

Para la tercera unidad proclamamos que la producción se debe al esfuerzo combinado del empresario, el técnico y el obrero, mientras el liberalismo y el marxismo creen que el único que produce es el capital o el esfuerzo manual y colectivo.

Como veis, el Movimiento Nacional es un sistema de soluciones originales, y nada más disparatado que creer de nosotros que, teniendo esta doctrina maravillosa, hemos venido a jugar a los partidos políticos en lugar de dedicar nuestra labor y nuestro tiempo a implantar el Movimiento Nacional en toda su limpia y absoluta trascendencia.

Ante nosotros, por lo tanto, pueblo español y teológico, se ofrecen dos caminos como dos promesas a elegir:

- o el camino de volver, consciente o inconscientemente, la mirada a los sistemas que nos trajeron la desunión

- o la barbarie, y el de rescatarnos enérgicamente de todo aquello, escapándonos hacia Dios por arriba, que es el único hueco que aun nos queda para lograr una nueva edad de plenitud.

Y como sabemos que toda vuelta a lo pasado tiene en España un solo final, que se llama comunismo, y no queremos caer en el desastre universal de la barbarie soviética, no tenemos otro camino, incluso desde el punto de vista egoísta, que seguir con Franco por la ruta prometedora del 18 de julio.

Todo lo demás son fórmulas intermedias que no sirven para cubrir la tremenda desnudez de esta disyuntiva; los coqueteos frívolos, las fórmulas de transigencia, las políticas de debilidad comprensiva son maneras de acortar distancias entre las dos concepciones en pugna; son puentes que se tienden de una a otra orilla, y que servirán para que el enemigo encuentre la manera fácil de entrar en nuestro reducto, pero no para traer la más pequeña solución a la tremenda inquietud de nuestros días,

Cuando el mundo se desquicia de nada sirven los paños calientes y las medias tintas; cuando la vida está planteada entre el ser o el no ser, no vale empeñarse en buscar una solución híbrida.

Claro está que a todos nos gustaría más una vida fácil y despreocupada; pero la descarnada y fría verdad de nuestros días no se presenta como nosotros quisiéramos que se presentara, sino como una tremenda interrogante que, imposible de esquivar, no admite más que una de estas dos contestaciones: el comunismo o nosotros.

Y como nosotros nos afanamos por salvar a España, de la catástrofe comunista; como nosotros aspiramos a dar una fórmula que sirva en esta desvencijada ocasión para encontrar de nuevo aquella unidad y aquel orden que en otros tiempos dieron plenitud y gracia a las edades clásicas, como nosotros no hemos venido, a ocupar un turno en la ya demasiado abundante cola de aspirantes a cargos públicos, sino a hacer un Movimiento popular que logre implantar un sistema nuevo y duradero, no tenemos más que esta solución:

empeñarnos en llevar a la práctica la solución española, en la seguridad de que estamos sirviendo al histórico destino de los españoles que siempre han tenido la misión de ser ellos en último término los encargados de poner ante los ojos desorbitados de un mundo nublado por el odio, las razones que tiene para volverse a unir en la gran empresa de cristianizar la vida.

¡Arriba España! ¡Viva Franco!

José Luis de Arrese: El Movimiento Nacional como sistema político (1945).









Cuéntame...Lo que no nos cuentan.

   

 

El propósito del Movimiento Nacional no fue otro que rescatar a España.



Quiero declarar aquí que fui testigo del inicio del Alzamiento Nacional el 18 de julio de 1936. Tenía sólo 10 años, pero el alboroto, el sobresalto y la anarquía llegaban por aquel entonces a las proximidades de mi casa. 

En esa tarde del 18 de julio permanecí en mi pequeño jardín con un íntimo amigo que se llamaba Enrique Morante Villegas, que años después y a edad muy joven, marchó a la División Azul.

Aquella tarde comenzamos a escuchar disparos que él atribuía a fuegos de artificio. Sólo unas horas después, Enrique Morante tuvo que presenciar el asesinato de su padre que fue arrojado por un balcón de la vivienda que habitaban por una miliciana enardecida y rencorosa. Nunca tuvo una palabra de rencor y de odio hacia los que habían asesinado a su padre. Mantenía una actitud de fidelidad a nuestros símbolos primeros. 

Él y yo habíamos pintado en la fachada las flechas rojas que unos amigos mayores nos habían mostrado. Nos parecía que llevábamos a cabo una heroicidad.

El 18 de julio que yo presencié en Málaga fue una explosión revolucionaria donde el eco del rencor y la muerte invadió toda la ciudad. 

Todas las noches, desde mi casa, oíamos los disparos de un lugar cercano donde caían fusilados cientos de malagueños. Aún recuerdo las largas colas de mujeres y hombres que iban a ensañarse con los cadáveres. Mis ojos no daban crédito. 
No entro a considerar las razones de aquellas huestes bárbaras y devastadoras. Posiblemente era el resultado de muchos años de escandalosa injusticia social, aventado por los comisarios políticos de la Komintern.

Pasados siete meses, Málaga fue liberada de aquella situación insostenible. España entera había sufrido análogas y dramáticas circunstancias. Ya se había declarado una guerra entre hermanos y en las trincheras unos alababan la patria y otros maldecían su existencia

Yo defiendo con toda mi alma la justicia de aquel alzamiento militar. No niego que hubiese razones en las que el bando contrario encontrase una justificación de sus posiciones, pero lo cierto es que España estaba dividida en dos mitades irreconciliables y no era posible la paz.

El Alzamiento no fue un intento grosero de liquidar al oponente, sino una necesidad imperiosa de defender a la patria y a la fe frente a quienes las perseguían con saña inusitada quemando iglesias, asesinando brutalmente a religiosos y seglares y exaltando la Unión Soviética frente a la propia patria. 

El propósito del movimiento nacional no fue otro que rescatar a España del riesgo cierto de caer en manos del comunismo libertario. Ante esa situación, españoles de muy diversa condición se unieron en la defensa de Dios y de España en torno al Ejército, la Falange y el Requeté, haciendo de su vida una generosa ofrenda.

Para mí, que era entonces muy pequeño, el 18 de julio fue al principio una espina que atravesaba mi corazón sin paliativos, pero hoy es un recuerdo vigoroso y gallardo, sobre todo frente a los que se empeñan en extender día tras día la gran mentira sobre el movimiento nacional y el 18 de julio. Nadie niega que aquella situación fuera durísima y que en una parte y en la otra se produjeran situaciones injustificables. 

Pero no perdamos nunca de vista que la idea de la salvación de España estuvo en un lugar mientras que en el otro, su destrucción y su aniquilamiento eran las consignas. El clamor extendido en Madrid del ¡Viva Rusia! y el ensalzamiento del materialismo marxista, fueron las claves que explican que España tuviese que ofrecer al mundo la primera derrota del comunismo internacional.

Hoy pedimos a Dios que no vuelvan otra vez tiempos de ensañamientos y de beligerancias sino que nos incorporemos de verdad a una tarea común con olvido de trágicas situaciones superadas. Reina la paz en España, pero en el horizonte de nuestra patria están cuajando densos nubarrones en los que aflora la mentira, la falsedad y la injusticia. 

Si hubo un grito unánime y vigoroso en aquellos días aciagos de mi infancia fue el de ¡Arriba España!

Aquel grito era la manifestación de una voluntad colectiva de levantar al país de la ruina y la destrucción hacia la realidad confortadora de una España unida en paz. 
Yo he servido estos ideales durante los años que duró el Estado del 18 de julio. 

No he traicionado su espíritu, he comprendido su justificación y, sobre todo, en mi memoria limpia y en muchas ocasiones rejuvenecida, permanece viva la imagen de un hombre atrozmente asesinado en las tierras de Alicante que se llamó José Antonio Primo de Rivera y de Francisco Franco, que levantó a España de una postración secular proyectándola hacia un futuro de paz y prosperidad.

Declaro aquí, una vez más, mi lealtad al espíritu del 18 de julio y aspiro a que algún día los españoles comprendan el necesario sacrificio de aquel grupo de hombres que alzó sus estandartes y banderas soñando y amando la verdadera libertad de España, por la que combatieron con espléndido sacrificio e indudable heroísmo.

José Utrera Molina. Abogado y ex ministro.



Declaramos la licitud del Movimiento y su carácter de Cruzada (Obispo Pla y Deniel).



Que la Iglesia presentó la llamada Guerra Civil Española como una Cruzada, es mucho más que un tópico.

Y si alguno lo considera así, es decir una expresión trivial o muy empleada, un lugar común, tendrá que reconocer al menos que es porque el hecho se impone con toda evidencia.

Carecemos de palabras para calificar a quien atribuye a los obispos españoles de 1937 como frase entrecomillada “Esto no es una cruzada”. Artimaña con la que pretende hacernos creer que rechazaron esa denominación y para ello propone una lectura sesgada de la Carta colectiva de los obispos españoles a los de todo el mundo con motivo de la guerra de España, publicada el 1 de julio de 1937.

Baste aducir aquí un texto, entre los muchos que podrían citarse, de uno de los firmantes de la carta, el Obispo de Salamanca D. Enrique Pla y Deniel:

«La explicación plenísima nos la da el carácter de la actual lucha que convierte a España en espectáculo para el mundo entero. Reviste, sí, la forma externa de una guerra civil, pero en realidad es una cruzada. Fue una sublevación, pero no para perturbar, sino para restablecer el orden [...] Ya no se ha tratado de una guerra civil, sino de una Cruzada por la religión y por la patria y por la civilización. Ya nadie podía tachar a la Iglesia de perturbadora del orden, que ni siquiera precariamente existía»
(Las dos Ciudades,30 de septiembre de 1936)

Y algunos años más tarde, el prelado ratificaba el apoyo dado a la causa nacional por los firmantes de la Carta Colectiva:

«Los Obispos españoles en nuestra carta colectiva de 1937 a todos los Obispos del mundo, redactada y suscrita en primer término por nuestro venerable predecesor el insigne Cardenal Gomá, dijimos claramente que los Obispos españoles no habíamos provocado la guerra civil ni conspirado para ella; pero que, colectivamente, formulábamos nuestro veredicto en la cuestión complejísima de la guerra de España ‘porque aun cuando nuestra guerra fuese de carácter político o social, ha sido tan grave su repercusión de orden religioso y ha aparecido tan claro desde sus comienzos que una de las partes beligerantes iba a la eliminación de la religión católica en España, que nosotros, Obispos, católicos, no podíamos inhibirnos ni dejar abandonados los intereses de Nuestro Señor Jesucristo sin incurrir en el tremendo apelativo de los canes muti, con que el profeta censura a quienes, debiendo hablar, callan ante la injusticia’»
(Ecclesia, nº 217, 28.IX.1945, pág. 6.)

En efecto, no aparece en la Carta Colectiva el término Cruzada pero a lo largo del documento se explicita con reiterada argumentación el concepto que bajo dicha palabra se esconde. La Iglesia ni quiso la guerra ni la buscó pero las graves repercusiones de orden religioso que había tenido al ser víctima principal de la furia de una de las partes contendientes justifican sus pronunciamientos favorables al Movimiento Nacional.

Los obispos españoles caracterizaron la revolución española por su crueldad, inhumanidad, capacidad destructora de la civilización y el derecho, antiespañolismo y, sobre todo, anticristianismo.

Por eso, coincidían en que no había otra alternativa que ésta:

«o sucumbir en la embestida definitiva del comunismo destructor, ya planeada y decretada, como ha ocurrido en las regiones donde no triunfó el movimiento nacional, o intentar, en esfuerzo titánico de resistencia, librarse del terrible enemigo y salvar los principios fundamentales de su vida social y de sus características nacionales».

De ahí la consecuencia: 

«Hoy por hoy, no hay en España más esperanza para reconquistar la justicia y la paz y los bienes que de ella derivan, que el triunfo del movimiento nacional».

Se podrá juzgar el hecho del apoyo de la Iglesia al bando nacional con las categorías que se le quieran aplicar y de ahí que para nosotros merezca encomio y para otros vituperio.

Pero la realidad no se puede negar.



Carta colectiva de los Obispos españoles a los Obispos de todo el mundo con motivo de la guerra.

Pamplona
1º de Julio de 1937
Venerables hermanos:


1º. Razón de este document.


Suelen los pueblos católicos ayudarse mutuamente en días de tribulación, en cumplimiento de la ley de caridad de fraternidad que une en un cuerpo místico a cuantos comulgamos en el pensamiento y amor de Jesucristo. Órgano natural de este intercambio espiritual son los Obispos, a quien puso el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios. España, que pasa una de las más grandes tribulaciones de su historia, ha recibido múltiples manifestaciones de afecto y condolencias del Episcopado católico extranjero, ya en mensajes colectivos, ya de muchos Obispos en particular. Y el Episcopado español, tan terriblemente probado en sus miembros, en sus sacerdotes y en sus Iglesias, quiere hoy corresponder con este Documento colectivo a la gran caridad que se nos ha manifestado de todos los puntos de la tierra.

Nuestro país sufre un trastorno profundo: no es sólo una guerra civil creuntísima la que nos llena de tribulación; es una conmoción tremenda la que sacude los mismos cimientos de la vida social y ha puesto en peligro hasta nuestra existencia como nación.

Vosotros los habéis comprendido, Venerables Hermanos, y "vuestras palabras y vuestro corazones nos han abierto" diremos con el Apóstol, dejándonos ver las extrañas de vuestra caridad para con nuestra patria querida. Que Dios os lo premie.

Pero con nuestra gratitud, Venerables Hermanos, debemos manifestaros nuestro dolor por el desconocimiento de la verdad de lo que en España ocurre.

Es un hecho, que nos consta por documentación copiosa, que el pensamiento de un gran sector de opinión extranjera está disociado de la realidad de los hechos ocurridos en nuestro país. Causas de este extravió podría ser el espíritu anticristiano, que ha visto en la contienda de España una partida decisiva en pro o contra de la religión de Jesucristo y la civilización cristiana; la corriente opuesta de doctrinas políticas que aspiran a la hegemonía del mundo; la labor tendenciosa de fuerzas internacionales ocultas; la antipatria, que se ha valido de españoles ilusos que, amparándose en el nombre de católicos, han causado enorme daño a la verdadera España. Y lo que más nos duele es que una buena parte de la prensa católica extranjera haya contribuido a esta desviación mental, que podría ser funesta para los sacratísimos intereses que se ventilan en nuestra patria.

Casi todos los Obispos que suscribimos esta Carta hemos procurado dar a su tiempo la nota justa del sentido de la guerra. Agradecemos a la prensa católica extrajera el haber hecho suya la verdad de nuestras declaraciones, como lamentamos que algunos periódicos y revistas, que debieron ser ejemplo de respeto y acatamiento a la voz de los Prelados de la Iglesia, las hayan combatido o tergiversado.

Ello obliga al Episcopado español a dirigirse colectivamente a los Hermanos de todo el mundo, con el único propósito de que resplandezca la verdad, oscurecida por ligereza o por malicia, y nos ayude a difundirla. Se trata de un punto gravísimo en que se conjugan no los intereses políticos de una nación, sino los mismos fundamentos providenciales de la vida social: la religión, la justicia, la autoridad y la libertad de los ciudadanos.

Cumplimos con ello, junto con nuestro oficio pastoral- que importa ante todo el magisterio de la verdad - con un triple deber de religión, de patriotismo y de humanidad. De religión, porque, testigos de las grandes prevaricaciones y heroísmo que han tenido por escena nuestro país, podemos ofrecer al mundo lecciones y ejemplos que caen dentro de nuestro ministerio episcopal y que habrán de ser provechosos a todo el mundo; de patriotismo, porque el Obispo es el primer obligado a defender el buen nombre de su patria "terra patrum", por cuanto fueron nuestros venerables predecesores los que formaron la nuestra, tan cristiana como es, "engendrando a sus hijos para Jesucristo por la predicación del Evangelio"; de humanidad, porque, ya que Dios ha permitido que fuese nuestro país el lugar de experimentación de ideas y procedimientos que aspiran a conquistar el mundo, quisiéramos que el daño se redujese al ámbito de nuestra patria y se salvaran de la ruina de las demás naciones.


2º. Naturaleza de esta carta.


Este Documento no será la demostración de una tesis, sino la simple exposición, a grandes líneas, de los hechos que caracterizan nuestra guerra y la dan su fisonomía histórica. La guerra de España es producto de la pugna de ideologías irreconciliables; en sus mismos orígenes se hallan envueltas gravísimas cuestiones de orden moral y jurídico, religioso e histórico. No sería difícil el desarrollo de puntos fundamentales de doctrina aplicada a nuestro momento actual. Se ha hecho ya copiosamente, hasta por algunos de los Hermanos que suscriben esta Carta. Pero estamos en tiempos de positivismo calculador y frío y, especialmente cuando se trata de hechos de tal relieve histórico como se han producido en esta guerra, lo que se quiere - se nos ha requerido cien veces desde el extranjero en este sentido - son hechos vivos y palpitantes que, por afirmación o contraposición, den la verdad simple y justa.

Por esto tiene este Escrito un carácter asertivo y categórico de orden empírico. Y ello en sus dos aspectos: el de juicio que solidariamente formulamos sobre la estimación legítima de los hechos; y el de afirmación "per oppositum", con que deshacemos, con toda caridad, las afirmaciones falsas o las interpretaciones torcidas con que haya podido falsearse la historia de este año de vida de España.


3º. Nuestra posición ante la guerra.


Conste antes que todo, ya que la guerra pudo preverse desde que se atacó ruda e inconsideradamente al espíritu nacional, que el Episcopado español ha dado, desde el año 1931, altísimos ejemplos de prudencia apostólica y ciudadana. Ajustándose a la tradición de la Iglesia y siguiendo las normas de la Santa Sede, se puso resueltamente al lado de los poderes constituidos, con quienes se esforzó en colaborar para el bien común. Y a pesar de los repetidos agravios a personas, cosas y derechos de la Iglesia, no rompió su propósito de no alterar el régimen de concordia de tiempo atrás establecido.

"Etiam dyscolis": A los vejámenes respondimos siempre con el ejemplo de la sumisión leal en lo que podíamos; con la protesta grave, razonada y apostólica cuando debíamos; con la exhortación sincera que hicimos reiteradamente a nuestro pueblo católico a la sumisión legitima, a la oración, a la paciencia y a la paz. Y el pueblo católico nos secundó, siendo nuestra intervención valioso factor de concordancia nacional en momentos de honda conmoción social y política.Al estallar la guerra hemos lamentado el doloroso hecho, más que nadie, porque ella es siempre un mal gravísimo, que muchas veces no compensan bienes problemáticos, porque nuestra misión es de reconciliación y de paz: "Et in terra pax".

Desde sus comienzos hemos tenido las manos levantados al cielo para que cese. Y el pueblo católico repetimos la palabra de Pío XI, cuando el recelo mutuo de las grandes potencias iba a desencadenar otra guerra sobre Europa: "Nos invocamos la paz, bendecimos la paz, rogamos por la paz". Dios nos es testigo de los esfuerzos que hemos hecho para aminorar los estragos que siempre son su cortejo.

Con nuestros votos de paz juntamos nuestro perdón generoso para nuestros perseguidores y nuestros sentimientos de caridad para todos. Y decimos sobre los campos de batalla y a nuestros hijos de uno y otro bando la palabra del apóstol: "El Señor sabe cuánto os amamos a todos en las entrañar de Jesucristo".

Pero la paz es la "tranquilidad del orden, divino, nacional, social e individual, que asegura a cada cual su lugar y le da lo que le es debido, colocando la gloria de Dios en la cumbre de todos los deberes y haciendo derivar de su amor el servicio fraternal de todos".

Y es tal la condición humana y tal el orden de la Providencia- sin que hasta ahora haya sido posible hallarle sustitutivo- que siendo la guerra uno de los azotes más tremendos de la humanidad, es a veces el remedio heroico, único, para centrar las cosas en el quicio de la justicia y volverlas al reinado de la paz. Por esto la Iglesia, aun siendo hija del Príncipe de la Paz, bendice los emblemas de la guerra, ha fundado las Ordenes Militares y ha organizado Cruzadas contra los enemigos de la fe.

No es este nuestro caso.

La Iglesia no ha querido esta guerra ni la buscó, y no creemos necesario vindicarla de la nota de beligerante con que en periódicos extranjeros se ha censurado a la Iglesia en España. Cierto que miles de hijos suyos, obedeciendo a los dictados de su conciencia y de su patriotismo, y bajo su responsabilidad personal, alzaron en armas para salvar los principios de religión y justicia cristiana que secularmente habían informado la vida de la Nación; pero quien la acuse de haber provocado esta guerra, o de haber conspirado para ella, y aun de no haber hecho cuanto en su mano estuvo para evitarla, desconoce o falsea la realidad.

Esta es la posición del Episcopado español, de la Iglesia española, frente al hecho de la guerra actual.

Se la vejó y persiguió antes de que estallara; ha sido víctima principal de la furia de una de las partes contendientes; y no ha cesado de trabajar, con su plegaria, con sus exhortaciones, con su influencia, para aminorar sus daños y abreviar los días de prueba.

Y si hoy, colectivamente, formulamos nuestro veredicto en la cuestión complejísima de la guerra de España, es, primero, porque, aun cuando la guerra fuese de carácter político o social, ha sido tan grave su represión de orden religioso, y ha aparecido tan claro, desde sus comienzos, que una de las partes beligerantes iba a la eliminación de la religión católica en España, que nosotros, Obispos católicos no podíamos inhibirnos sin dejar abandonados los intereses de nuestro Señor Jesucristo y sin incurrir el tremendo apelativo de "canes muti", con que el Profeta censura a quienes, debiendo hablar, callan ante la injusticia; y luego, porque la posición de la Iglesia española ante la lucha, es decir, del Episcopado español, ha sido torcidamente interpretada en el extranjero: mientras un político muy destacado, en una revista católica extranjera la achaca poco menos que a la ofuscación mental de los Arzobispos españoles, a los que califica de ancianos que deben al régimen monárquico y que han arrastrado por razones de disciplina y obediencia a los demás Obispos en un sentido favorable al movimiento nacional, otros nos acusan de temerarios al exponer a las contingencias de un régimen absorbentes y tiránico el orden espiritual de la Iglesia, cuya libertad tenemos obligación de defender.

No; esta libertad la reclamamos ante todo, para el ejercicio de nuestro ministerio; de ella arrancan todas las libertades que vindicamos para la Iglesia. Y; en virtud de ella, no nos hemos atado con nadie- personas, poderes o instituciones - aun cuando agradezcamos al amparo de quienes han podido librarnos del enemigo que quiso perdernos, y estemos dispuestos a colaborar, como Obispos y españoles, con quienes se esfuercen en reinstaurar en España un régimen de paz y justicia.

Ningún poder político podrá decir que nos hayamos apartado de esta línea, en ningún tiempo.


4º. El quinquenio que precedió a la guerra.


Afirmamos, ante todo, que esta guerra la ha acarreado la temeridad, los errores, tal vez la malicia o la cobardía de quien hubiesen podido evitarla gobernando la nación según justicia.

Dejando otras causas de menor eficiencia, fueron los legisladores de 1931, y luego el poder ejecutivo del Estado con sus prácticas de gobierno, lo que se empeñaron en torcer bruscamente la ruta de nuestra historia en un sentido totalmente contrario a la naturaleza y exigencias del espíritu nacional, y especialmente opuesto al sentido religioso predominante en el país. La Constitución y las leyes laicas que desarrollaron su espíritu fueron un ataque violento y continuado a la conciencia nacional. Anulando los derechos de Dios y vejada la Iglesia, quedaba nuestra sociedad enervada, en el orden legal, en lo que tiene de más sustantivo la vida social, que es la religión.

El pueblo español que, en su mayor parte, mantenía viva la fe de sus mayores, recibió con paciencia invicta los reiterados agravios hechos a su conciencia por leyes inicuas; pero la temeridad de sus gobernantes había puesto en el alma nacional, junto con el agravio, un factor de repudio y de protesta contra un poder social que había faltado a la justicia más fundamental, que es la que se debe a Dios y a la conciencia de los ciudadanos.

Junto con ello, la autoridad, en múltiples y graves ocasiones, resignaba en la plebe sus poderes.

Los incendios de los templos en Madrid y provincias, en Mayo de 1931, las revueltas de Octubre de 1934, especialmente en Cataluña y Asturias, donde reinó la anarquía durante dos semanas; le período turbulento que corre en Febrero a Julio de 1936, durante el cual fueron destruidas o profanadas 411 iglesias y se cometieron cerca de 3000 atentados graves de carácter político y social, presagiaban la ruina total de la autoridad pública, que se vio sucumbir con frecuencia a la fuerza de poderes ocultos que mediatizaban sus funciones.

Nuestro régimen político de libertad democrática se desquició, por arbitrariedad del Estado y por coacción gubernamental que trastocó la voluntad popular, constituyendo una máquina política en pugna con la mayoría política de la nación, dándose el caso, en las últimas elecciones parlamentarias, Febrero de 1936, de que, con más de medio millón de votos de exceso sobre la izquierdas, obtuviesen las derechas 118 diputados menos que el Frente Popular, por haberse anulado caprichosamente las actas de provincias enteras, viciándose así en su origen la legitimidad del Parlamento.

Y a medida que se descomponía nuestro pueblo por la relajación de los vínculos sociales y se desangraba nuestra economía y se alteraba sin tino el ritmo del trabajo y se debilitaba maliciosamente la fuerza de las instituciones de defensa social, otro pueblo poderoso, Rusia, empalmando con los comunistas de acá, por medio del teatro y el cine, con ritos y costumbres exóticas, por la fascinación intelectual y el soborno material, preparaba el espíritu popular para el estallido de la revolución, que se señalaba casi a plazo fijo.

El 27 de Febrero de 1936, a raíz del triunfo del Frente Popular, el KOMINTERN ruso decretaba la revolución española y la financiaba con exorbitantes cantidades.

El 1º de Mayo siguiente centenares de jóvenes postulaban públicamente en Madrid "para bombas y pistolas, pólvora y dinamita para la próxima revolución".

El 16 del mismo mes se reunía en la Casa del Pueblo de Valencia representantes de la URSS con delegados españoles de la III Internacional, resolviendo, en el 9º de sus acuerdos:  

"Encargar a uno de los radios de Madrid, el designado con el número 25, integrado por agentes de policía en activo, la eliminación de los personajes políticos y militares destinados a jugar un papel de interés en la contrarrevolución".

Entre tanto, desde Madrid a las aldeas más remotas aprendían las milicias revolucionarias la instrucción militar y se las armaba copiosamente, hasta el punto de que, al estallar la guerra, contaba con 150.000 soldados de asalto y 100.000 de resistencia.

Os parecerá, Venerables Hermanos, impropia de un Documento episcopal la enumeración de estos hechos. Hemos querido sustituirlo a las razones de derecho político que pudiesen justificar un movimiento nacional de resistencia. Sin Dios, que debe estar en el fundamento y a la cima de la vida social; sin autoridad, a la que nada puede sustituir en sus funciones creadoras del orden y mantenedora del derecho ciudadano; con la fuerza material al servicio de los sin Dios ni conciencia, manejados por agentes poderosos de orden internacional, España debía deslizarse hacia la anarquía, que es lo contrario del bien común y de la justicia y orden social. Aquí han venido a parar las regiones españolas en que la revolución marxista ha seguido su curso inicial.

Estos son los hechos.

Cotéjense con la doctrina de Santo Tomás sobre el derecho a la resistencia defensiva por la fuerza y falle cada cual en justo juicio. Nadie podrá negar que, al tiempo de estallar el conflicto, la misma existencia del bien común, - la religión, la justicia, la paz -, estaba gravemente comprometida; y que el conjunto de las autoridades sociales y de los hombres prudentes que constituyen el pueblo en su organización natural y en sus mejores elementos reconocían el público peligro. Cuanto a la tercera condición que requiere el Angélico, de la convicción de los hombres prudentes sobre la probabilidad del éxito, la dejemos al juicio de la historia: los hechos, hasta ahora, no le son contrarios.

Respondemos a un reparo, que una revista extranjera concreta al hecho de los sacerdotes asesinados y que podría extenderse a todos los que constituyen este inmenso transtorno social que ha sufrido España. Se refiere a la posible de que, de no haberse producido el alzamiento, no se hubiese alterado la paz pública: 

"A pesar de los desmanes de los rojos- leemos- queda en pie la verdad que si Franco no se hubiese alzado, los centenares o millones de sacerdotes que han sido asesinados hubiesen conservado la vida y hubiesen continuado haciendo en las almas la obra de Dios".

No podemos suscribir esta afirmación, testigo como somos da la situación de España al estallar el conflicto. La verdad es lo contrario; porque es cosa documentalmente probada que en el minucioso proyecto de la revolución marxista que se gestaba, y que habría estallado en todo el país, si en gran parte de él no lo hubiese impedido el movimiento cívico-militar, estaba ordenado el exterminio del clero católico, como el de los derechistas calificados, como la sovietización de las industrias y la implantación del comunismo.

Era por Enero último cuando un dirigente anarquista decía al mundo por radio:  

"Hay que decir las cosas tal y como son, y la verdad no es otra que la de que los militares se nos adelantaron para evitar que llegáramos a desencadenar la revolución".

Quede, pues, asentado, como primera afirmación de este Escrito, que un quinquenio de continuos atropellos de los súbditos españoles en el orden religioso y social puso en gravísimo peligro la existencia misma del bien público y produjo enorme tensión en el espíritu del pueblo español; que estaba en la conciencia nacional que, agotados va los medios legales, no había más recurso que el de la fuerza para sostener el orden y la paz; que poderes extraños a la autoridad tenida por legítima decidieron subvertir el orden constituido e implantar violentamente el comunismo; y, por fin, que por lógica fatal de los hechos no le quedaba a España mas que esta alternativa: o sucumbir en la embestida definitiva del comunismo destructor, ya planeada y decretada, como ha ocurrido en la regiones donde no triunfó el movimiento nacional, o intentar, es esfuerzo titánico de resistencia, librarse del terrible enemigo y salvar los principio fundamentales de su vida social y de sus características nacionales.


5º. El alzamiento militar y la revolución comunista.


El 18 de Julio del año pasado se realizó el alzamiento militar y estalló la guerra que aún dura.

Pero nótese, primero, que la sublevación militar no se produjo, ya desde sus comienzos, sin colaboración con el pueblo sano, que se incorporó en grandes masas al movimiento que, por ello, debe calificarse de cívico-militar;

y segundo, que este movimiento y la revolución comunista son dos hechos que no pueden separarse, si se quiere enjuiciar debidamente la naturaleza de la guerra. Coincidentes en el mismo momento inicial del choque, marcan desde el principio la división profunda de las dos Españas que se batirán en los campos de batalla.

Aún hay más: el movimiento no se produjo sin que los que lo iniciaron intimaran previamente a los poderes públicos a oponerse por los recursos legales a la revolución marxista inminente.

La tentativa fue ineficaz y estalló el conflicto, chocando las fuerzas cívico-militares, desde el primer instante, no tanto con las fuerzas gubernamentales que intentaran reducirlo como con la furia desencadenada de unas milicias populares que, al amparo, por lo menos, de la pasividad gubernamental, encuadrándose en los mandos oficiales del ejército y utilizando, a más del que ilegítimamente poseían, el armamento de los parques del Estado, se arrojaron como avalancha destructora contra todo lo que constituye un sostén en la sociedad.

Esta es la característica de la reacción obrada en el campo gubernamental contra el alzamiento cívico-militar.

Es, ciertamente, un contraataque por parte de las fuerzas fieles al Gobierno; pero es, ante todo, una lucha en comandita con las fuerzas anárquicas que se sumaron a ellas y que con ellas pelearán juntas hasta el fin de la guerra. Rusia, lo sabe el mundo, se injertó en le ejercito gubernamental tomando parte en sus mandos, y fue a fondo, aunque conservándose la apariencia del Gobierno del Frente Popular, a la implantación del régimen comunista por la subversión del orden social establecido. Al juzgar de la legitimidad del movimiento nacional, no podrá prescindirse de la intervención, por la parte contraria, de estas "milicias anárquica incontrolables" - es palabra de un ministro del Gobierno de Madrid - cuyo poder hubiese prevalecido sobre la nación.

Y porque Dios es el más profundo, cimiento de una sociedad bien ordenada- lo era de la nación española- la revolución comunista, aliada de los ejércitos del Gobierno, fue, sobre todo, antidivina.

Se cerraba así el ciclo de la legislación laica de la Constitución de 1931 con la destrucción de cuanto era cosa de Dios.

Salvamos toda intervención personal de quienes no han militado conscientemente bajo este signo; sólo trazamos la trayectoria general de los hechos.

Por esto se produjo en el alma una reacción de tipo religioso, correspondiente a la acción nihilista y destructora de los sin-Dios. Y España quedó dividida en dos grandes bandos militantes; cada uno de ellos fue como el aglutinante de cada una de las dos tendencias profundamente populares; y a su alrededor, y colaborando con ellos, polarizaron, en forma de milicias voluntarias y de asistencia y servicios de retaguardia, las fuerzas opuestas que tenían divida a la nación.

La guerra es, pues, como un plebiscito armado.

La lucha blanca de los comicios de Febrero de 1936, en que la falta de conciencia política del gobierno nacional dio arbitrariamente a las fuerzas revolucionarias un triunfo que no había logrado en las urnas, se transformó, por la contienda cívico-militar, en la lucha cruenta de un pueblo partido en dos tendencias:

- la espiritual, del lado de los sublevados, que salió a la defensa del orden, la paz social, la civilización tradicional y la patria, y muy ostensiblemente, en un gran sector, para la defensa de la religión; y de la otra parte,

- la materialista, llámese marxista, comunista o anarquista, que quiso sustituir la vieja civilización de España, con todos sus factores, por la novísima "civilización" de los soviets rusos.

Las ulteriores complicaciones de la guerra no han variado más que accidentalmente su carácter: el internacionalismo comunista ha corrido al territorio español en ayuda del ejército y pueblo marxista; como, por la natural exigente de la defensa y por consideraciones de carácter internacional, han venido en ayuda de la España tradicional armas y hombres de otros países extranjeros. Pero los núcleos nacionales siguen igual aunque la contienda, siendo profundamente popular, haya llegado a revestir caracteres de la lucha internacional.

Por esto observadores perspicaces han podido escribir estas palabras sobre nuestra guerra:  

"Es una carrera de velocidad entre el bolchevismo y la civilización cristiana".  

"Una etapa nueva y tal vez decisiva en la lucha entablada entre la Revolución y el Orden".  

"Una lucha internacional en un campo de batalla nacional; el comunismo libra en la Península una formidable batalla, de la que depende la suerte de Europa".

No hemos hecho más que un esbozo histórico, del que deriva esta afirmación: El alzamiento cívico-militar fue en su origen un movimiento nacional de defensa de los principios fundamentales de toda sociedad civilizada; en su desarrollo, lo ha sido contra la anarquía coaligada con las fuerzas al servicio de un gobierno que no supo o no quiso titular aquellos principios.


Consecuencia de esta afirmación son las conclusiones siguientes:



Primera:

Que la Iglesia, a pesar de su espíritu de paz, y de no haber querido la guerra ni haber colaborado en ella, no podía ser indiferente en la lucha: se lo impedía su doctrina y su espíritu el sentido de conservación y la experiencia de Rusia. De una parte se suprimía a Dios, cuya obra a de realizar la Iglesia en el mundo, y se causaba a la misma un daño inmenso, en personas, cosas y derechos, como tal vez no la haya sufrido institución alguna en la historia; de la otra, cualesquiera que fuesen los humanos defectos, estaba el esfuerzo por la conservación del viejo espíritu, español y cristiano.

Segunda:

La Iglesia, con ello, no ha podido hacerse solidaria de conductas, tendencias o intenciones que, en el presente o en lo porvenir, pudiesen desnaturalizar la noble fisonomía del movimiento nacional, en su origen, manifestaciones y fines.

Tercera:

Afirmamos que el levantamiento cívico-militar ha tenido en el fondo de la conciencia popular de un doble arraigo:

- el del sentido patriótico, que ha visto en él la única manera de levantar a España y evitar su ruina definitiva; y

- el sentido religioso, que lo consideró como la fuerza que debía reducir a la impotencia a los enemigos de Dios, y como la garantía de la continuidad de su fe y de la práctica de su religión.

Cuarta:

Hoy, por hoy, no ha en España más esperanza para reconquistar la justicia y la paz y los bienes que de ellas deriva, que el triunfo del movimiento nacional. Tal vez hoy menos que en los comienzos de la guerra, porque el bando contrario, a pesar de todos los esfuerzos de sus hombres de gobierno, no ofrece garantías de estabilidad política y social.


6º. Caracteres de la revolución comunista.


Puesta en marcha la revolución comunista, conviene puntualizar sus caracteres.

Nos ceñimos a las siguientes afirmaciones, que derivan del estudio de hechos plenamente probados, muchos de los cuales constan en informaciones de toda garantía, descriptivas y gráficas, que tenemos a la vista. Notamos que apenas hay información debidamente autorizada más que del territorio liberado del dominio comunista. Quedan todavía bajo las armas del ejército rojo, en todo o parte, varias provincias; se tiene aún escaso conocimiento de los desmanes cometidos en ellas, los más copiosos y graves.

Enjuiciando globalmente los excesos de la revolución comunista española afirmamos que en la historia de los pueblos occidentales no se conoce un fenómeno igual de vesania colectiva, ni un cúmulo semejante, producido en pocas semanas, de atentados cometidos contra los derechos fundamentales de Dios, de la sociedad y de la persona humana.

Ni sería fácil, recogiendo los hechos análogos y ajustando sus trazos característicos para la composición de figuras crimen, hallar en la historia una época o un pueblo que pudieran ofrecernos tales y tantas aberraciones. Hacemos historia, sin interpretaciones de carácter psicológico o social, que reclamarían particular estudio. La revolución anárquica ha sido 'excepcional en la historia'.

Añadimos que la hecatombe producida en personas y cosas por la revolución comunista fue 'premeditada'. Poco antes de la revuelta habían llegado de Rusia 79 agitadores especializados. La Comisión Nacional de Unificación Marxista, por los mismos días ordenaba la constitución de las milicias revolucionarias en todos los pueblos.

La destrucción de las iglesias, o a lo menos, de su ajuar, fue sistemática y por series.

En el breve espacio de un mes se habían inutilizado todos los templos para el culto. Ya en 1931 la Liga Atea tenía en su programa un articulo que decía: '

Plebiscito sobre el destino que hay que dar a las iglesias y casas parroquiales';

y uno de los Comités provinciales daba esta norma:

'El local o locales destinados hasta ahora al culto destinarán a almacenes colectivos, mercados públicos, bibliotecas populares, casas de baños o higiene pública, etc.; según convenga a las necesidades de cada pueblo'.

Para la eliminación de personas destacadas que se consideraban enemigas de la revolución se habían formado previamente las "listas negras". En algunas, y en primer lugar, figuraba el Obispo. De los sacerdotes decía un jefe comunista, ante la actitud del pueblo que quería salvar a su párroco:

"Tenemos orden de quitar toda su semilla".

Prueba elocuentísima de que de la destrucción de los templos y la matanza de los sacerdotes, en forma totalitaria fue cosa premeditada, es su número espantoso. Aunque son prematuras las cifras, contamos unas 20.000 iglesias y capillas destruidas o totalmente saqueadas.

Los sacerdotes asesinados, contando un promedio del 40 por 100 en las diócesis desbastadas en algunas llegan al 80 por 100 sumarán, sólo del clero secular, unos 6.000. Se les cazó con perros, se les persiguió a través de los montes; fueron buscados con afán en todo escondrijo.

Se les mató sin perjuicio las más de las veces, sobre la marcha, sin más razón que su oficio social.

Fue "cruelísima" la revolución.

Las formas de asesinato revistieron caracteres de barbarie horrenda. En su número: se calculan en número superior de 300.000 los seglares que han sucumbido asesinados, sólo por sus ideas políticas y especialmente religiosas: en Madrid, y en los tres meses primeros, fueron asesinados más de 22.000. Apenas hay pueblo en que no se haya eliminado a los más destacados derechistas.

Por la falta de forma: sin acusación, sin pruebas, las más de las veces sin juicio.

Por los vejámenes: a muchos se les han amputado los miembros o se les ha mutilado espantosamente antes de matarlos; se les han vaciados los ojos, cortado la lengua, abierto en canal, quemado o enterrado vivos, matado a hachazos.

La crueldad máxima se ha ejercido en los ministros de Dios. Por respeto y caridad no queremos puntualizar más.

La revolución fue "inhumana".

No se ha respetado el pudor de la mujer, ni aún la consagrada a Dios por sus votos.

Se han profanado las tumbas y cementerios.

En el famoso monasterio románico de Ripoll se han destruido los sepulcros, entre los que había el de Wifredo el Velloso, conquistador de Cataluña, y el del Obispo Morgades, restaurador del célebre cenobio. En Vich se ha profanado la tumba del gran Balmes y leemos que se ha jugado al fútbol con el cráneo del gran Obispo Torras y Bages. En Madrid y en el cementerio viejo de Huesca se han abierto centenares de tumbas para despojar a los cadáveres del oro de sus dientes o de sus sortijas.

Algunas formas de martirio suponen la subversión o supresión del sentido de humanidad.

La revolución fue "bárbara", en cuanto destruyó la obra de civilización de siglos.

Destruyó millares de obras de arte, muchas de ellas de fama universal. Saqueó o incendió los archivos imposibilitando la rebusca histórica y la prueba instrumental de los hechos jurídico y social.

Quedan centenares de telas pictóricas acuchilladas, de esculturas mutiladas, de maravillas arquitectónicas para siempre deshechas. Podemos decir que el caudal de arte, sobre todo religioso, acumulado en siglos, ha sido estúpidamente destrozado en unas semanas, en las regiones dominadas por los comunistas.

Hasta el Arco de Bará, en Tarragona, obra romana que había visto veinte siglos, llevó la dinamita su acción destructora. Las famosas colecciones de arte de la Catedral de Toledo, del Palacio de Liria, del Museo del Prado, han sido torpemente expoliadas. Numerosas bibliotecas han desaparecido.

Ninguna guerra, ninguna invasión bárbara, ninguna conmoción social, en ningún tiempo: una organización sabia, puesta al servicio de un terrible propósito de aniquilamiento, concentrado contra las cosas de Dios, y los modernos medios de locomoción y destrucción al alcance de toda mano criminal.

Conculcó la revolución lo más elementales principios del "derecho de gentes".

Recuérdense las cárceles de Bilbao, donde fueron asesinado por las multitudes, en forma inhumana, centenares de presos, las represalias cometidas en los rehenes custodiados en buques y prisiones, sin más razón que un contratiempo de guerra; los asesinatos en masa, atados los infelices prisioneros e irrigados con el chorro de balas de las ametralladoras; el bombardeo de ciudades indefensas, sin objetivo militar.

La revolución fue esencialmente 'antiespañola'.

La obra destructora se realizó a los giros de "¡Viva Rusia!", a la sombra de la bandera internacional comunista. Las inscripciones murales, la apología de personajes forasteros, los mandos militares en manos de jefes rusos, el expolio de la nación a favor de extranjeros, el himno internacional comunista, son prueba sobrada del odio al espíritu nacional y al sentido de patria.

Pero, sobre todo, la revolución fue "anticristiana".

No creemos que en la historia del Cristianismo y en el espacio de unas semanas se haya dado explosión semejante, en todas las formas de pensamiento, de voluntad y de pasión, del odio contra Jesucristo y su religión sagrada. 

Tal ha sido el sacrilegio estrago que ha sufrido la Iglesia en España, que el delegado de los rojos españoles enviado al Congreso de los "sin - Dios", en Moscú, pudo decir:

"España ha superado en mucho la obra de los Soviets, por cuanto la Iglesia en España ha sido completamente aniquilada".

Contamos los mártires por millares; su testimonio es una esperanza para nuestra pobre patria; pero casi no hallaríamos en el Martirologio romano una forma de martirio no usada por el comunismo, sin exceptuar la crucifixión; y en cambio hay formas nuevas de tormento que han consentido las sustancias y máquinas modernas.

El odio a Jesucristo y a la Virgen ha llegado al paroxismo, y en los centenares de Crucifijos acuchillados, en las imágenes de la Virgen bestialmente profanadas, en los pasquines de Bilbao en que se blasfemaba sacrílegamente de la Madre de Dios, en la infame literatura de las trincheras rojas, en que se ridiculizan los divinos misterios, en la reiterada profanación de las Sagradas Formas, podemos adivinar el odio del infierno encarnado en nuestros infelices comunista. "Tenía jurado vengarme de ti" - le decía uno de ellos al Señor encerrado en el Sagrario; y encañonado la pistola disparó contra él, diciendo: "Ríndete a los rojos; ríndete al marxismo".

Ha sido espantosa la profanación de las sagradas reliquias: han sido destrozados o quemados los cuerpos de San Narciso, San Pascual Bailón, la Beata Beatriz de Silva, San Bernardo Calvó y otros.

Las formas de profanación son inverosímiles, y casi no se conciben sin subestación diabólica.

Las campanas han sido destrozadas y fundidas. El culto, absolutamente suprimido en todo el territorio comunista, si se exceptúa una pequeña porción del norte.

Gran número de templos. Entre ellos verdaderas joyas de arte, han sido totalmente arrasados: en esta obra inicua se ha obligado a trabajar a pobres sacerdotes.

Famosas imágenes de veneración secular han desaparecido para siempre, destruidas o quemadas.

En muchas localidades la autoridad ha obligado a los ciudadanos a entregar todos los objetos religiosos de su pertenencia para destruirlos públicamente: pondérese lo que esto representa en el orden del derecho natural, de los vínculos de familia y de la violencia hecha a la conciencia cristiana.

No seguimos, venerables Hermanos, en la crítica de la actuación comunista en nuestra patria, y dejamos a la historia la fiel narración de los hechos en ella acontecidos. Si se nos acusaran de haber señalado en forma tan cruda estos estigmas de nuestra revolución, nos justificaríamos con el ejemplo de San Pablo, que no duda en vindicar con palabras tremendas la memoria de los profetas de Israel que tiene durísimos calificativos para los enemigos de Dios; o con el de nuestro Santísimo Padre que, en su Encíclica sobre el Comunismo ateo habla de 

"una destrucción tan espantosa, llevada a cabo, en España, con un odio, una barbarie y una ferocidad que no se hubiese creído posible en nuestro siglo".

Reiteramos nuestra palabra de perdón para todos y nuestro propósito de hacerles el bien máximo que podamos.

Y cerramos este párrafo con estas palabras del "Informe Oficial" sobre las ocurrencias de la revolución en sus tres primeros meses:  

"No se culpe al pueblo español de otra cosa más que de haber servido el instrumento para la perpetración de estos delitos"

Este odio a la religión y a las tradiciones patrias, de las que eran exponente y demostración tantas cosas para siempre perdidas, 'llegó de Rusia, exportando por orientales de espíritu perverso'. En descargo de tantas víctimas, alucinadas por "doctrinas demonios", digamos que al morir, sancionados por la ley, nuestros comunistas se han reconciliado en su inmensa mayoría con el Dios de sus padres. En Mallorca han muerto impenitentes sólo un dos por ciento; en las regiones del sur no más de un veinte por ciento, y en las del norte no llegan tal vez al diez por ciento.

Es prueba del engaño de que ha sido víctima nuestro pueblo.


7º. El movimiento nacional: sus caracteres.


Demos ahora un esbozo del carácter del movimiento llamado "nacional".

Creemos justa esta denominación. Primero, por su espíritu; porque la nación española estaba disociada, en su inmensa mayoría, de una situación estatal que no supo encarnar sus profundas necesidades y aspiraciones; y el movimiento fue aceptado como una esperanza en toda la nación; en las regiones no liberadas sólo espera romper la coraza de las fuerzas comunistas que le oprimen.

Es también nacional por su objetivo, por cuanto tiende a salvar y sostener para lo futuro las esencias de un pueblo organizado en un Estado que sepa continuar dignamente su historia.

Expresamos una realidad y un anhelo general de los ciudadanos españoles; no indicamos los medios para realizarlo.

El movimiento ha fortalecido el sentido de patria, contra el exotismo de las fuerzas que le son contrarias.

La patria implica una paternidad; es el ambiente moral, como de una familia dilatada, en que logra el ciudadano su desarrollo total; y el movimiento nacional ha determinado una corriente de amor que se ha concentrado alrededor del nombre y de la sustancia histórica de España, con aversión de los elementos forasteros que nos acarrearon la ruina. Y como el amor patrio, cuando se ha sobrenaturalizado por el amor de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, toca las cumbres de la caridad cristiana, hemos visto una explosión de verdadera caridad que ha tenido su expresión máxima en la sangre de millares de españoles que le han dado la grito de "¡Viva España!" "¡Viva Cristo Rey!"

Dentro del movimiento nacional se ha producido el fenómeno, maravilloso, del martirio - verdadero martirio, como ha dicho el Papa - de millares de españoles, sacerdotes, religiosos y seglares; y este testimonio de sangre deberá condicionar en lo futuro, so pena de inmensa responsabilidad política, la actuación de quienes, depuestas las armas, hayan de construir el nuevo estado en el sosiego de la paz.

El movimiento ha garantizado el orden en el territorio por él dominado. 

Contraponemos la situación de las regiones en que ha prevalecido el movimiento nacional a las denominadas aún por los comunistas. De estas puede decirse la palabra del Sabio: "Ubi non est gubernatur, dissipabitur populus"; sin sacerdotes, sin templos, sin culto, sin hambre y la miseria.

En cambio, en medio del esfuerzo y del dolor terrible de la guerra, las otras regiones viven en la tranquilidad del orden interno, bajo la tutela de una verdadera autoridad, que es el principio de la justicia, de la paz y del progreso que prometen la fecundidad de la vida social.

Mientras en la España marxista se vive sin Dios, en las regiones indemnes o reconquistadas se celebra profusamente el culto divino y pululan y florecen nuevas manifestaciones de la vida cristiana.

Esta situación permite esperar un régimen de justicia y paz para el futuro.

No queremos aventurar ningún presagio. Nuestros males son gravísimos.

La relajación de los vínculos sociales; las costumbres de una política corrompida; el desconocimiento de los deberes ciudadanos; la escasa formación de una conciencia íntegramente católica; la división espiritual en orden a la solución de nuestros grandes problemas nacionales; la eliminación, por asesinato cruel, de millares de hombres selectos llamados por su estado y formación a la obra de la reconstrucción nacional; los odios y la escasez que son secuelas de toda guerra civil; la ideología extranjera sobre el Estado, que tiende a descuajarle la idea y de las influencias cristianas; serán dificultada enorme para hacer una España nueva injertada en el tronco de nuestra vieja historia y vivificada por su savia.

Pero tenemos la esperanza de que, imponiéndose con toda su fuerza el enorme sacrificio realizado, encontraremos otra vez nuestro verdadero espíritu nacional. Entramos en él paulatinamente por una legislación en que predomina el sentido cristiano en la cultura, en la moral, en la justicia social y en el honor y culto que se debe a Dios.

Quiera Dios ser en España el primer bien servido, condición esencial para que la nación sea verdaderamente bien servida.


8º. Se responde a unos reparo.


No llenaríamos el fin de esta Carta, Venerables Hermanos, si no respondiéramos a algunos reparos que se nos han hecho desde el extranjero.

Se ha acusado a la Iglesia de haberse defendido contra un movimiento popular haciéndose fuerte en sus templos y siguiéndose de aquí la matanza de sacerdotes y la ruina de las iglesias. - Decimos que no. 

La irrupción contra los templos fue súbita, casi simultánea en todas las regiones, y coincidió con la matanza de sacerdotes.

Los templos ardieron porque eran casas de Dios, y los sacerdotes fueron sacrificados porque eran ministros de Dios.

La prueba es copiosísima. La Iglesia no ha sido agresora. Fue la primera bienhechora del pueblo, inculcando la doctrina y fomentando las obras de justicia social. Ha sucumbido - donde ha dominado el comunismo anárquico - víctima inocente, pacífica, indefensa.

Nos requieren del extranjero para que digamos si es cierto que la iglesia en España era propietaria del tercio del territorio nacional, y que el pueblo se ha levantado para librarse de su opresión.- Es acusación ridícula.

La Iglesia no poseía más que pocas e insignificantes parcelas, casas sacerdotales y de educación, y hasta de esto se había útilmente incautado el Estado.

Todo lo que posee la Iglesia en España no llenaría la cuarta parte de sus necesidades, y responde a sacratísimas obligaciones.

Se le imputa a la Iglesia la nota de temeridad y partidismo la mezclarse en la contienda que tiene dividida a la nación.

- La Iglesia se ha puesto siempre del lado de la justicia y de la paz, y ha colaborado con los poderes del Estado, en cualquier situación, al bien común. No se ha atado a nadie, fuesen partidos, personas o tendencias. Situada por encima de todos y de todo, ha cumplido sus deberes de adoctrinar y exhortar a la caridad, sintiendo pena profunda por haber sido perseguida y repudiada por gran número de sus hijos extraviados. Apelamos a los copiosos escritos y hechos que abonan estas afirmaciones.Se dice que esta guerra es de clases, y que la Iglesia se ha puesto del lado de los ricos.

- Quienes conocen sus causas y naturaleza saben que no. Que aun reconociendo algún descuido en el cumplimiento de los deberes de justicia y caridad, que la iglesia ha sido la primera en urgir, las clases trabajadoras estaban fuertemente protegidas por la ley, y la nación había entrado por el franco camino de una mejor distribución de la riqueza. La lucha de clases es más virulenta en otros países que en España. Precisamente en ella se ha librado de la guerra horrible gran parte de las regiones más pobres, y se ha ensañado más donde ha sido mayor el coeficiente de la riqueza y del bienestar del pueblo. Ni pueden echarse en el olvido nuestra avanzada legislación social y nuestras prósperas instituciones de beneficencia y asistencia pública y privada, de abolengo español, y cristiano. El pueblo fue engañado con promesas irrealizables, incompatibles no sólo con la vida económica del país, sino con cualquier clase de vida económica organizada. Aquí está la bienandanza de las regiones indemnes, y la miseria, que se adueñó ya de las que han caído bajo el dominio comunista.

La guerra de España, dice, no es más que un episodio de la lucha universal entre la democracia y el estatismo; el triunfo del movimiento nacional llevará a la nación a la esclavitud del Estado. La Iglesia de España - leemos en una revista extranjera - ante el dilema de la persecución por el Gobierno de Madrid o la servidumbre a quienes representan tendencias políticas que nada tiene de cristiano, ha optado por la servidumbre.

No es éste el dilema que se ha planteado a la Iglesia en nuestro país, sino éste: La iglesia, antes de perecer totalmente en manos del comunismo, como ha ocurrido en las regiones por él dominadas, se siente amparada por un poder que hasta ahora ha garantizado los principios fundamentales de toda sociedad, sin miramiento ninguno a sus tendencias políticas.

Cuanto a lo futuro, no podemos predecir lo que ocurrirá al final de la lucha.

Si que afirmamos que la guerra no se ha emprendido para levantar un Estado autócrata sobre una nación humillada, sino para que resurja el espíritu nacional con la pujanza y la libertad cristiana de los tiempos viejos.

Confiamos en la prudencia de los hombres de gobierno, que no querrán aceptar moldes extranjeros para la configuración del Estado español futuro, sino que tendrán en cuenta las exigencias de la vida íntima nacional y la trayectoria marcada por los siglos pasados. Toda sociedad bien ordenada basa sobre principios profundos y de ellos vive, no de aportaciones adjetivas y extrañas, discordes con el espíritu nacional. La vida es más fuerte que lo programas, y un gobernante prudente no impondrá un programa que violente las fuerzas íntimas de la nación. Seríamos los primeros en lamentar que la autocracia irresponsable de un parlamento fuese sustituida por la más terrible de una dictadura desarraigada de la nación. Abrigamos la esperanza legítima de que no será así. Precisamente lo que ha salvado a España en el gravísimo momento actual ha sido la persistencia de los principios seculares que han informado nuestra vida y el hecho de que un gran sector de la nación se alzara para defenderlos. Sería un error quebrar la trayectoria espiritual del país, y no es de creer que se caiga en él.

Se imputan a los dirigentes del movimiento nacional crímenes semejantes a los cometidos por los del Frente Popular.

"El ejército blanco, leemos en acreditada revista católica extranjera, recurre a medios injustificado, contra los que debemos protestar... El conjunto de informaciones que tenemos indica que el terror blanco reina en la España nacionalista con todo el horror que representan casi todos los terrores revolucionarios... Los resultados obtenidos parecen despreciables al lado del desarrollo de crueldad metódicamente organizada de que hacen prueba las tropas".

El respetable articulista está malísimamente informado.

Tiene toda guerra sus excesos; los habrá tenido, sin duda, el movimiento nacional; nadie se defiende con total serenidad de las cosas arremetidas de un enemigo sin entrañas. Reprobando en nombre de la justicia y de la caridad cristianas todo exceso que se hubiese cometido, por error o por gente subalterna y que metódicamente ha abultado la información extranjera, decimos que el juicio que rectificamos no responde a la verdad, y afirmamos que va una distancia enorme, infranqueable, y entre los principios de justicia, de su administración y de la forma de aplicarla entre una y otra parte.

Más bien diríamos que la justicia del Frente Popular ha sido una historia horrible de atropellos a la justicia, contra Dios, la sociedad y los hombres.

No puede haber justicia cuando se elimina a Dios, principio de toda justicia. Matar por matar, destruir por destruir; expoliar al adversario no beligerante, como principio de actuación cívica y militar, he aquí lo que se puede afirmar de los unos con razón y no se puede imputar a los otros sin injusticia.

Dos palabras sobre le problema de nacionalismo vasco, tan desconocido y falseado y del que se ha hecho arma contra el movimiento nacional.

Toda nuestra admiración por las virtudes cívicas y religiosas de nuestros hermanos vascos. Toda nuestra caridad por la gran desgracia que les aflige, que consideramos nuestra, porque es de la patria. Toda nuestra pena por la ofuscación que han sufrido sus dirigentes en un momento grave de su historia.

Pero toda nuestra reprobación por haber desoído la voz de la Iglesia y tener realidad en ellos las palabras del Papa en su Encíclica sobre el comunismo: 

"Los agentes de destrucción, que no son tan numerosos, aprovechándose de estas discordias (lo de los católicos), las hacen más estridentes, y acaban por lanzar a la lucha a los católicos los unos a los otros. - "Los que trabajando por aumentar las disensiones entre católicos toman sobre sí una terrible responsabilidad, ante Dios y ante la Iglesia".

- "El comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, los que quieren salvar la civilización cristiana".

- "Cuanto las regiones, donde el comunismo consigue penetrar, más se distingan por la antigüedad y grandeza de su civilización cristiana, tanto más devastador se manifestará allí el odio de los 'sin - Dios'".

En una revista extranjera de gran circulación se afirma que el pueblo se ha separado en España del sacerdote porque éste se recluta en la clase señoril; y que no quiere bautizar a sus hijos por los crecidos derechos de administración del Sacramento.

- A lo primero respondemos que las vocaciones en los distintos Seminarios de España están reclutados en la siguiente forma:

Número total de seminaristas en 1935: 7.401; 

nobles: 6; 

ricos, con un capital superior de 10.000 pesetas: 115; 

pobres, o casi pobres: 7.280. 

- A lo segundo, que antes del cambio de régimen no llegaban los hijos de padres católicos no bautizados al uno por diez mil; el arancel es modicísimo, y nulo para los pobres.


9º. Conclusión.


Cerramos, Venerables Hermanos, esta ya larga Carta rogándonos nos ayudéis a lamentar la gran catástrofe nacional de España, en que se han perdido, con la justicia y la paz, fundamento del bien común y de aquella vida virtuosa de la Ciudad de que nos habla el Angélicos, tantos valores de civilización y de vida cristiana.

El olvido de la verdad y de la virtud, en el orden político, económico y social, nos ha acarreado esta desgracia colectiva.

Hemos sido mal gobernados porque, como dice Santo Tomás, Dios hace reinar al hombre hipócrita por causa de los pecados del pueblo.

A vuestra piedad, añadid la caridad de vuestras oraciones y las de vuestros fieles; para que aprendamos la lección del castigo con que Dios nos ha probado: para que se reconstruya pronto nuestra patria y pueda llenar sus destinos futuros, de que son presagio los que ha cumplido en siglos anteriores; para que se contenga , con el esfuerzo y las oraciones de todos, esta inundación de comunismo que tiende a anular al Espíritu de Dios y al espíritu hombre, únicos polos que han sostenido las civilizaciones que fueron.

Y completad vuestra obra con la caridad de la verdad sobre las cosas de España.  

"Non est addenda afflictio afflictis"; a la pena por lo que sufrimos se ha añadido la de no haberse comprendido nuestros sufrimientos.

Más, la de aumentarlos con la mentira, con la insidia, con la interpretación torcida de los hechos.

No se nos ha hechos siquiera el honor de considerarnos víctimas.

La razón y la justicia se han pesado en la misma balanza que la sinrazón y la injusticia, tal vez la mayor que han visto los siglos.

Se ha dado el mismo crédito al periódico asalariado, al folleto procaz o al escrito del español prevaricador, que ha arrastrado por el mundo con vilipendio el nombre de su madre patria, que a la voz de los Prelados, al concienzudo estudio del moralista o a la relación auténtica del cúmulo de hechos que son afrenta de la humana historia.

Ayudadnos a difundir la verdad.

Sus derechos sin imprescriptibles, sobre todo cuando se trata del honor de un pueblo, de los prestigios de la Iglesia, de la salvación del mundo.

Ayudadnos con la divulgación del contenido de estas Letras, vigilando la prensa y la propaganda católica, rectificando los errores de la indiferente o adversa.

El hombre enemigo ha sembrado copiosamente la cizaña: ayudadnos a sembrar profusamente la buena semilla.

Consentidnos una declaración última.

Dios sabe que amamos en las entrañas de Cristo y perdonamos de todo corazón a cuantos, sin saber lo que hacían, han inferido daño gravísimo a la Iglesia y a la Patria. Son hijos nuestros. Invocamos ante Dios y a favor de ellos los méritos de nuestros mártires, de los diez Obispos y de los miles de sacerdotes y católicos que murieron perdonándoles, así como el dolor, como de mar profundo, que sufre nuestra España.

Rogad para que en nuestra patria se extingan los odios, se acerquen las almas y volvamos a ser todos unos en los vínculos de la caridad.

Acordaos de nuestros Obispos asesinados, de tantos millares de sacerdotes, religiosos y seglares selectos que sucumbieron sólo por ser la milicia escogida de Cristo; y pedid al Señor que dé fecundidad a su sangre generosa. De ninguno de ellos se sabe que claudicara en la hora del martirio; por millares dieron altísimos ejemplos de heroísmo. Es gloria inmarcesible de nuestra España. Ayudadnos a orar, y sobre nuestra tierra, regada hoy con sangre de hermanos, brillará otra vez el iris de la paz cristiana y se reconstruirán a la par nuestra Iglesia, tan gloriosa, y nuestra Patria, tan fecunda.

Y que la paz del Señor sea con todos nosotros, ya que nos ha llamado a todos a la gran obra de la paz universal, que es el establecimiento del Reino de Dios en el mundo por la edificación del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, de la que nos ha constituido Obispos y Pastores.

Os escribimos desde España, haciendo memoria de los Hermanos difuntos y ausentes de la patria, en la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, 1º de Julio de 1937

ISIDRO, Card. GOMÁ Y TOMÁS, Arzobispo de Toledo;
EUSTAQUIO, Card. ILUNDAIN Y ESTEBAN, Arzobispo de Sevilla;
PRUDENDIO, Arzobispo de Valencia;
MANUEL, Arzobispo de Burgos;
RIGOBERTO, Arzobispo de Zaragoza;
TOMAS, Arzobispo de Santiago;
AGUSTIN, Arzobispo de Granada, Administrador Apostólico de Almería, Guadix y Jaén;
ADOLFO, Obispo de Córdoba, Administrador Apostólico del Obispado Priorato de Ciudad Real;
JOSÉ, Arzobispo-Obispo de Mallorca;
LEOPOLDO, Obispo de Madrid-Alcalá;
MANUEL, Obispo de Palencia;
ENRIQUE, Obispo de Salamanca;
VALENTIN, Obispo de Solsona;
JUSTINO, Obispo de Urgel;
MIGUEL DE LOS SANTOS, Obispo de Cartagena;
FIDEL, Obispo de Calahorra;
FLORENCIO, Obispo de Orense;
RAFAEL, Obispo de Lugo;
FELIX, Obispo de Tortosa;
FR. ALBINO, Obispo de Tenerife;
JUAN, Obispo de Jaca;
JUAN, Obispo de Vich;
NICANOR, Obispo de Tarazona, Administrador Apostólico de Tudela;
JOSÉ, Obispo de Santander;
FELICIANO, Obispo de Plasencia;
ANTONIO, Obispo de Quersoneso de Creta, Administrador Apostólico de Ibiza;
LUCIANO, Obispo de Segovia;
MANUEL, Obispo de Zamora;
MANUEL, Obispo de Curio, Administrador Apostólico de Ciudad Rodrigo;
LINO, Obispo de Huesca;
ANTONIO, Obispo de Tuy;
JOSÉ MARIA, Obispo de Badajoz;
JOSÉ, Obispo de Gerona; JUSTO, Obispo de Oviedo;
FR. FRANCISCO, Obispo de Coria;
BENAJAMIN, Obispo de Mondoñedo;
TOMÁS, Obispo de Osma;
FR. ANSELMO, Obispo de Teruel-Albarracín;
SANTOS, Obispo de Avila;
BALBINO, Obispo de Málaga;
MARCELINO, Obispo de Pamplona;
ANTONIO, Obispo de Canarias;
HILARIO YABEN. Vicario Capitular de Sigüenza;
EUGENIO DOMAICA, Vicario Capitular de Cádiz;
EMILIO F. GARCÍA, Vicario Capitular de Ceuta;
FERNANDO ALVAREZ, Vicario Capitular de León;
JOSÉ ZURITA, Vicario Capitular de Valladolid.





Dictadura o dictablanda de Franco


Cuéntame...Lo que no nos cuentan.

  

¿Cómo se llegó al partido único?

10/01/2018 | Samuel Johsua

En 1927, Bujarin escribe: 

“En la dictadura del proletariado, puede haber dos, tres o cuatro partidos, pero con una única condición: uno, en el poder, y los otros, en prisión”. 

Un análisis transformado en siniestro dogma. 

Sin embargo, el proceso que llevó a ello no sólo fue lento, sino que contradecía completamente la práctica histórica del partido bolchevique y, más aún, su teorización. ¿Fue el resultado de circunstancias incontrolables o algo con profundas raíces ?

Lo que es verdad es que la trágica ocurrencia de Bujarin representa muy bien la línea oficial de los bolcheviques en las deliberaciones del catastrófico X Congreso del Partido Comunista de 1921. Este es generalmente conocido por tres circunstancias cuya coincidencia fue muy criticada. 

- Se dió en un momento en el que la guerra civil estaba ganada en su mayor parte, pero en el que el país estaba exhausto y estalla la revuelta de Kronstadt. Una revuelta deformada y vilipendiada que se reprime con dureza (200 congresistas tomaron personalmente las armas contra Kronstadt). 

- El segundo acontecimiento en importancia es que el Congreso prohíbe las fracciones internas del partido (y de hecho, cierra la puerta a toda expresión pública de divergencias entre comunistas). Por último, al terminar el Congreso, y con muy poco debate, se adopta la Nueva Política Económica (NEP). Esto es: se cede a nivel económico, restableciendo mecanismos abiertamente reconocidos como capitalistas, al mismo tiempo que en el plano de las libertades democráticas se es intransigente.

Es este Congreso el que teoriza, de hecho, la dictadura del partido único.

Trotsky defiende entonces 

“el derecho de primogenitura (droit d’aînesse) histórico revolucionario del partido”

y explica que 

“el partido está obligado a mantener su dictadura (…) sean cuales sean las dudas temporales, incluso en la clase obrera. (…) La dictadura no se fundamenta siempre en el principio formal de la democracia obrera”. 

Es evidente que la cuestión no es aquí la relación con otros partidos, sino la relación con la propia democracia obrera. 

Por entonces, hace tiempo ya que la democracia no se entiende como un debate entre partidos, sino directamente como una relación que hay que gestionar entre el partido, la clase obrera y los campesinos pobres. Pero ni siquiera esto último funciona, y es lo que dice Trotsky

Existe aún, para Trotsky, el sentimiento de una excepcionalidad de la situación. Que la dictadura no se fundamente “siempre” en la democracia obrera da a entender que, en general, sí ha de ser así.

No ocurre igual con Lenin, quien en el mismo Congreso va al grano: 

“El marxismo enseña que el partido político de la clase obrera, esto es, el Partido Comunista, es el único capaz de agrupar, educar y organizar a la vanguardia del proletariado y de todas las masas trabajadoras; que es el único capaz (…) de dirigir todas las actividades unificadas del conjunto del proletariado, es decir, de dirigirlo políticamente y, por medio de él, de guiar a todas las masas trabajadoras. De lo contrario, la dictadura del proletariado es imposible”. 

El rol dirigente del partido es la condición misma de la dictadura del proletariado. Se puede deducir de ello que la dictadura de su Comité Central es, también, la garantía del rol dirigente… Es lo que va a decidirse en este Congreso. Parece que nos encontramos a años luz de la famosa obra de Lenin, El Estado y la revolución. En realidad esto no es una certeza (es un debate en sí mismo). En esta obra, no hay una sola mención a los partidos políticos, ni por lo tanto a la organización del espacio y de los debates políticos propiamente dichos.

Sea como fuere, lo cierto es que, en ese momento, la ocurrencia de Bujarin corresponde de manera muy exacta a una realidad bastante teorizada.


Bandera oficial del PNF.


Partido Nacional Fascista.



Presidente Benito Mussolini
Líder Benito Mussolini
Fundación 9 de noviembre de 1921
Disolución 27 de julio de 1943
Precedido por Fasci italiani di combattimento
Ideología Fascismo italiano
Posición Tercera posición
Sucesor Partido Fascista Republicano
Sede Palazzo della Farnesina, Via della Lungara, 230, Roma
País Italia
Organización
juvenil Gioventù Italiana del Littorio
Opera Nazionale Balilla
Fuerza paramilitar Milicia Voluntaria para la Seguridad Nacional
Afiliación internacional Internacional Fascista
(Observador)
Publicación Il Popolo d'Italia
2 Disuelto por las autoridades. Unos meses después, refundado como el Partido Fascista Republicano (PFR).

El Partido Nacional Fascista (en italiano: Partito Nazionale Fascista, abreviado PNF) fue un partido político italiano, máxima expresión del fascismo y única formación política legal durante la dictadura de Benito Mussolini, entre 1925 y 1943. 

El PNF fue fundado en Roma, el 9 de noviembre de 1921 por iniciativa de Mussolini al convertirse en partido los Fasci italiani di combattimento.

El Partido Nacional Fascista tenía sus raíces en el nacionalismo italiano y en el deseo de restaurar y ampliar los territorios italianos, los cuales los fascistas italianos consideraban necesarios para que una nación pudiera afirmar su fuerza y su superioridad, y así evitar caer en la decadencia.​ 

Los fascistas italianos afirmaban frecuentemente que la Italia moderna era heredera de la Roma antigua y de su legado, por lo que apoyaban la creación de un Imperio Italiano que permitiera proporcionar un spazio vitale para la colonización de colonos italianos, así como el establecimiento de un control sobre el mar Mediterráneo.

Los fascistas promovían el establecimiento de un sistema económico corporativista en el que el empleador y el empleado estuvieran unidos en asociaciones para representar colectivamente a los productores económicos de la nación y trabajar junto al Estado para establecer una política económica nacional.​ 

Este sistema económico buscaba resolver la lucha de clases a través de la cooperación entre clases.​

El fascismo italiano se oponía al liberalismo, pero en lugar de buscar una restauración reaccionaria del mundo anterior a la Revolución francesa, que consideraba que se había viciado, éste planteaba una visión innovadora. Se oponía al socialismo y al marxismo, y también se mostraba contrario a movimientos como el conservadurismo reaccionario desarrollado por Joseph de Maistre.​ 

Por otro lado, el nacionalismo constituyó una de las principales bases del fascismo italiano, estando íntimamente ligado con el histórico movimiento nacionalista italiano que había llevado a la unificación del país y que a su vez era visto por la población como un paso para alcanzar una Italia moderna.


Historia

Formación y ascenso al poder.


Fue fundado en Roma el 9 de noviembre de 1921 y supuso la transformación de la organización paramilitar Fasci Italiani di Combattimento en un grupo político más coherente. Los Fasci di Combattimento habían sido fundados por Mussolini en Milán el 23 de marzo de 1919. El PNF fue clave en dirigir y popularizar la ideología de Mussolini. En los primeros años, grupos del PNF llamados Camisas Negras construyeron su base de poder, luchando contra los socialistas, comunistas y sus instituciones en el área rural del Valle del Po, obteniendo con ello numerosos apoyos.
 
Los fascistas conquistaron el poder el 28 de octubre de 1922, al ser nombrado Mussolini jefe de gobierno tras la Marcha sobre Roma por un acuerdo con el rey Víctor Manuel III. Creando una ley electoral que beneficiaba a los ganadores (la Ley Acerbo), el PNF consiguió la mayoría absoluta en las elecciones de abril de 1924. Este triunfo fue duramente criticado por la oposición que denunció numerosas irregularidades, sobre todo el diputado socialista Giacomo Matteotti, asesinado poco después de sus denuncias. Los autores fueron juzgados y ejecutados por Mussolini.

A principios de 1925, Mussolini eliminó toda pretensión democrática y estableció una dictadura total. A partir de ese momento, el PNF se convirtió en el único partido legal del país; esta situación se formalizó mediante una ley aprobada en 1928, siendo Italia un Estado de partido único hasta el final del régimen fascista en 1943.

Después de la toma del poder, el régimen fascista comenzó a imponer la ideología y simbolismo fascista en todo el país. 

Ser miembro del PNF fue necesario para obtener un empleo o tener ayuda del gobierno. 

Los fasces adornaban los edificios públicos, lemas y símbolos fascistas que fueron plasmados en el arte, y se creó un culto a la personalidad en torno a Mussolini como salvador de la nación, siendo llamado "Il Duce" ("El Líder"). 

El parlamento italiano fue sustituido en sus funciones por el Gran Consejo Fascista, ocupado exclusivamente por miembros de PNF. El PNF promovió el imperialismo italiano en África y la segregación racial y la supremacía blanca de los italianos en las colonias.


Disolución y reconversión.


El Gran Consejo Fascista, a raíz de una solicitud de Dino Grandi, derrocó a Mussolini el 25 de julio de 1943, pidiendo al rey que revocara oficialmente los plenos poderes de Mussolini como primer ministro, cosa que hizo, siendo Mussolini encarcelado; el poder fascista se derrumbó inmediatamente y el 27 de julio el partido fue prohibido oficialmente por el nuevo gobierno italiano liderado por el mariscal Pietro Badoglio.

Después de que la Alemania nazi libera a Mussolini de prisión en la Operación Roble en septiembre de 1943, el PNF fue sucedido por el 13 de septiembre por el Partido Fascista Republicano (PFR), con poder únicamente en la República Social Italiana en el norte de Italia y bajo la protección de Alemania. 

El nuevo líder del PFR fue Alessandro Pavolini, pero no sobrevivió a la ejecución de Mussolini y la desaparición de la República Social Italiana en abril de 1945.







LA FALANGE, EL MOVIMIENTO Y EL DESARROLLO POLÍTICO





Ante todo quiero expresar mi reconocimiento a nuestro Presidente, Antonio Guerrero Burgos, por las cordialísimas palabras que me ha dedicado, y mi gratitud también a la Junta Directiva de este Club,organizadora del Curso de Conferencias que en él se vienen celebrando, por haberme dispensado el honor de inaugurar las de este año, ocupando una tribuna por la que tan ilustres personalidades políticas e intelectuales han desfilado.

Con mi gratitud reiterada, va la expresión de la mejor voluntad de corresponder a la distinción, exponiendo mi pensamiento sobre el tema elegido, con la mayor claridad, sinceridad y sencillez que me sean posibles.

Voy a hablaros de «La Falange, el Movimiento y el Desarrollo Político», expresando no sólo mis puntos de vista, sino también los contrarios.

Empecemos por la Falange.

Proceso histórico

La Falange es un fenómeno especial de la vida política española, lleno de matices y contrastes como lo fue su Fundador.

La Falange tiene de lirismo romántico y de norma clásica. Para unos, es reaccionaria. Para otros, avanzada y socialista. Para unos, recuerdo histórico del pasado. Para otros, realidad viva, actuante, de luminoso porvenir.

La Falange despierta adhesiones o repulsas apasionadas, nunca la indiferencia, como el pertenecer a un partido liberal o conservador, y ha sido objeto de arbitrarias interpretaciones, que han servido para fundamentar ataques y declarar su incompatibilidad con las exigencias políticas presentes.

Nació la Falange, como es bien sabido, aunque no es inútil recordarlo, de la crisis del Estado Liberal capitalista, su incapacidad para solucionar los problemas que el triunfo del comunismo en Rusia había planteado, y de la necesidad de dar satisfacción a las exigencias de justicia social que ese comunismo puso de manifiesto.

José Antonio comprendió la imperiosa exigencia de sustituir el Estado liberal por otro, que respetando los valores que aquél había conquistado en orden a la persona humana, aceptase la partede razón que el socialismo tuviese (se refiere a las reivindicaciones del socialismo premarxista).

Estas ideas, ambientadas en el contexto del mundo que le tocó vivir, y aplicadas a la sociedad concreta de España, le hicieron ver no sólo la intolerable situación del proletariado español, sino también la división y la dimisión de España como unidad histórica, ingredientes todos que pasados por el crisol de su inteligencia, dieron a luz la Falange.

Bien conocido es el proceso histórico de ésta, los acontecimientos que van señalando las diversas etapas de su vida, y las características de cada una de ellas.

La Falange fundacional, la muerte de José Antonio, la unión de la Falange con el Tradicionalismo y su participación en la guerra, y bajo la dirección obligada del Ejército, con la merecida autoridad y prestigio que el triunfo proporcionó a éste.

El desempeño de puestos políticos claves, por personas de ideologías distintas, capaces de comprender la falangista, pero no de sentirla con emoción bastante e intensidad necesaria para llevarla a la práctica.

La Guerra Mundial y su desenlace, con el triunfo de ideas e incluso de personas, que la Falange había combatido y vencido en España en el campo de batalla; la etapa de la postguerra, en la que había que romper el cerco internacional y reconstruir moral y materialmente a la Nación, sacándola de la miseria, y por último, la etapa que culminó con la promulgación de la Ley Orgánica del Estado.

Quiero decir con esto, que la acción de la Falange no ha podido ser la misma que si la conquista del Poder hubiera sido obra exclusiva de ella, por eso, al juzgarla, hay que situarse en cada momento y sobre la realidad de los hechos, lo cual justificará, o por lo menos, explicará muchas cosas.

Cabrá argüir que el presente es consecuencia de nuestros actos pasado, y que los errores
cometidos traen ahora situaciones o consecuencias que no existirían de no haberse cometido aquéllos; pero independientemente que si la Falange ha estado en el Poder, pero no lo ha ejercido realmente, y que quienes sobrevivimos a José Antonio y estábamos identificados con él, carecíamos de la personalidad y de la autoridad moral que él tenía para imponer el ritmo y la dirección que a la Falange hubiera dado, entiendo que el balance de su actuación en el conjunto del Régimen, es positivo, y que la Falange debe mostrarse orgullosa de lo que ha aportado al activo de ese balance, no ya sólo por las realizaciones o iniciativas de contenido falangista que el Régimen ha llevado a cabo, especialmente en lo social, sino por el estado de conciencia, por la mentalidad que ha creado en los españoles, y que hace que muchos sean falangistas sin saberlo; y sobre todo, porque si no ha conseguido cuanto su doctrina exige, ha sido siempre el muro de contención contra los excesos reaccionarios, y acicate para hacer desaparecer la injusticia donde ésta se presentara, en contra de los que afirman que la Falange ha sido el aglutinante del frente conservador del Movimiento. La historia de la justicia social en España, está llena de nombres y realizaciones de la Falange.

La Falange no ha tenido nunca una actitud de irracional agresividad. Se defendió cuando fue atacada y su acción ha sido siempre una acción al servicio de una ideología.

La Falange ha aceptado cuantos han venido a ella de buena fe, y precisamente, por no ser excluyente, sino integradora, compartió con generosidad colaboraciones que, por lo menos, pudo recibir con desagrado. Colaboraciones, algunas de las cuales hoy le pagan su integradora actitud de ayer con moneda de signo contrario, presentándola como la rémora, el obstáculo para el desarrollo político de España, y quieren borrarla de nuestro horizonte político cual negro nubarrón que oscurece e impide ver el sol radiante de su ansiada democracia.

Muchos de los que antes frenaron sus ímpetus revolucionarios y la llamaron «roja» por lo que hizo y por lo que quería hacer, hoy la llaman derechista, calificación que la Falange rechaza, no por incorporarse al coro de laicos y no laicos que estiman el calificativo un agravio intolerable, sino por no responder a la verdad de su posición política.

La Falange, contraria al maniqueísmo político, es en parte derecha, y en parte izquierda, pero totalmente, de ninguna de las dos posiciones, ya que la suya constituye una síntesis de los valores espirituales e históricos que han formado la personalidad de España, con el progreso y avance social, y no comprende por qué los primeros de esos valores han de ser patrimonio exclusivo de las llamadas derechas, y los segundos, de las llamadas izquierdas, aunque ciertas intervenciones o interpretaciones personales hayan desvirtuado en un sentido o en otro, tal posición doctrinal.

Aparte que esa clasificación de derechas e izquierdas es cada día más difícil de mantener, ya que sus diferencias están sometidas a los cambios de la mecánica social, y así, lo que en un tiempo era izquierda, hoy puede considerarse moderado o de derecha.

Si derecha se entiende como sinónimo de inmovilismo, de conservación, e izquierda, en cambio, de progreso y avance, aplicados esos conceptos a la Falange, sería derecha, pues quiere conservar el régimen vigente; pero como busca también su desarrollo, y llevar a cabo todas las reformas y cambios que éste permite, de acuerdo con los principios de la democracia social que el Régimen propugna, en este aspecto la Falange sería también izquierdas.

Asimismo, se atribuye a la Falange que defiende un Estado totalitario. Pero, ¿qué es un Estado totalitario?

Un valor-sobreentendido flota en todas las interpretaciones. La de ser un EstadoLeviathan, que absorbe al hombre y a los derechos que le son inherentes por su propia naturaleza.

¿Qué entronque tiene esta concepción estatal con la doctrina falangista?

Para la Falange, el hombre es el eje alrededor del que gira toda su doctrina.

El humanismo de la Falange no es antropocéntrico e inmanente, no el que defiende la dignidad humana desvinculándola de su origen divino. El humanismo falangista es de naturaleza cristiana porque ve en Dios el centro del Hombre, hecho éste a imagen y semejanza de aquél.

Pero en ese humanismo, Dios no está al servicio de la dignidad y perfección de la persona humana, sino ésta al servicio de los fines y destinos para la que Dios la creó.

José Antonio, al formular su doctrina, parte de un principio esencial: el restablecimiento de la unidad íntima del hombre rota por la disociación entre la Razón y la Fe. Liberada la razón de todo enlace divino y de todo apoyo histórico-social, el hombre se entrega a un formalismo vacío y a una indiferencia ante los valores religiosos y éticos.

Tal actitud humana, unida a la idea liberal de que el Estado es un mal necesario, que debe reducirse al mínimo, hace caer al hombre en el escepticismo estatal, viendo en el Estado tan sólo un sistema desvitalizado, de normas abstractas.

Frente a tal concepción antivital, se alzó otra para la que el Estado es sólo la expresión de la conciencia histórica de una clase (comunismo); de una raza (nazismo), o de una nación (fascismo).

La Falange considera malas estas soluciones, y quiere armonizar el individuo con la sociedad.

Para ello, lo primero que intenta es arrancar al Estado de esa órbita formalista, creando en el español una conciencia estatal, y dándole un Estado que, lejos de diluirle en la colectividad, le sirva de instrumento para conseguir el respeto de su integridad física y espiritual, y para alcanzar su destino eterno de hombre, e histórico contingente de español.

Para la Falange, las relaciones entre el individuo y el Estado, no pueden construirse sobre los cimientos de la oposición. La Falange reconoce la realidad de uno y otro término, pero como el individuo y el Estado son, a la postre, voluntades humanas, no han de tener poderes absolutos, sino limitados por leyes superiores de moral y de justicia, limitaciones que no nacen, por tanto, de la oposición recíproca entre Estado e individuo, sino de su subordinación a esos principios superiores.

La Falange concibe al Estado como un instrumento al servicio del bien común, no como un fin en sí mismo. Como un Estado para todos, de todos y al servicio de todos, no de unos pocos o muchos, privilegiadamente.

Tragedia de la Falange

Se ha escrito por algunos, que la tragedia de la Falange consiste en no haber sabido dar al pensamiento de José Antonio la evolución ideológica que él seguramente hubiera dado, de haber vivido.

Si la doctrina de Falange constituyera un programa detallado de soluciones concretas, de aplicación temporal, claro es que a estas horas estaría sobrepasada por el tiempo.
Pero como fundamentalmente consiste en una concepción de la vida, una actitud del hombre ante los problemas que ésta va planteando, inspiradas en determinados principios, ese anacronismo o desfasamiento no pueden darse.

En definitiva, la Falange es la toma de conciencia de la situación del hombre como ser trascendente, capaz de salvarse o de perderse, pero también como fuente y finalidad de todo valor social.

Pero, además, ¿cuáles son las doctrinas políticas nuevas surgidas después de la guerra mundial? Porque el liberalismo capitalista y el socialismo en sus actuales expresiones —neo-capitalismo y socialismo humano— son precisamente la síntesis doctrinal que la Falange lanzó hace  40 años, sometiendo al capitalismo a unas obligaciones sociales, y limpiando al socialismo de sus características marxistas.

Sin olvidar tampoco, que las tres causas que impedían la unidad de España, que la Falange quería rehacer, hoy día vuelven a dar muestras de actividad.

Ahí está el separatismo, ahí sigue el comunismo y ahí está el propósito de retornar a los partidos políticos.

Por consiguiente, aunque el pensamiento de José Antonio hubiese evolucionado, de haber vivido, la evolución no hubiera implicado nunca la aceptación de los separatismos, el marxismo, ni los partidos políticos, puntos en que su criterio era tajante, a no ser que se admita que él hubiese destruido su propia obra.

La verdadera tragedia de la Falange consiste en haber sido víctima de la incomprensión, pues a estas alturas hay muchos que aún desconocen su verdad; de la ingratitud, al no reconocérsele todos los sacrificios y servicios prestados a España; de la injusticia por atribuírsele faltas que no ha cometido, y otras realizadas por quienes diciéndose falangistas, no lo eran efectivamente; y de la deslealtad, deserción o traición de los que la abandonaron cuando creyeron se encontraba en riesgo de perecer.

Cabe preguntarse si la transformación económica y social que proyectaba la Falange, por las circunstancias subjetivas u objetivas que sean, ha fracasado y ya no se pueden realizar.

Entiendo que la respuesta no puede ser rotunda, y hay que matizarla.

No faltan quienes opinan que de haber hecho esa transformación al salir de nuestra contienda, al borde de estallar la mundial, sin un desarrollo acabado y sistemático de la doctrina, se hubieran tenido muchísimas probabilidades de fracasar y agravar la situación de España. 

Antes de repartir, dicen, había que crear lo repartible.

De acuerdo, pero añado yo, que una vez superada esa etapa, y creada esa riqueza material y espiritual, hay que cumplir aquellos mandatos aún inéditos de nuestra doctrina, en su versión actualizada.

Porque, ¿acaso la sociedad española ha alcanzado tales cimas, tales cotas de justicia y perfección, que esté eliminado cualquier propósito o intento para superar esas cimas, y hayamos de darnos ya por satisfechos?

No, siempre existirán nuevas metas que alcanzar, todas las que consistan en el logro de la mayor justicia social, por ejemplo, una más justa distribución de la riqueza y de las cargas fiscales, aunque implique sacrificios para los que estemos mejor situados económicamente; la reforma de la empresa a base de una concepción comunitaria; la regulación del trabajo, entendido éste no como una simple energía motriz, ni como una mera ejecución mecánica y repetidora de actos de rutina, sino como una relación entre hombres libres, que lleva a la exaltación de la personalidad del trabajador y de su fuerza creadora; la transformación de la mentalidad del hombre del consumismo, con un criterio ético, racional y austero, para que la producción no tenga como único fin obtener un beneficio y hacer del hombre un consumidor de mercancías cuya necesidad ha sido artificialmente creada por la propaganda, sino que el consumo sea instrumento para satisfacer aquellas necesidades sociales que enriquezcan y ennoblezcan la vida humana.

Igualmente, disminuir no sólo la frustración económica de los trabajadores, sino también la cultural y espiritual. Porque la cultura, que antes indicaba un privilegio de refinamiento de una minoría, hoy ha de ser el código de conducta de todo un pueblo, y la idea de sociedad, que designaba antes a un grupo de gente de buena cuna y maneras refinadas, ha sido ampliada hasta llegar a comprender a todos los que integran ese pueblo.

Pero el hecho de tener un puesto en la sociedad justa, significa no sólo tener derecho a concebir y expresar juicios en todos los sectores de la vida, sino también el derecho a la participación de aquellos beneficios que la sociedad proporciona, entre ellos, el de la cultura.

No puede haber verdadera justicia social, mientras la educación no sea eficaz, y para ello ha de tenerse en cuenta la pluralidad de la naturaleza humana en sus distintos aspectos.

La educación ha de ser global y permanente. Global en el sentido de que ha de proporcionar al trabajador el mínimo de cultura general que le permita juzgar debidamente cosas que están fuera de su especialización, colocándole así en condiciones de influir y participar en la formación de las decisiones del poder, y de darse cuenta de las consecuencias colectivas de sus actos individuales.

Para que la educación sea justa y humana, no basta la igualdad de acceso a la enseñanza, sino que hay que agregar la igualdad de oportunidades, que no consiste —como generalmente se entiende— en garantizar a todos la misma educación, sino en ofrecer a cada uno el método, el tiempo de duración y las formas de enseñanza que le convengan a su particular condición, teniendo en cuenta las limitaciones formativas que provienen del ambiente familiar.

La igualdad de oportunidades a todos los hombres de una sociedad, impedirá que haya grupos de ellos y de sus descendientes, que estén condenados a vivir perpetuamente en los límites de una clase y de un género de vida determinados, del que con rarísimas excepciones podrán salir.

Posición y objetivos actuales de Falange

Pero hoy día, ¿cuál es la situación legal de la Falange?

Después de la promulgación de la Ley Orgánica del Estado, es sabido que la Falange no existe como organización, y ha perdido su personalidad jurídica, absorbida dentro de la del Movimiento. Pero conserva toda su fuerza y personalidad espiritual, manteniéndose como el pensamiento y voluntad de acción de muchos cientos de miles de españoles que siguen creyendo en ella.

Ahora bien, si falangista, claro es, es aquel que está identificado con la doctrina de la Falange, la defiende y quiere implantarla, dentro de esta calificación común, cabe distinguir distintas posiciones.

Una, la de los que entienden la Falange como parte integrante del Movimiento Nacional, y que su doctrina es la que inspira y está recogida en la del Movimiento, buscando contribuir dentro de él a que se alcance totalmente.

Pero en este grupo de que hablamos, cabe hacer una subdivisión: los que defienden el desarrollo político homogéneo con la doctrina del Movimiento, y que permiten las Leyes Fundamentales, y losque dan a ese desarrollo una interpretación más libre.

Así, por ejemplo, se dice a veces que el falangismo no tiene otra salida lógica que el proclamar su identidad con el socialismo, si quiere reivindicar un puesto en la historia de las ideas políticas.

Ante todo, debemos tener presente que no faltan autores que consideran que el socialismo ha sido superado, y que ha perdido su valor como análisis clínico de una patología capitalista. Que ha quedado inactual, en razón de que muchas de sus aspiraciones se han constituido hoy en el patrón de los sistemas capitalistas de las sociedades altamente industrializadas. 

Y que si antes era el socialismo el que retaba a la sociedad, ofreciéndole la posibilidad de otra mejor, hoy, por el contrario, es la sociedad la que reta al socialismo pidiéndole nuevas concepciones para ella.

Y esto ha sido así, porque el nuevo capitalismo, con su elevación del nivel de vida, ha transformado el concepto de clase, y ha disminuido la tensión política colectiva, ofreciendo además un constante mejoramiento en virtud del aumento de la producción y del bienestar.

Hoy el socialismo, en realidad, ha dejado de ser la alternativa del capitalismo, para convertirse en la igualdad en el bienestar.

De aquí la crisis de los partidos social-demócratas europeos, porque si extreman su radicalismo, pierden sus adeptos, atraídos éstos por el mecanismo de la sociedad de consumo capitalista. Por eso, para conservar su clientela, se vuelven más moderados y liberales, pero entonces se encuentran prisioneros del propio sistema que querían destruir.

Obsérvese que los partidos socialistas, cuanto más fuerza política tienen, son menos radicales. Ejemplo, el laborismo inglés, que hoy día es un partido conservador.
Y cuanto menos fuertes son políticamente, más aumenta su radicalismo; ejemplo, el socialismo italiano.

Hoy día, pues, los partidos social-demócratas están integrados en el sistema neocapitalista, y buscan dar a la clase obrera una estabilidad en él, convirtiéndola en un engranaje de este nuevo capitalismo.

Con independencia de lo anteriormente expuesto, el hecho de que la Falange tenga un contenido eminentemente social y humano, no impone su identidad con el socialismo.

El socialismo occidental se refleja en la existencia de partidos políticos, está enlazado con organizaciones sindicalistas partidistas y de clase, tiene una dogmática económica más rígida, y el factor religioso no es tenido en cuenta. El que la Falange admita la propiedad individual al lado de otra socializada, no es coincidencia bastante, pues la Falange tiene en su doctrina otros muchos aspectos y es un todo armónico.

Igualmente, argumentar que en el socialismo moderno puede haber desaparecido la contradicción con los valores espirituales, tampoco es razón bastante, pues la Falange busca integrar en ella a las llamadas derechas que compartan la inquietud y la justicia social.

Si la coincidencia fuera tal entre socialismo y Falange, que aquél se confundiera con ésta, sobraría el socialismo o sobraría la Falange.

Porque recuérdese que el socialismo no marxista, la social democracia, existía ya cuando nació la Falange, y José Antonio se refirió a ella en diferentes ocasiones. Si se hubiera dado esa identidad que ahora se invoca, no estaría justificada la creación de la Falange.

Sin contar que el Partido Socialista Obrero Español, en sus últimas y recientes declaraciones, ha expresado sin lugar a dudas su identificación con el Partido Comunista español, quien a su vez ha vuelto a la disciplina del comunismo ruso.

Y sin olvidar que la Falange ha valorado siempre lo que de justicia encierra el Socialismo,
mientras que éste no ha valorado el contenido social de la Falange.

La Falange quiso vivir en paz con los socialistas no marxistas; éstos se la negaron, la trataron a tiros, y contribuyeron, o por lo menos, no impidieron la muerte de José Antonio.

En consecuencia, y con todo el respeto que merece el pensamiento ajeno cuando es sincero, entiendo que los falangistas han de adoptar posiciones definidas y concretas, es decir, manifestar si siguen o no creyendo en la vigencia de la doctrina de la Falange.

En el primer caso, han de continuar luchando por ella desde cualquier posición táctica que ocupen.

Lo que me parece inadmisible es propugnar soluciones contrarias a esa doctrina, incluso su desaparición, y seguir llamándose falangistas. 

Por último, existen los falangistas que defienden la autonomía personal, jurídica, doctrinal y orgánica de la Falange con respecto al Movimiento. Entre ellos, ocupan lugar destacado falangistas que pertenecen a las nuevas generaciones, los cuales han llegado a la Falange, no por la vía emocional, sino por la del raciocinio, y para quienes los textos fundacionales tienen un valor casi evangélico. Son de una intransigencia doctrinal, de una pureza realmente admirables, y constituyen un foco de permanencia y continuidad muy valioso ante una futura actividad independiente de la Falange.

Pero la Falange no se ha convertido en estatua de sal por tener la vista vuelta únicamente al pasado, sino que dirige sus ojos al futuro. Lo que no admite, es el no poder contribuir a la formación de ese futuro, porque se estime que tuvo una tarea ya pretérita que cumplir, y que en ella se ha agotado. Dándose la paradoja de que siendo la Falange una de las fuerzas políticas que más han
contribuido al resultado de nuestra guerra, la implantación del Régimen y su contenido político, sé la quiere colocar en la situación del vencido o derrotado. Circunstancia que no invoco como reflejo de una mentalidad de permanente beligerancia, sino como afán de justicia presente e histórica.

Por eso, sin triunfalismo, y sin quedar reducida a mera figura histórica del pasado, desbordada por la actualidad, Falange invoca sus títulos, tanto doctrinales como humanos, para que su opinión sea tenida en cuenta en la realidad del desarrollo político de que tanto se habla, y en lugar de oponerse, contribuir a él.

La Falange, lejos de fomentar el sectarismo, la formación de grupos y la confusión política, quiere seguir trabajando en solidaridad con los demás españoles para contribuir a resolver los problemas políticos y económicos que España tiene hoy día planteados, conscientes de su importancia y gravedad, y cuyo afán de solucionarlos debe servir de aglutinante. Porque la unidad es el factor indispensable para el logro de esa solución. No la impidamos o dificultemos con disputas sobre lo pequeño, olvidándonos de lo verdaderamente sustancial para España.

Esa exigencia de unidad, que en lo nacional colectivamente nos afecta a todos, afecta también particularmente a los falangistas, que han de estar unidos sobre la base de la doctrina fundacional, cuya fecundidad no se ha agotado y en muchos puntos sigue inédita. Han de estar unidos, tanto los jóvenes como los viejos, los falangistas históricos y los nuevos, los de ayer y los de hoy, completándose mutuamente, aportando unos experiencia y la autoridad moral de su conducta y de su historia; los otros, sangre joven y garantía de relevo y continuidad.

Por eso, más que gastar energías en verbalismos criticistas o nostálgicos, los falangistas deben esforzarse por llegar a puntos de coincidencia, eliminando las diferencias personalistas y de grupo contrarias a la idea sustancial de la Falange, que no es más que una.

En definitiva, los falangistas han de estar siempre preparados para cumplir unidos la misión que por derecho les corresponde en la vida española, y que los acontecimientos puedan exigir.

Por eso, si el día de mañana se estableciera la actuación independiente de cada uno de los grupos integrados en el Movimiento, bien en forma directa, bien mediante un régimen de asociaciones, la Falange debe hallarse dispuesta a recobrar la libertad de acción y demostrar su fuerza de atracción popular, su capacidad de aglutinar a las izquierdas nacionales y a las derechas sociales, empleando ambos términos para una más fácil comprensión, consiguiendo lo que hasta ahora no haya podido lograr en cuanto a la implantación de su doctrina, y conforme a ella, volver a luchar para que la unidad política y social de España se restablezca.


El Movimiento.

El Movimiento Nacional, que tiene su punto de arranque en el Alzamiento del 18 de Julio, nace jurídica y legalmente en virtud de la unificación de la Falange con la fraternal y gloriosa Tradición, mediante el Decreto de abril de 1937, en cuya exposición de motivos —no en el articulado— se emplea el término «Movimiento», que si originariamente está identificado con FET. y las JONS., paulatinamente va desplazando esta identidad para convertirse en un término genérico.

Los 26 puntos de Falange, que fueron el programa político del Movimiento, se sustituyen en 1958 por los Principios Fundamentales, inspirados en gran parte en aquéllos.

Por la Ley Orgánica del Estado de 1967, el Movimiento Nacional queda institucionalizado, completando su regulación la Ley Orgánica del Movimiento y el Estatuto Orgánico del mismo.

El Movimiento Nacional no es un partido único ni un único partido.

El partido único tiene doscaracterísticas:

Primera: su composición monolítica, minoritaria y excluyente no se funda en la voluntaria filiación, sino que es un galardón que hay que conquistar.

Segunda: en el partido único, el Estado es una mera máquina administrativa, no tiene capacidad de deliberación política, ésta corresponde al partido. El partido controla al Estado y no el Estado al partido.

Además, en el partido único hay un monolitismo dogmático y de mando, frente a la unidad articulada y el contraste de pareceres del Movimiento.

El Movimiento tampoco es un grupo de partidos, ni siquiera un grupo de políticos que buscan llegar a un «modus vivendi» para alternarse en el reparto del Poder, sino que es una movilización del pueblo, para integrarlo en una comunión, en orden a unos principios doctrinales, inspiradores y estímulo para la acción del Estado.

El Movimiento Nacional, que es una institución de nuestro Sistema político con propia sustantividad respecto a las demás instituciones de aquél, no puede confundirse ni con el Estado ni con la Administración.

Pero, además, el Movimiento es la comunidad de los españoles en los ideales que alentaron las banderas que se alzaron el 18 de Julio.

Es, pues, la clave del arco de bóveda del Régimen.

Sin embargo, ahora es objeto de una campaña de crítica política, que unas veces, para poder moverse en el terreno de lo lícito, se encubre en la posibilidad de su reforma, respetando la Ley Orgánica del Estado, pero otras, se manifiesta clara y desafiante, pidiendo sea suprimido.

En ese primer aspecto, la esencia de la pretendida reforma se centra en la desaparición del Movimiento como organización, manteniendo sólo el Movimiento-comunión.

Veamos los argumentos en que esa posición se apoya, y a la vez expondremos los que a nuestro juicio los rebaten.

En primer lugar, se pone en duda la constitucionalidad del Movimiento como organización, ya que se dice que, tanto los Principios del Movimiento como la Ley Orgánica del Estado, de lo que hablan es del Movimiento-comunión y no del Movimiento-organización.

Efectivamente, así es, pero si la fórmula de promulgación se refiere exclusivamente a los Principios, no tenía por qué al promulgarlos referirse también a la organización, máxime cuando aquéllos tienen un carácter permanente e inderogable, y la organización se puede modificar. Esa fórmula de promulgación no implica, por lo tanto, que la comunidad excluya la organización.

Y en cuanto a la definición de la Ley Orgánica, nótese que en ella se expone también que el Movimiento debe informar el orden político en régimen de ordenada concurrencia de criterios, promoción que sin duda impone una organización.

Se opina igualmente, que la Ley que aprobó el Movimiento-organización fue una interpretación osada de la Ley Orgánica del Estado, cuyo texto se refiere única y exclusivamente al Consejo Nacional.

Pero como se hizo ver en la discusión de la citada Ley en las Cortes, no hay un solo artículo de la Ley Orgánica del Estado que postule como obligatoria la denominación de Ley Orgánica del Consejo Nacional, aunque no lo prohiba.

Lo único que preestablece la Ley Orgánica del Estado es el rango de la norma que ha de regular el Consejo Nacional. Luego, no hay inconstitucionalidad ni interpretación audaz en la fórmula que el Gobierno eligió y que las Cortes aprobaron.

El Consejo Nacional es la representación colegiada del Movimiento, no una entidad en sí y por sí. Representa lo que el Movimiento significa colegiadamente.

¿Qué obstáculo jurídico existe en que la Ley que lo regula se llame Orgánica del Movimiento y del Consejo? ¿Cuál es el bien que se busca proteger constitucionalmente con la Ley? ¿El Consejo Nacional o el Movimiento?

A mi juicio, los dos, a no ser que se crea que el Consejo Nacional es la representación de una entidad metafísica sin corporeidad.

En la Ley Orgánica del Estado, el Movimiento tiene tres órganos perfectamente calificados: la Jefatura Nacional, el Consejo Nacional y la Secretaría General, y si éstos no fueran estructuras de toda una organización, entonces el Jefe Nacional sería Jefe Nacional de la comunión de los españoles en los Principios del Movimiento Nacional, y el Consejo Nacional, la representación colegiada de esa comunión. Fórmulas delirantes.

Pero más aún, los Principios no tienen efectividad en la realidad de los hombres, aunque la puedan tener en sus conciencias, sin una estructura que los haga aplicables. No basta invocarlos, hay que actuarlos y defenderlos, y eso requiere una organización, porque el Movimiento no será una organización, pero tiene que tener una organización.

Consecuencia también de la negación del Movimiento-organización es entender al Secretario General sólo como órgano interno del Consejo y no del Movimiento.

Pero si el Secretario General lo fuese sólo del Consejo, parece lógico que tanto en su nombramiento como en su cese, interviniese éste. Sin embargo, vemos que no ocurre así.

Según el artículo 26 de la Ley Orgánica del Estado, el Secretario General será designado por el Jefe del Estado, a propuesta del Presidente del Gobierno, y según el artículo 27, el Secretario General cesará en su cargo por las siguientes causas:

a) Al cambiar el Presidente del Gobierno. Lo que traerá la consecuencia de que siendo la duración legal del Consejo cuatro años, y la del Presidente del Gobierno, cinco, habrá un período de tiempo en que no exista Consejo y, sin embargo, el Secretario General —que se dice es uno de sus miembros-continuará desempeñando tal cargo.

b) Por iniciativa del Presidente del Gobierno, aceptada por el Jefe del Estado.

c) A petición propia, cuando haya sido aceptada su dimisión por el Jefe del Estado, y a propuesta del Presidente del Gobierno. En este caso, parece también obligado que si el Secretario General del Consejo lo fuese exclusivamente de él, necesitaría, antes de hacer esa petición, el consentimiento del órgano a que pertenece.

Vemos, pues, que el Consejo Nacional no interviene nunca ni en el nombramiento ni en el cese del Secretario.

Pero, además, según el artículo 25 de la Ley Orgánica de! Estado, el Jefe del Gobierno será Presidente del Consejo Nacional, asistido del Secretario General, al cual, a su vez, corresponde ejercer la Vicepresidencia de dicho Consejo, con estructura funcional autónoma, y como el secretario de un organismo tiene por misión dar fe de su actuación, resulta que si el Secretario General no lo fuera del Movimiento, tendría que dar fe como Secretario del Consejo, de las sesiones que él mismo ha presidido, función que en realidad realizan los secretarios específicos del Consejo.

Y, por último, no hay que olvidar que esta figura del Secretario General preexiste a la del Consejo Nacional, puesto que aparece en el Título 3.° de la Ley Orgánica del Estado, que lleva por rúbrica del Gobierno de la nación, cuando todavía la Ley no ha hablado del Consejo Nacional.


El desarrollo político.

Entremos en el tercer punto de mi disertación: El desarrollo político.

No cabe duda de que todo sistema o institución política debe responder a las exigencias del tiempo en que vive, y a las características del país en que se aplica. De ahí, precisamente, que al tratar de nuestro desarrollo político, no podemos olvidar el nacimiento y particularidades de nuestro Estado.

España, al crearlo, en virtud de la voluntad soberana y la facultad constituyente que le confirió el resultado de la lucha que sostuvo para conseguir su unidad y liberación social y espiritual, ratificada por varios referendums, no se sintió obligada a darse un régimen copia exacta de las técnicas del Derecho Constitucional liberal, ni a purificar supuestas faltas en el Jordán del sistema parlamentario.

Por eso, el Estado español no es el totalitario, tiránico y absorbente de la sociedad, sino el instrumento al servicio de la dignidad de la persona humana, y la integridad de España. Pero no es tampoco el Estado liberal, neutro e indiferente, sin ideario alguno, sino un Estado que se inspira en unos principios que implican una finalidad personalista del mismo, que le impone determinada técnica de organización jurídica al servicio de esa finalidad, lo cual permite perfectamente considerarle como Estado democrático y de derecho.

Porque el Estado democrático no tiene que adoptar, para serlo, como forma exclusiva de
realizarse, la liberal y parlamentaria y de partido, ni el Estado de derecho es monopolio del Estado demoliberal.

Hoy día, ni un solo sistema político osará presentarse como antidemocrático, calificación que equivale a la condena definitiva e infamante.

Pero la democracia es pabellón que ampara mercancías heterogéneas y discrepancias profundas.

Sin embargo, sobre esas diferencias, existe un denominador común: el ideal de igualdad entre los hombres, ya que el de libertad no es bastante, pues lleva inevitablemente a la desigualdad, aunque existan algunas que son inevitables y aun necesarias, como la que supone el Poder del que ejerce la autoridad sobre los gobernados.

Hoy, que ese Poder ya no lo ejercen dioses, hijos de dioses ° elegidos por los dioses, la democracia exige que el Poder esté legitimado por el consentimiento de quienes obedecen, aunque ese consentimiento puede ser expresado de distintas maneras, y una de ellas es la representación que surge en política cuando la democracia no puede ser directa en razón de la mayor dimensión delos núcleos humanos.

Pero todo sistema de representación pública supone una concepción de la sociedad.

Si es mecanicista, la representación se obtendrá con arreglo al sufragio universal.

Si es orgánica, la representación incidirá sobre los grupos sociales.

El Estado español se basa en la democracia orgánica y no en la inorgánica. 


La democracia.

La democracia.orgánica se asemeja a la inorgánica, en que en ambas el sujeto de la representación es el individuo, y no directamente, sino a través de cauces intermedios.

Se diferencia: primero, en que mientras en la representación inorgánica esos individuos actúan sólo como ciudadanos, en la orgánica lo hacen como individuos situados socialmente.

Y segundo: en que esos cauces intermedios de representación, en la inorgánica son los partidos, y en la orgánica son los sindicatos, la familia y el municipio.

En ambos casos, el sujeto de la representación es el hombre y no la corporación.

Nuestro Estado se basa también en una democracia social. 

En la democracia política, los derechos del hombre son facultades inherentes a él y que sólo a él corresponde ejercer y al Estado respetar.

En la democracia social, esos derechos son exigencias cuyo contenido está determinado por una necesidad material o espiritual, de la que esos derechos son su consagración jurídica. Se denominan sociales, porque no se reconocen al hombre en abstracto, sino al hombre concreto, y porque son créditos del individuo contra la sociedad, que al Estado corresponde satisfacer.

Si la democracia política tiene por objeto librar al individuo de coacción autoritaria, en la democracia social, la finalidad es asegurar entre los hombres una igualdad, una libertad y una justicia efectivas, no formales, que la democracia liberal es impotente para asegurar.

Pero esta acción del poder no es una fórmula unitaria, sino que hay que fijar su contenido y los medios de ejercerlo.

Nuestro Estado ha entendido que la fórmula adecuada de esa acción, en lo económico-social, era el sindicalismo. 

Un sindicalismo de integración, autonomía, representatividad y participación, que
partiendo de la idea de la unidad orgánica, tanto entre los grupos de personas que intervienen en la producción como también de la unidad orgánica de los diferentes ciclos de esa producción, desde la primera materia hasta la manufactura, ha venido a sustituir al sindicalismo horizontal y clasista, estimulante de la lucha de clases, adscrito al sistema de partidos políticos que se aprovechaban de él para sus ambiciones, por otro que busca la justicia en la colaboración, el diálogo y la negociación. Y a sustituir un sindicalismo exclusivamente contestatario y reivindicativo, por uno de participación en las funciones y en la responsabilidad del Estado.

Reivindicar refleja una situación de inferioridad. Participar, una de igualdad. Y más aún que de participación, hemos de hablar de integración, porque la participación puede ser casual o transitoria.

Integración implica presencia permanente en las decisiones del Estado, lo que ningún otro
sindicalismo ofrece.

Hoy día, el Sindicato y el Estado no se pueden ignorar. El Sindicato necesita del Estado para la eficacia de sus decisiones. El Estado, del Sindicato para la eficacia de las suyas.

El Estado español considera también que el Estado de derecho, al respetar los fundamentales de la persona humana, ha de hacerlo sin perjuicio de la armonía de esa persona con las formas comunitarias y sociales en que la vida se realiza, máxime cuando a consecuencia del desarrollo científico, industrial y tecnológico, y de la complejidad y gigantismo económico que ha determinado la aparición de grupos privados de Poder, el Estado no ha de limitarse a respetar esos derechos de los individuos, sino que ha de regular las relaciones de ellos entre sí, con los grupos, y de ambos con el propio Estado.

Pero, además de todo ello, y como otra característica, el Estado español no es un paréntesis abierto en la vida pública de España para resolver una situación transitoria, y una vez resuelta, cerrarla para reanudar el pasado.
 
Nuestro Régimen no se ha limitado a una tarea de tipo administrativo, de obras públicas, ni restablecimiento de la autoridad, sino que, como consecuencia de la tremenda conmoción nacional que supuso su origen, con erradicación del régimen entonces existente, el nuestro ha llevado a cabo una total transformación de la vida pública española, creando un sistema constitucional desde la base a la cima, integrado por una serie de instituciones que dan al Sistema una vida autónoma e independiente de la de su Jefe, cuya sucesión está bien prevista y regulada.

Claro que ello no significa que el Sistema no sea susceptible de desarrollo y perfección.

Nadie que tenga un mínimo de sensibilidad y responsabilidad política puede oponerse al desarrollo político de España.

Lo que sucede es que hay que distinguir entre los que entienden que ese desarrollo ha de hacerse de un modo coherente con la línea fundacional y las Leyes Fundamentales, y con el «como» y «hasta» que éstas permiten, y los que creen que esas Leyes y Principios permiten avanzar mucho más, y llegar a formas de democratización análogas a las que existen en otros países del mundo.

Es, pues, un problema de interpretación de ese «como» y ese «hasta», interpretación cuyo valor decisorio no puede ser subjetivo, sino que corresponde al Gobierno, a las Cortes, al Consejo Nacional, y en último caso, al Jefe del Estado, previo informe del Consejo del Reino, declarando o no el contrafuero.

Por consiguiente, un desarrollo político como el que se propone a veces, con toda la libertad, en libros, prensa, discursos y conferencias, a base de sufragio universal inorgánico, formación del Gobierno de acuerdo con la mayoría de las Cortes, y posibilidad de ser derribado por las mismas; supresión del Movimiento o mantenimiento de él tan sólo como comunión; asociaciones con ideologías y representación en Cortes y en el Consejo Nacional; sindicalismo de clase; hacer el futuro de la Monarquía incierto y problemático, entablando polémicas sobre la función del Monarca, si es expresión única o compartida de la soberanía nacional; si el del Rey es un poder efectivo e impulsor, o un mero poder arbitral, y llegar incluso a dudar de la legitimidad de la Monarquía, sometiéndola a la decisión de un referéndum, pienso que serán soluciones o propuestas acertadas para otros sistemas políticos, o el camino para convertirse en ellos, pero no los más conformes para consolidar el nuestro, ni con una interpretación ortodoxa de nuestras Leyes Constitucionales.

De esas propuestas de desarrollo que he citado, voy a referirme concretamente al tema del
asociacionismo político, de vigente actualidad, exponiendo las razones con que defiendo mi opinión sobre el mismo.

Antes de entrar en el examen de las asociaciones políticas, creo oportuno decir algo sobre su concepto y distinción con el partido y los grupos de presión.

El término asociación política, es un término genérico, pues todo partido político supone una asociación, aunque no toda asociación es un partido político.

Un partido político es una organización disciplinada, que tiene por fin alcanzar el Poder, y una vez alcanzado, hacer prevalecer las ideas e intereses que representa.

Son, pues, sus características, ser una máquina electoral, promover figuras políticas lo mismo en la oposición que en el Gobierno, señalar problemas y soluciones, criticar las ajenas, ejercer una labor de propaganda y captación de voluntades, movilizando la opinión, todo en orden al logro de los fines antes citados.

Un grupo de presión tiene como finalidad influir en el Poder, para hacer prevalecer sus ideas o intereses, pero no ejercerlo.

Las asociaciones políticas son organizaciones que pueden realizar algunas de las funciones propias de los partidos, pero no todas, como posteriormente explicaré.

Ahora bien, al hablar del asociacionismo en nuestra legislación vigente, hay que distinguir entre las asociaciones que no pertenecen al Movimiento, que se regulan por la Ley de 1964, y las del Movimiento, que a su vez pueden ser o no políticas.

Estas últimas, las políticas, están reconocidas en el artículo 15 del Estatuto Orgánico del Movimiento, único texto que las cita concreta y expresamente, pues los otros textos legales que se pueden invocar, artículos 10 y 16 del Fuero de los Es pañoles, 4 y 21 de la Ley Orgánica del Estado, Principio VIII del Movimiento Nacional, hacen referencia al derecho de asociación en general, a la promoción por el Movimiento de la vida política en régimen de ordenada concurrencia de criterios, al encauzamiento del contraste de pareceres por el Consejo Nacional, y a los cauces de representación.

Vaya por delante que, conforme a los preceptos legales vigentes, no cabe duda que las asociaciones políticas son perfectamente lícitas en España, con las características y límites que las Leyes Fundamentales establecen. Y no se diga que el señalar estos límites son escrúpulos, exageraciones de jurista apegado a la letra de la Ley, que deben ceder a la realidad sociológica.

Porque el más alto valor para la convivencia social es la observancia de los principios constitucionales que la rigen. Sin esa observancia, la vida social quedaría en el aire sin base firme de apoyatura y a merced de vaivenes e interpretaciones individuales y contradictorias.

Esos límites, entiendo, son los siguientes:

No imponer una disciplina de opinión a sus miembros; no poder ser ideológicas ni tener representación en las Cortes, ni constituir una máquina electoral para la conquista del Poder, Imitaciones todas que son precisamente la diferencia con los partidos, pues sin ellas terminarían irremediablemente, si no lo fueran ab-initio, en partidos políticos, cualquiera fuese el nombre que se les diera.

Explicaré el porqué —a mi juicio— de esas limitaciones.

Si por ideología se entiende un sistema de ideas que determinan una concepción de la sociedad y del Estado, y el nuestro tiene la suya reflejada en los Principios Fundamentales, las asociaciones no podrán tener ideologías propias, porque o irán contra esos Principios o serán una repetición innecesaria de los mismos.

En cambio, pueden contribuir a promover el legítimo contraste de pareceres, para evitar el enfrentamiento de ideologías o sistemas globales de oposición.

Es decir, contraste de opiniones, criterios, interpretaciones, lo que un autor ha llamado «ideas redondas», para liberarlas de la agresividad de las llamadas «picudas».

Hay, pues, que distinguir entre los principios y los pareceres. Los principios son inmutables y no se discuten. Son la expresión de la ideología del Movimiento.

Los pareceres son lo que consideramos mejor para lograr la finalidad que persiguen esos
Principios.

El contraste no significa enfrentamiento y lucha política propia de los partidos, sino el diálogo directo dentro de un marco legal, para llegar a la concurrencia de criterios con la finalidad de ofrecer un mecanismo concreto de recambio, un planteamiento político de canjeo.

A mi juicio, pues, las asociaciones políticas pueden hacer formulaciones de medidas y programas; análisis crítico de soluciones concretas de Gobierno; promocionar figuras en razón de su preparación, opiniones y vocación política; contribuir a formar corrientes de opinión avaladas por todos los miembros de la asociación que las comparten, sobre problemas determinados, que servirán al Gobierno de orientación y ayuda para resolverlos, y ayudar al perfeccionamiento del Movimiento
Nacional.


Representatividad.

Las asociaciones políticas no pueden tener representación en las tareas legislativas y en las demás de interés general, por que así lo preceptúa categóricamente y sin lugar a dudas ei Principio 8.° de los del Movimiento Nacional, cuando dice que esa representación se llevará a cabo a través de la familia, municipio y Sindicato, y demás entidades de representación orgánica que a este fin reconozcan las leyes, y que toda organización política de cualquier índole, al margen de este sistema
representativo, será considerada ilegal.

Son, pues, bien concretos los tres cauces de representación.

Y en cuanto al de las entidades a que alude el texto lega!, son las profesionales, que se incluyen o se pueden incluir en la Ley de Cortes, así como cualquier otra que reconozcan las leyes, pero que han de ser siempre con representación orgánica, de la que carecerá una asociación política.

Cierto que se argumenta en contrario, que al presentar el Principio 8.°, citado, como obstáculo al carácter representativo de las asociaciones políticas en las Cortes, se incurre en el error de confundir los cauces con los sujetos de la representación.

Los cauces, dicen, son la familia, el municipio y el Sindicato; los sujetos, el ciudadano. Y la prueba está —añaden— en que el artículo 10 del Fuero de los Españoles reconoce a todos ellos el derecho de participar en las funciones públicas de carácter representativo, lo que les lleva a la conclusión de que los españoles, sólo como ciudadanos, independientemente de su condición de vecino o padre de familia o de trabajador, son los sujetos de la representación a través de los cauces que señala el Principio 8.°

Tal argumentación, con la que discrepo, aconseja recordar las consideraciones sobre la representación orgánica o inorgánica que hice anteriormente.

En su consecuencia, para que el español en la representación orgánica pueda actuar a través de la familia, el municipio y el Sindicato tiene que estar cualificado por esa situación social antes indicada, y no ser sólo el ciudadano, porque entonces, la representación no sería orgánica, como lo exige la Ley.

¿Podrán las asociaciones presentar candidatos? Para mí, la cuestión, desde un punto de vista práctico, es indiferente, porque, se permita o no esa presentación, es evidente que la actuación de una persona en el marco de una asociación define, destaca y matiza su personalidad ante la opinión pública, y que si esta persona, por los cauces legales de representación, llegase a ostentarla, defenderá los puntos de vista que su asociación hubiera defendido, aunque no podrá hacerlo en nombre de la misma, porque la Ley de Cortes prohibe el mandato imperativo.

Ahora bien, como la representación implica participación, pero ésta puede darse sin aquélla, porque la participación consiste en la actividad del ciudadano en la formación de las decisiones del Poder —y esta actividad no está reducida al ejercicio del derecho electoral de voto— las asociaciones tienen una posibilidad de participación política, independientemente de su representatividad.

Otro punto también de discusión es si las asociaciones de acción política han de estar dentro o fuera del Movimiento.

Así, se dice en primer lugar, que el Movimiento-organización permanece gracias a que no es pluralista, al menos en el grado de que las grandes opciones políticas que serían posibles en el marco constitucional, encontrasen en él una acogida sin restricción.

Si el régimen asociativo —añaden— fuese algo más que el fiel reflejo de la presente organización del Movimiento, éste, en cuanto a organización única, correría el riesgo de evaporación.

Y se continúa argumentando que las asociaciones no pueden existir dentro del Movimiento-organización, porque ello constituiría el monopolio asociativo por parte de una organización política, como cuestión interna suya, en contra del derecho reconocido a todos los españoles.

Pero los que así argumentan, olvidan que el Movimiento-organización no es un cauce político más entre otros muchos, sino el único existente como organización del Movimiento, comunión, e inseparable de éste mientras no se cambie la Lev Orgánica de ese Movimiento.

Pero más aún, aun cuando el Movimiento - organización desapareciera y subsistiese sólo como comunión en los Principios Fundamentales, dado que éstos señalan la ideología y los cauces de representación, las asociaciones contrarias a una y otros, estarían también fuera del Movimiento considerado como comunión. Y es que la comunión no está sometida a la organización, sino que ésta lo es de una comunión que ya existía previamente.

Hay quienes, en fin, opinan que el Movimiento puede considerarse como un cuarto cauce de representatividad, pero entiendo no es un cauce más al lado de los otros tres establecidos por las leyes, sino el cauce general por el que aquéllos discurren, y el que les inspira y encuadra.

Vemos que la principal dificultad estriba en encontrar el equilibrio entre la eficacia de las asociaciones, en orden a facilitar la máxima participación política en la vida pública, con la obligación de que dicha participación no altere los cauces legales establecidos para ello, y cuya eficacia y resultado son evidentes.

Pero además de esa posición que acabo de exponer, es decir, la de los que entienden que el desarrollo que proponen cabe hacerlo dentro de nuestras Leyes Fundamentales, hay otra más radical y sincera, la de los que atribuyéndose una representación que no sabemos si realmente tienen, y considerándose depositarios de la verdad política, piden un cambio de Régimen cuyo texto constitucional tiene poco más de siete años de vigencia, y se encuentra en pleno desarrollo habiéndose aprobado ya una nueva Ley Sindical, y la Orgánica de Justicia; y próximas a serlo, la de Defensa Nacional, la de Administración Local y la de Incompatibilidades.

¿Y por qué lo piden? ¿Acaso porque el Régimen actual no ha proporcionado a España el período de paz más largo que conoce en su historia? ¿Por no haber redimido al pueblo español de la miseria? 

¿Por no haberle proporcionado trabajo, progresos y seguridad social? ¿Por no haber librado la batalla cultural, aprobando el presupuesto de Educación más alto de España, y uno de los primeros del mundo? ¿Por no haber dado a España internacionalmente un prestigio moral y una solvencia económica? ¿Por hacer estéril la muerte y los sacrificios de los que hicieron posible su creación? 

No creo que las respuestas a estas preguntas puedan ser afirmativas, y justificar el cambio.
Indaguemos, pues, las razones de esa propuesta de cambio.

Dicen que las actuales generaciones no sienten como propios, ni nada le dicen ni emocionan los acontecimientos de nuestra guerra, ocurridos cuando muchos de sus miembros no habían nacido, y que conocen sólo por referencia y el estudio.

No se trata de eso; sí, de que si aquellos acontecimientos no hubieran tenido el desenlace que tuvieron, el mundo de esas generaciones sería hoy, para ellas, diferente del que es.

Como he dicho en otras ocasiones, las actuales generaciones comunistas no vivieron tampoco la Revolución de 1917, el asalto al Palacio de Invierno, ni las hazañas del crucero «Aurora» o las del acorazado «Potemkin», pero saben que son comunistas como resultado de aquella Revolución y de aquellos episodios, y por eso siguen considerándolos como propios Y valorándolos en toda su trascendencia.

No es, pues, una cuestión sentimental, sino de comprensión y educación, esto es, de educar a las juventudes en la doctrina, en la historia, en los logros del Régimen, para que os conozcan, los comprendan y los juzguen, a fin de evitar que esa juventud crea que el Régimen es todo lo contrario) de lo que es, adoctrinada por una propaganda que con toda libertad de crítica, ofrece una imagen del Régimen absolutamente falsa, y así poder decir luego que la juventud no está con él, o que desconoce las figuras más representativas del mismo.

Se dice también, que la apertura es el medio de evitar la subversión, porque ésta no quiere la apertura, ya que así, a] no existir otro camino, encuentra la justificación a su violencia, y que por eso es la primera, cuando se abre un procese evolutivo, en estimular sus exageraciones para provocar la reacción inmovilista que le hace el juego. Pero este razona miento, del que se deduce el deber de evitar esas exageraciones, no es totalmente acertado, pues también puede ocurrí: que la subversión encuentre en esa apertura el medio de alcanzar fácil y pacíficamente sus propósitos.

Se argumenta que al no permitir a las fuerzas políticas de centro y de derecha organizarse, y ser las comunistas quienes lo hacen clandestinamente, al ocurrir el cambio de régimen, estas últimas son las únicas que se hallan en condiciones de tomar el Poder, impidiendo la organización de las contrarias

Podrá ocurrir esto en un régimen personal, permanentemente inmóvil, hermético, cerrado, sin juego político alguno, con una prensa amordazada o perseguida, no en un régimen, en evolución ininterrumpida desde su origen, con tendencias políticas varias y actuantes, gobiernos de coalición, prensa libre con capacidad de crítica, propaganda y ataque, y con cauces de participación representativa que no son monopolio de un grupo o tendencia, sino de todas en general.

Ahora bien, si se entiende que no hay más forma de organización política que los partidos, y se trata de un régimen que doctrinal y constitucionalmente no los admite, pedir permita su organización previa, sería tanto como caer en la contradicción de exigirle haga lo opuesto a su propia significación.

Sin contar que esas fuerzas de centro y derecha que se quejan de no poder organizarse, olvidan, sin duda, que disponen y utilizan constante, libre y ampliamente, de toda clase de medios orales y escritos de propaganda y organización, siendo de lamentar que en vez de dedicar esos esfuerzos con vistas al cambio del Régimen de que forman parte, no los empleen en perfeccionarle, para hacer innecesario evitar el cambio, como tratan de hacerlo otras fuerzas que están también dentro del Régimen, lo que parece más lógico.

Lo que sucede es que el comunismo dispone de una técnica variable según las circunstancias; la lucha armada, el terrorismo, la filtración en los puntos vulnerables del sector social, obrero, burgués, intelectual e incluso capitalista, que quiere atraerse o debilitar mediante la táctica adecuada para conseguirlo. Dispone de una experiencia y una decisión que utiliza en servicio de una doctrina, y unos objetivos, incluso de carácter internacional, de los que carece la democracia liberal, organizada o por organizar, que permite al comunismo —cuando ocurre el cambio que esa democracia facilita con sus críticas— anularla y ocupar los puntos claves del Poder.

No basta oponer al comunismo una actitud negativa, de anti, ni las soluciones formales de la democracia liberal, sino otra fe, otra doctrina.

Creer que las juventudes se convencen con votos y elecciones, es grande y grave equivocación.

Otros, en fin, son los que piden el cambio porque creen que nuestro sistema político ha quedado superado por la realidad del mundo actual, que impone ese cambio para estar al nivel democrático de
los demás países.

Un Estado democrático exige la participación del pueblo en las tareas del Estado y el control de su actividad. ¿Y por que vamos a disminuir las diferentes posibilidades de satisfacer estas exigencias de la democracia, concretándonos al sistema de partidos?

Un Estado de partidos es un Estado en cambio permanente y de contradictorias opciones. No puede ser nacional ni independiente, porque está basado en la mayoría numérica como expresión del partido más fuerte o mejor organizado, lo que no es garantía de que sea ni el mejor para la Nación, ni el más conforme con la verdad y la justicia, cuyo valor ontológico y permanente se hace problemático al quedar sometido a las decisiones numéricas de esa mayoría partidista.

¿Por qué se considera democrática la representación que se lleva a afecto a través de los partidos, y no la que se realiza a través de la familia, el municipio y los sindicatos, cuan do éstos, al no ser la representación corporativa, ni con mandato imperativo, tanto los electores como los elegidos pueden expresar libremente su opinión, no sólo respecto a intereses o funciones de grupo, sino a los problemas políticos que se plantean en las Cortes y fuera de ellas?

Sin contar que la representación del tercio familiar, y la de las corporaciones locales y de los Consejeros Nacionales del Movimiento, con su doble función en el propio Consejo y en las Cortes, en virtud de su condición de procuradores, constituyen otros factores de representación eminentemente política, que completan y equilibran la representación funcional. ¿Que todo esto es teoría, pero no realidad? Pues hágase que lo sea.

La autenticidad de las instituciones, el que cumplan la misión para que fueron creadas con libertad e independencia de voto y expresión, implica la garantía de su consolidación y prestigio.

¿Es que el ejemplo de lo que ocurre en los países del régimen de liberalismo partidista es atractivo y digno de imitar? ¿Es que es aconsejable la vuelta a formas políticas ya ensayadas en España, que demostrarían, como ya lo demostraron, su incapacidad para resistir el empuje del marxismo, directa o solapadamente cubierto con la capa de la conciliación nacional y democrática, marxismo al que los españoles en su inmensa mayoría rechazan?

Claro es, que nuestro Sistema, como todos, es factible de ser cambiado, pero ello —salvo un golpe revolucionario— sólo puede hacerse mediante leyes aprobadas en Cortes y sometidas al referéndum, con la conmoción inherente al cambio, con las consiguientes consecuencias y el riesgo de deshacer lo andado, para volver a empezar de cero.

Y es que en nuestro Sistema, las instituciones obedecen a unos principios doctrinales, y a una coordinada relación funcional de unas con otros, tienen una lógica interna, por lo que alterar o modificar alguno, puede ser el hilo tras el cual se deshaga todo el ovillo del Sistema, con el peligro de desaprovechar esta nueva oportunidad que tenemos de salvar a España. No volvamos a suicidarnos como tantas veces ha ocurrido a lo largo de nuestra Historia, y que la lectura de ésta nos enseña.

No se me oculta —como he dicho en varias ocasiones— que en ese ambiente aperturista en que vivimos, que ha desbordado los límites y falsificado las finalidades señaladas por el propio Gobierno, de lo que hay pruebas repetidas y ostensibles que han traído la confusión, la inquietud, el desconcierto y la desconfianza, palabras como las mías u otras análogas, pueden servir de pretexto para una calificación de inmovilista, colocándonos en el dilema o de aparecer contrarios al desarrollo político, si nos oponemos a una determinada interpretación del aperturismo, o, si nos conformamos con esa interpretación, y el cambio se realiza, convertirnos en las víctimas propiciatorias de él. Cuando, en realidad, son palabras de cautela, de llamada a la reflexión, para que, al menos, sirvan de contrapeso
a las exageraciones y desviaciones de las opiniones e interpretaciones contrarias.

Palabras, que en último término, aunque no sean atendidas, liberan a nuestra conciencia de haberlas silenciado.

En definitiva, defendemos una política que podríamos llamar de lealtad institucional, que nos lleve clara, y directamente, a un desarrollo coherente con las Leyes Fundamentales, pero que lejos de debilitar, erosionar o falsificar las instituciones del Régimen, las haga cada día más fuertes, representativas y auténticas, a fin de que el día de mañana, el Rey disponga del Régimen que ha jurado, no de otro, en perfecto funcionamiento, para llevar a cabo la tarea que constitucionalmente le está designada en el Sistema, y del que es la cúspide.

Las opiniones que acabo de exponer, sometidas, claro es, a la discrepancia y al juicio crítico adverso, pueden ser equivocadas, pero ofrecen la garantía de estar desprovistas de toda vanidad, interés o ambición, que si alguna hubiera tenido, se encuentra plenamente satisfecha.

Obedecen, en cambio, a la identificación con una doctrina política, identificación nacida no de lealtades nostálgicas, emotivas o personales, para mí inmutables, sino de la reflexión, el estudio y la experiencia, que me han llevado a la convicción, firmemente arraigada, de que esa doctrina ha sido y es buena para España.

De no creerlo así, estad seguros de que hubiera guardado un silencio trapense, aunque me vería privado de la satisfacción que he tenido de hablar ante vosotros.

Raimundo Fernández Cuesta: La Falange, el Movimiento y el desarrollo político.

 

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